Jimmy Kimmel y la libertad de expresión, por María Luisa Arredondo
El regreso de Kimmel es una pequeña victoria para quienes creen que el pensamiento libre debe tener un espacio garantizado en la plaza pública
El regreso de Jimmy Kimmel a la televisión es mucho más que una simple restitución laboral. Es un síntoma —quizás también un símbolo— de la fragilidad de la libertad de expresión en Estados Unidos. Su suspensión, tras un monólogo crítico sobre el asesinato del activista conservador Charlie Kirk, y la politización que algunos hicieron del hecho, generó un vendaval que dejó claro que la sátira política puede costarte el trabajo.
En un contexto donde el humor puede ser interpretado como incitación, lo que dijo Kimmel fue considerado, por algunos, como una provocación. El castigo llegó pronto: suspensión del aire, presión de la FCC, y boicot de grandes cadenas afiliadas como Nexstar y Sinclair, que decidieron no transmitir su programa. Era, en apariencia, una sanción corporativa. Pero detrás, como señaló el propio senador republicano Ted Cruz había algo más preocupante: la amenaza del poder regulatorio del Estado.
Cuando una figura como Cruz, que ha sido objeto de burlas por parte de Kimmel, sale en su defensa, no estamos ante una jugada política más. Es una voz de alarma sobre los límites peligrosos que puede cruzar la institucionalidad si decide intervenir en la comedia como si fuera propaganda. Cruz criticó al presidente de la FCC, Brendan Carr, por lo que consideró una intimidación «mafiosa» hacia ABC, una empresa privada, para que disciplinara a uno de sus talentos. No lo hizo por simpatía ideológica, sino por convicción: si hoy se calla a Kimmel, mañana puede ser a cualquiera.
Este respaldo no fue aislado. Otros conservadores, periodistas y analistas también coincidieron en que la respuesta fue desproporcionada. A eso se sumó una oleada de solidaridad entre comediantes, escritores y defensores de la libertad de prensa, que vieron en la suspensión una forma de censura.
La defensa de Kimmel no implica justificar todo lo que dijo. El propio comediante reconoció después que su tono pudo haber sido equivocado. Pero aceptar errores no equivale a justificar censura. De hecho, su disposición a matizar lo dicho, sin abandonar sus principios, demuestra que la solución al discurso polémico no es la mordaza, sino el diálogo.
Más allá del caso individual, lo que está en juego es un principio. ¿Puede un comediante ejercer sátira política sin miedo a represalias institucionales? ¿O vamos hacia una era donde el humor será “autorizado” solo si no incomoda a nadie? El humor, por naturaleza, es incómodo. Y esa incomodidad es parte del tejido democrático: cuestiona, expone, fuerza a pensar. Silenciarlo no es proteger a la sociedad, es debilitarla.
El caso de Kimmel nos recuerda que la libertad de expresión no debe depender de simpatías ideológicas. Si solo defendemos ese derecho cuando nos conviene, entonces no lo defendemos del todo. El regreso de Kimmel es una pequeña victoria para quienes creen que el pensamiento libre debe tener un espacio garantizado en la plaza pública.



