Sus papeles, por favor
Me criaron con la idea de que los documentos importantes se guardan en un lugar seguro, casi secreto en la casa. Esa leyenda que dice que abajo del colchón de los latinos se esconden sus tesoros, no está tan alejada de la realidad. Crecí pensando que, si no era para un trámite oficial o para cruzar la frontera, el pasaporte, las identificaciones y otros papeles se quedaban ahí, protegidos, sin el riesgo de perderlos o traspapelarlos.
Pero esto ha cambiado.
Cuando vivía en Estados Unidos con visa de trabajo, llevaba una copia en la cartera y una fotografía en el celular, pero evitaba traer el original siempre conmigo, por la mera posibilidad de extraviarlo. Con la residencia fue igual. Pero ahora, el pasaporte norteamericano lo traigo conmigo todo el tiempo, a pesar de la ansiedad que me provoca la sola idea de perderlo. Lo hago por seguridad. Soy migrante, morena, ruidosa, hablo español, soy periodista y, bueno, represento muchas identidades que en este país no siempre son bienvenidas y mucho menos celebradas.
Las nuevas prioridades migratorias de la administración Trump requieren que las personas porten consigo los documentos migratorios originales en todo momento; según los abogados, para los ciudadanos debiera bastar una forma de identificación oficial, pero en la práctica esto no ha sido suficiente.
Hemos recibido reportes de personas nacidas en este país -o naturalizadas- que han tenido que mostrar sus actas de nacimiento o pasaportes para evitar una multa y, en algunos casos, detenciones.
La discrecionalidad en el cumplimiento de las leyes migratorias nos ha convertido en blancos de perfil racial. Las personas con estados migratorios seguros pueden pelear con más libertad que aquellos cuya estabilidad depende aún de algún trámite del gobierno. El ajuste de estatus es considerado más que nunca un privilegio.
Portar los papeles se ha vuelto una forma de autoprotección, una armadura invisible en un mundo donde tu apariencia y tu idioma pueden ser motivo de sospecha. Sé que más que una identificación, cuando muestro mi pasaporte sostengo mi lugar en esta tierra, mi derecho a existir sin miedo; pero no todos tienen ese privilegio.
No puedo evitar preguntarme si estamos recorriendo el camino en el que, si no tenemos las características físicas del anglosajón de libro de texto, tengamos que portar una identificación física que nos valide como estadounidenses. ¿Y qué pasará con aquellos que aún no juramentan con las barras y las estrellas? La discreción se ha convertido también en segregación descarada y peligrosa, pero no solo eso, también ha sido normalizada y celebrada por una parte de la sociedad que, lejos de empatizar, prefiere disociar.



