Fumar en México: el 16% de la población en este país, México, es fumadora

La primera vez que probé un cigarro me ahogué y ya no me dieron ganas de seguir. Tenía catorce años de edad y estaba rodeado por mis primos mayores, que en aquellos días de pubertad comenzaban a experimentar con el tabaco y el alcohol.

Años después lo intenté un par de veces, pero no superé la intolerancia al humo debido a mi extrema sensibilidad olfativa.

Los fumadores siempre han estado cerca, sea mi pareja, mi familia, mis amigos o compañeros de trabajo.

Me he vuelto tolerante. Evito la crítica e ignoro siempre el calificativo de fumador pasivo. Le resto importancia al daño que me pueda generar el humo procedente de mi entorno. Si respeto al fumador, espero lo mismo de su parte.

Lo curioso del asunto, es que desde mi llegada a la Ciudad de México, siento que los fumadores se multiplicaron a mi alrededor en todos los sentidos.

Como si el porcentaje de fumadores de la ciudad, pequeño en número, pero considerable en proporción, se hubiera propuesto tomar las calles y todos los espacios disponibles para saciar las ganas de un cigarro.

A pie o en coche, los fumadores aparecen por doquier. En las banquetas o en los coches, que se vuelven espacios libres de restricciones.

Alucino que tal vez por las medidas tan estrictas implementadas para liberar de tabaco todos los espacios públicos cerrados, en los abiertos aumentaron los fumadores.

O será que en el extremo de mis delirios, la restricción, como en muchos casos de la historia de las prohibiciones, conllevó a aumentar la venta de cajetillas sin importar su exorbitante precio y todas las medidas implementadas por salubridad para disminuir su consumo.

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Porque como diría mi abuela, un “no” siempre será un “si” y más cuando le pones el “malo” de por medio.

Para salir de mi trauma y hacer un poco de terapia, me puse a platicar con mi entorno chilango sobre el cigarro, en un intento por entenderlos un poco más.

— ¿Tú, por qué fumas? – Le pregunto a un fumador ocasional.

— Yo creo que si supiera la razón del por qué fumo, ya no lo haría nunca. ¿Ocio? ¿ Buen acompañante de la copa? ¿Simple hábito aprendido de mi familia? ¿ Carencia de algo? La verdad creo que no sé, pero si te puedo decir que hay cigarritos que se disfrutan mucho, pero otros que hasta asco dan. Such is life.

– Y tú, ¿por qué dejaste el cigarro? – Cuestiono a una madre que abandonó el hábito hace 13 años.

– Era una fumadora social y en mi familia era muy común, hasta que nació mi hija y me enteré del daño que hace a los niños. Desgraciadamente no es reversible, pero soy una fiel defensora de los derechos de los niños y embarazadas a tener espacios libres de humo.

– ¿Cómo vas con el cigarro? – Interrogo a un fumador intenso de casi una cajetilla diaria.

– Mi mujer me está ayudando a dejarlo, pero a veces no quiero que me ayude. Es tan difícil. – Termina consumiéndose entre la risa y el humo del cigarro que sostiene entre sus dedos.

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– ¿Y tú primo? – parte de la familia no escapa a mis preguntas.

– Yo lo había dejado, hasta que dejé de dejarlo. Tal vez lo deje de nuevo ahora que subieron los cigarros, o tal vez gane más dinero para seguir comprando. Aún no lo decido, primo. Tal vez fumo porque me siento atractivo. Mmm…puede ser. – Después de este galimatías ¿qué se puede decir?

– ¿Cómo te trata el cigarro?, – Un amigo se suma.

– Fumo desde siempre, como escucho desde siempre. Ahora que mi cuerpo se ha saturado, un combate silencioso entre el tabaco y mis oídos se ha vuelto decisivo. Cada vez que fumo mis oídos se taponean y dejo de existir en el sonido, por lo que he decidido dejar de hacerlo, aunque a veces cuando no hay nada que escuchar, fumo a propósito para vengarme.

– Y ¿el mejor lugar para fumar? – atrapo a un grupo.

– Después de comer, es lo mejor. Produce una sensación especial muy rica en la boca, – contesta quien parece la mayor del grupo.

– Después de coger. No hay comparación. – Es la hija rebelde de la anterior señora a quien parece no importarle el comentario.

— No hay como cagar con él. Yo lo prefiero en el baño. – Un chavo sin tapujos que sonroja al resto.

— Con o sin filtro, ligth, mentolado, corto, delgado, preparado, de todas las marcas, cualquiera, donde sea, me da igual siendo un cigarro, – dice la más joven que parece menor de edad.

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— Nomás a la mota no le entramos, ¿eh?, – me dice el novio con cara de niño.

— Deberías fumar para no sentirnos mal, – me revira la mayor.

— Pero ¿por qué empezaron a fumar?

– Imitando, por sentirte parte del grupo. – La mayor responde y el resto asienta con la cabeza, entre complicidad y evasión de su propia historia.

Aproximadamente el 16% de la población en este país, México, es fumadora y la capital en todas las encuestas sobre el tema, rebasa el promedio nacional con un 27%.

Al final, ¿quién tiene la última palabra en todo esto?

Perfil del autor

Arquitecto por vocación y destino, escritor por convicción. Desde muy joven emprendí el viaje por la libertad. En mi camino he visto, percibido y palpado tanto, que un día decidí plasmarlo de la mejor forma que entendía. Las letras que han sido mis entrañables compañeras, cada día me acercan un poco más a la libertad, la cual aún no he encontrado pero que ya siento cerca. Creatura hombre, mexicano y sibarita en entrenamiento.

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