Con las manifestaciones multitudinarias y violentas en todo el país que iniciaron el 26 de mayo vivimos la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. En el mundo, pero especialmente aquí, en Estados Unidos. Y este país irradia al resto del mundo sus convulsiones. 

Estamos al borde de la dictadura. Un presidente espurio invoca una ley antiterrorista de 1807 (!) para enviar “miles y miles” de solados a nuestras ciudades. Ha hecho lo de siempre: agravar la situación. Acercar una chispa al polvorín que es nuestro país. Todo ¿para qué? Para seguir en el poder por cuatro años más.

Son tres las desgracias que nos aflijen en estos días turbios: más de 1.8 millones de personas fueron diagnosticadas como enfermos de coronavirus en EE.UU. Del total de 6.25 millones, es más del  28%. Al leerse esto los números habrán subido y estas cifras serán obsoletas, acentuando el drama. La depresión económica con sus 40 millones de desocupados, un costo de 8 billones (un millón de millón, en inglés trillion) de dólares y un porvenir terrible.

Y en tercer lugar estas protestas por el asesinato de George Lloyd, que apoyamos, y que en algunos casos se volvieron fuera de control y violentas, al punto de imponerse el toque de queda en nuestras ciudades. Aunque habría que contraponer al fenómeno del saqueo, el del aumento de la represión policial, mientras los sectores lunáticos que ahora están en el poder o cerca del mismo llaman a una matanza.

Son tres. Cada una de estas crisis conmocionaría al país. Juntas, causan un terremoto de magnitudes históricas.

Y no hay presidente.

Donald Trump mira televisión, juega al golf y más que nada, tuitea. A toda hora: insultos, mentiras, venganzas, amenazas, falsa acusación de asesinato a un crítico, incitación a la violencia, repetición de otros tuits aún más viles e incendiarios. 

Trump es nuestra cuarta desgracia. 

A las protestas por el homicidio de un afroamericano a manos de un policía en plena calle, que es condenado por otras fuerzas policiales, reacciona llamando “matones” a los manifestantes. Los amenaza de muerte repitiendo una frase usada contra protestas antirracistas en 1967: “cuando comienza el saqueo, comienzan los disparos”. Inocentemente negó haber sabido este estremecedor dato, insistiendo en que se le ocurrió.

Dos días después, en reacción a las protestas frente a la Casa Blanca, amenaza con lanzar contra ellos “los perros más viciosos y las armas más siniestras”. ¿No sabía que los perros eran usados por los amos para perseguir a los esclavos fugitivos?

Potencialmente la crisis económica es lo peor de las cuatro desgracias. Solamente comienza, con 41 millones de desocupados que pidieron beneficios de desempleo. Estos vencerán al final de julio. El 20% de los estadounidenses que pagan alquiler no lo han hecho, y las disposiciones que prohíben su desalojo están a punto de vencer. ¿Qué pasará en agosto? ¿El milagro anunciado por San Trump?

¿Y el coronavirus? Inicialmente el Presidente lo denominó “una farsa de los demócratas” y “el virus chino”, y lo igualó a la gripe. Abdicó de sus responsabilidades para endilgarle la solución a los estados y luego criticarlos. Sus asesores hicieron público un grotesco “plan nacional” que repite que la solución está a cargo de los estados. ¿Qué tipo de plan nacional es decir que no hay plan?

¿Pero y sus acciones? ¿Sus supuestos “actos” de gobierno?: Ilegalizar el voto por correo amenazando estados que lo implementen. Ordenar a los gobernadores que reabran las iglesias pese al riesgo de contagio. Anular las protecciones de difamación a Twitter para prevenir que limite sus mentiras.

Todas ellas son “acciones” inexistentes, inválidas, que no van a suceder, porque no tiene autoridad para ninguna de ellas. No son sino incoherentes, chillonas declaraciones en su medio preferido. Igual que declarar a los manifestantes “terroristas domésticos”.

En su reunión digital ayer con los gobernadores de la nación, Trump los llamó “tontos” y “débiles” y les exigió “dominar” a los manifestantes por la fuerza. “Tienen que ponerlos en la cárcel por 10 años y nunca volverán a ver estas cosas”. Aquí se puede apreciar el audio de la asombrosa reunión.

El Presidente solo arroja leña al fuego de la discordia.

Porque, si no apeló a la nación, si no llamó a la cordura, si no organizó la ayuda a los cesantes y la recuperación económica, ni la ampliación de las pruebas del virus, ¿en dónde estaba Trump?

En el búnker de la Casa Blanca, como si hubiera un ataque terrorista, no solamente de los jóvenes que ejercían su derecho a la protesta, sino también de la realidad. 

Era inútil esperar de Trump que se dirija a la nación para apaciguar y consolar, y prometer que el peso de la ley caerá sobre los asesinos de Floyd. Lo único que sabe hacer es echarle gasolina al incendio del país. Aún si algún asesor cuerdo lo convenciese, el riesgo de que sea incoherente, empeore la división, amenace, insulte, se alabe y muestre su falta de solidaridad lo previenen.

El país está a la deriva, y el liderazgo lo empuja hacia la catástrofe.

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