Juegan con la salud de la jueza Ruth Bader-Ginsburg

Durante un tiempo -meses primero, años luego- quienes aún descreían de que el fenómeno Donald Trump representase un cambio tan violento y sin vuelta atrás en la política estadounidense apuntaban a que el partido Republicano, tarde o temprano, caería en la cuenta de que el inquilino de la Casa Blanca es corrupto e inepto. Consecuentemente, lo frenarían, criticarían, cambiarían, etc.

Un partido irreconocible

Como se sabe, nada de ello sucedió. Al contrario, Fue Trump el que cambió al GOP, a lo que fue el partido de Abraham Llincoln, al punto que está irreconocible.

Se convirtió en una agrupación cuyo único propósito es llegar al poder y quedarse allí, que renunció a la tarea de gobernar, y que echa por la borda, cada día más, los vestigios de su antigua ideología. Al punto que ya no la reconocen como propia.

Ahora es el Partido Trumpista.

Una muestra patente de esta metamorfosis son las declaraciones, esta misma semana, de que los republicanos en el Senado en alianza con el Presidente conspiran para colocar a otro archiconservador en la Suprema Corte. 

Como se recordará, en febrero de 2016 se generó una vacante en el Tribunal Supremo con la súbita muerte de Antonin Scalia. Un mes después, el entonces presidente Obama postuló a  Merrick Garland para el puesto, que requiere debate y aprobación del Senado.

El truco de Mitch McConnell

Aunque faltaban más de siete meses para las elecciones y casi un año para que asumiese el nuevo presidente, la mayoría republicana en el Senado, liderada por Mitch McConnell de Kentucky, se negó siquiera a considerar la candidatura. Mucho menos a debatirla o someterla a votación.

La excusa: un presidente a punto de terminar su mandato no puede nombrar a un miembro de la Suprema Corte, sino que lo debe dejar a su sucesor. Los republicanos no cedieron un ápice. En el interín tampoco legislaron, pero eso concuerda con su nueva visión de sí mismos, en la que el acto de gobernar carece de la menor importancia.

Pasaron cuatro años. 

De pronto, surge el nuevo caballito de batalla de los republicanos: vamos a hacer un cambio adicional en la Suprema Corte, se dicen. A eternizar la mayoría.  Aunque solo falten tres meses para las elecciones. Aunque represente cada vez menos a la variada población estadounidense.

Peor aún: aunque Trump pierda, todavía le quedan casi tres meses de gobernar antes de entregar el poder a Biden. En ese lapso, ningún presidente hace decisiones importantes. Pero Trump podría postular a un candidato relámpago, acelerar el debate si es que lo habrá, y de la noche a la mañana forzar la votación por mayoría simple. Una mayoría que tienen en este ejercicio del Senado, pero que probablemente perderán en las elecciones. 

¿Y todo esto por qué? ¿A qué vienen estas declaraciones? Porque están abajo en las encuestas, tanto presidente como senadores. Y por mucho: doble dígitos. Aunque lo niegan. Aunque consideran las encuestas que les son adversas falsas.

La razón del momento

Entonces, como siempre, para granjearse el entusiasmo de los más conservadores, para quienes el único motivo para votar es para darle fin al derecho al aborto, dar fin a la separación entre religión y estado, ampliar el derecho a portar armas de fuego y otras libertades similares, mediante la nominación de jueces a la Suprema Corte.  

Pero hay un problema con el frenesí cínico de los senadores republicanos: no existe una vacante en la Corte Suprema. Todos sus miembros están vivos y sin planes de retirarse. 

¿Por qué se apresuran entonces?

Porque esperan, desean, que la jueza Ruth Bader-Ginsburg que padece de un nuevo cáncer, se retire por razones de salud. A tiempo para llevar a cabo su treta política.

Al parecer, no hay nada que pueda detener el designio inmoral de los republicanos

Salvo que Bader-Ginsburg, una luchadora por los derechos civiles y excelente jueza, sobreviva y siga hasta después de enero 2021. 

Pulgada tras pulgada, escándalo tras otro, los republicanos se acercan al punto de no retorno, después del cual serán abiertamente antidemocráticos. ¿Sorprende? A muchos, sí. Es que al equiparar al partido demócrata con el republicano asumimos demasiadas veces que tienen un número de adeptos equivalente, que son iguales en casi todo.

Los republicanos son minoría

Pero no es cierto. Desde hace mucho, los republicanos representan una minoría: la de hombres blancos.

Lo explica el comentarista político Jason Sattler en Usa Today:

Así, el Presidente perdió el voto popular por el mayor margen en 140 años. Hay una mayoría de cinco jueces de la Suprema Corte nombrados por presidentes republicanos entre 1988 y 2016. Esto sucede pese a que los republicanos ganaron la contienda presidencial solo dos veces en ese lapso, contra seis veces de los republicanos.

Finalmente, los republicanos en el Senado, que provienen de los estados menos poblados, representan al menos 15 millones de estadounidenses menos que los demócratas.

Con esto se completa la metamorfosis de los cobardes y miserables republicanos en el Senado.

Nuestra democracia en este momento depende de la salud de una mujer de 87 años. A qué hemos llegado.

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