Canto desconectado para Silvio, por Pilar Marrero

Ya no queda casi nada del rostro de niño malcriado, lampiño y rebelde que siempre tuvo. El tiempo pasa, diría Pablito, nos vamos poniendo viejos. Con gorra y bigote, esconde una faz avejentada. Pero Silvio sale al escenario, toma la guitarra y nos regala un chorro de voz tan claro y tan potente como lo fue siempre y la banda sonora de nuestros ideales de juventud que se resisten a morir, aún ante las evidencias ocasionales –a veces constantes- del fracaso. Su voz está intacta, cristalina, sin el temblor que alcanza a algunos cantantes con la edad.

Canta una hora, dos horas, casi tres horas con seis bises. Tras el último, sorprendido de la pasión del público de Los Angeles –todos inmigrantes y algún gringo de la izquierda nostálgica- ofrece un agradecimiento único: “gracias Los Angeles, no los olvidaremos”.

Y sin embargo, su presencia en el Gibson Amphitheatre (antes Anfiteatro Universal) en Universal Studios resulta chocante por el contraste. Afuera un King Kong gigantesco y música atosigante por altavoces que ofrecen un ambiente falso en una calle comercial más falsa aún. Adentro, por tres horas, unicornios, necios, serpientes y mujeres con sombrero nos reclaman que no olvidemos el alma, la poesía y las cosas que no pueden contabilizarse y no pagan impuestos.

Gracias Los Angeles, contento de tener este encuentro que parecía imposible”, pausa y risa cómplice del público ante los altibajos de visas que le impidieron venir por tantos años.

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Cada quien tiene un Silvio. Para mi amiga Graciela es la banda sonora de la juventud en una Argentina turbulenta, de sentarse en corro a hablar de política y a soñar un mundo mejor hasta que la realidad de los golpes militares, la represión y los desaparecidos descubrió tanta miseria. Para Angela, chilena, es la música que le devolvió la esperanza después del exilio, después del golpe de aquel 11S, que la desterró para siempre a Canadá y luego a Los Angeles. Para Carolina, para el Chino, para Carlos, para tantos salvadoreños, fue el fondo musical de la dura década de los ochenta, de la guerra, un canto lírico y comprometido contra el sangriento golpear de los escuadrones de la muerte. Para Ricardo, curtido en la lucha callejera en los setentas venezolanos o para mí, durante una niñez y juventud comparativamente calma en el mismo país, Silvio, Pablo, Serrat, Soledad, otros, fueron música con sentido, letras inquietantes, formadoras de ideas e ideologías, pero sobretodo, de trasfondo real, pobladas de historias de a pie. Música con historias.

Todos llegamos ese día al Gibson –excepto el Chino, que lo hizo en espíritu- y lloramos, y reímos, y gritamos y nos conmovimos con el Silvio de cada quien. Ese Silvio de todos, de siempre. Con la voz prendida de eternidad, con la voz de los 20 años y el rostro de un viejo, pero un viejo genial, poeta y loco.

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Dicen que Silvio es un cascarrabias. Que a veces se enoja con el público, que tiene tan malas pulgas como buena poesía y mano para la guitarra. Pero algo le tiene conmovido, no sé si de la gira o del concierto en Los Angeles, se le nota en el aura. Fue generoso, chistoso, paciente con los varios borrachos –de alcohol o de ansias- que gritaban constantemente, interrumpiendo sus canciones, pidiéndole algunas que jamás cantaría o recordando a Víctor, a Violeta, a Roque, a Alí Primera. En el corazón del imperio, allí vivimos.

Cantó y cantó. El papalote, Canción a Violeta, Desangrado son, La gota de rocío, La canción del elegido, El necio, Cita con ángeles, Mariposas, El escaramujo, Mujer con sombrero, La rabia, La maza, Ojalá. Sus músicos brillaron con o sin él: guitarra, tres, bajo, batería y una formidable flautista de pelo negro y rizado que hilaba las hermosas melodías. Los amagos de irse, los gritos, las ovaciones de pie, los no te vayas Silvio, te queremos, gracias Silvio, viva Cuba, viva América Latina, viva Venezuela, viva México, viva El Salvador, viva Chile, viva Argentina, viva el Ché, viva todo lo que aquí no nos dejan que viva, lo que quieren que enterremos a cambio del pan.

Volvió y volvió, sus seis bises en total. Dejó a sus músicos adentro para casi todos y entró solo, con su guitarra, el Silvio de al principio. La era está pariendo un corazón, La silla, Adonde van, Pequeña serenata diurna. Cantaba y cantaba. Respondía conmovido, veterano de tantas multitudes, sin dar crédito al amor que fluía hacia él desde esos angelinos y ángeles accidentales: “ojalá que sean guardianes”. Al final lo vi pasar, azul y alado, extrañamente hallado en estas latitudes. Un Unicornio cantor, de voz eternamente joven e ideales intactos. Un viejo trovador que no se rinde a los estragos del tiempo porque lo esencial, como diría El Principito, es invisible a los ojos.

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Perfil del autor

Pilar Marrero es periodista, y ha trabajado principalmente en temas de política e inmigración, pero su verdadera pasión es viajar, beber y comer.

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