Venezuela tiene el derecho legítimo de decidir su futuro, por María Luisa Arredondo
El pueblo venezolano no desea pasar de una bota militar interna a un control remoto desde Washington
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el sábado 3 de enero ha desatado una tormenta política cuyo desenlace aún está lejos de vislumbrarse.
Para la mayoría de los venezolanos, que han sobrevivido años de represión, hambre y un éxodo sin precedentes, la salida del dictador es, en teoría, el alivio más esperado. Pero el júbilo se ha visto empañado por la amenaza de que la caída de Maduro no necesariamente se traduzca en la libertad y la democracia que tanto anhelan.
El repudio a Maduro es casi absoluto. Pero el deseo de un cambio no debe confundirse con un cheque en blanco para la Casa Blanca. El pueblo venezolano no desea pasar de una bota militar interna a un control remoto desde Washington. Lo que el ciudadano común en las calles de Caracas o Maracaibo exige es el derecho sagrado de decidir por sí mismo quién los gobierna.
La retórica de Donald Trump, centrada en el desembarco de grandes petroleras estadounidenses para «reparar» la infraestructura, despierta una alarma legítima. ¿Es esta una misión de liberación o solo una toma de recursos? El petróleo venezolano debe ser la palanca para reconstruir el país desde adentro, no la recompensa para una potencia extranjera. La soberanía no se recupera sustituyendo a un autócrata por un administrador externo interesado en el crudo.
La preocupación trasciende las fronteras venezolanas. El estilo de mano dura de Trump ha encendido las alarmas en la región. Las advertencias directas a México sobre el narcotráfico, el tono amenazante hacia el presidente Gustavo Petro en Colombia, y la eterna presión sobre Cuba, dibujan un mapa donde la cooperación ha sido reemplazada por la intimidación.
Si Estados Unidos decide que puede intervenir militarmente en un país soberano para capturar a su líder bajo cualquier acusación, el precedente es estremecedor. ¿Quién sigue en la lista? Esta política de «puño de hierro» no solo fractura las relaciones hemisféricas, sino que lanza un mensaje peligroso al resto del mundo.
Aquí radica el dilema global: si Washington ignora el derecho internacional invocando la Doctrina Monroe, ¿con qué autoridad moral podrá detener a otros?
China observa con atención, evaluando si este es el «permiso» implícito para actuar con la misma fuerza en Taiwán.
Rusia podría sentir que tiene vía libre para profundizar su expansión en Europa del Este o el Cáucaso, bajo el mismo argumento de seguridad nacional.
Estamos, sin duda, ante el nacimiento de un nuevo orden geopolítico donde el multilateralismo parece haber muerto. Es un mundo donde las esferas de influencia se marcan con misiles y las instituciones internacionales quedan reducidas a meros espectadores.
La caída de Maduro debería ser el inicio de una primavera democrática impulsada por los venezolanos. Si se convierte, en cambio, en el primer capítulo de una era de intervencionismo energético y geopolítico, la «libertad» será solo una palabra vacía en un mapa controlado por los más fuertes.
María Luisa Arredondo es la directora de Latinocalifornia y autora del libro “La vida después del cruce”.



