Cuando Lula salió en libertad, la América Latina de Eduardo Galeano, la de los campesinos encorvados, la de obreros oprimidos, esa América Latina de venas abiertas y revoltosa, dio un grito de alegría. Es que uno de sus hijos favoritos, el hombre humilde del nordeste brasileño que llegó nada menos que al Palácio do Planalto, volvía a su pueblo después de la injusticia de la cárcel política.

Yo me uní a ese grito de alegría. Y me uní, porque aunque nací en Argentina, estudié en el exilio canadiense, residí casi toda mi vida en Estados Unidos, mi corazón tiene un rinconcito especial por ese Brasil en el que viví un tiempo en Rio de Janeiro y en Brasilia y en donde las cenizas de mi madre yacen en esas aguas imprecisas de la Bahía de Guanabara.

Lula en el 89

A Lula Inácio da Silva lo vi por primera vez en Rio de Janeiro cuando aires democráticos volvían a primar en el horizonte político latinoamericano. Hablaba desde un palco de madera con muchas luces, para mí casi mágico, que habían armado en la Presidente Vargas (que los brasileños dicen que es “a avenida mais grande do mundo”), exactamente en donde a la Vargas la interrumpe esa joyita arquitectónica que es la Igreja da Candelária.

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Fue en 1989 y “o Lula” era el candidato presidencial por el Partido dos Trabalhadores. El glorioso PT. Una mezcolanza de grupos de izquierda y progresistas que soñaban con un nuevo Brasil.

Era su gran presentación en Rio de Janeiro y la concentración, se dijo, fue la más grande de la historia hasta ese momento. La gente estaba codo a codo y, aunque no cabía ni un alfiler, todo era alegría, entusiasmo. Antes de su discurso habían cantado varios de los famosos, como Caetano Veloso. Todo un espectáculo con esa cadenciosa música popular brasileña y el gran Lula.

Un trabajador de pura cepa

A no equivocarnos, Luiz Inácio Lula da Silva era un trabajador auténtico. No de esos políticos que se arremangan la camisa y se buscan una buena narrativa de abuelos inmigrantes y laboriosos. Lula era la narrativa. Indiscutiblemente, un trabajador de pura cepa.

Nació en ese Pernambuco de un hambre ancestral que, como decía Jorge Amado, carcome el alma. Un hambre que, después de las sequías cíclicas, forzaba la emigración de campesinos nordestinos a los grandes centros industriales del sur. Así es como la familia de Lula terminó en Sao Paulo en donde trabajó como metalúrgico y en donde se transformó en el líder sindical que le dio dolores de cabeza a la dictadura militar brasileña.

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Las banderas del PT

La casa de mi hermana tenía ventanales que daban a una calle bien transitada de ese Rio de Janeiro de incesante algarabía, de colores, y allí fue donde colgué desafiante las banderas rojas del PT que todavía, tres décadas más tarde, tengo en una caja de mis recuerdos más preciados.

Había tantas esperanzas en ese Brasil del 89. Pero Lula perdió y dejó una sensación de tanta amargura.

Cuando finalmente llegó a la presidencia, no defraudó. Durante su gobierno, Brasil experimentó un crecimiento formidable que transformó al país en una potencia mundial y se generó la distribución de la riqueza más importante de la historia del país. Tan importante que se sacó de la pobreza a más de 30 millones de brasileños.

La persecución

Pero a Lula la derecha neoliberal no le perdonó sus políticas nacionales y populares, como no le perdonaron a Rafael Correa, a Cristina Kirchner, a Dilma Rousseff, a Evo Morales y a otros progresistas que osaron abrirle las puertas de la dignidad a los pobres, a los históricamente marginados de nuestra triste América Latina. Nos los perdonaron y los acusaron, difamaron y atacaron. La nueva estrategia no incluyó, en la mayoría de los casos, los golpes militares de décadas pasadas sino que armados mediáticos, lawfare y “golpes blandos” con los que denigraron, destituyeron y encarcelaron.

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Lula salió en libertad por un dictamen de la Corte Suprema que no garantiza que no lo vuelvan a encarcelar. En el tablero de ajedrez político, el neofascista y actual presidente Jair Bolsonaro y su corrupto ministro de Justicia Sergio Moro moverán todas las fichas del poder para asegurar que Lula vuelva a una celda. Solo el pueblo en la calle, como en Chile, como en Ecuador, puede hacer tronar Brasil para garantizar la libertad de su hijo favorito.

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