Entre Rosh Hashanah, la nostalgia y el cariño

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Buenos Aires. FOTO: Wikipedia

Se llamaba Jacobo pero su esposa lo llamaba “Jaquito”.  La dueña de la mercería de calle San Juan, Sarita, le comentaba a mi madre, en esas tardes de regreso del colegio, cuando entrábamos a comprar algún cierre o botones, “Estuvo su cuñado, la otra semana, ¡qué personaje!”  Entonces nos dábamos cuenta que mi tío había estado en Rosario, a tres cuadras de casa, porque siempre paraba en el Hotel Italia y no nos había pasado a saludar.

Era un personaje. Por eso era mi tío preferido.

En casa

Corredor de la compañía Pimalú. Cuando pasaba por mi casa, se quedaba a cenar. En medio de la cena, se levantaba y gritaba “¡Quiero una piba 90/60/90!”, entonces todos nos reíamos y mi madre le decía, “Jacobito, ya te traigo un rombo”.

Su costumbre era llegar a casa. Ir al lavadero y mirar adentro del lavarropas donde mi madre acumulaba la ropa sucia para lavar al otro día. A ella ese gesto la ponía furiosa, pero él era también su cuñado preferido, entonces carraspeaba la voz y lo invitaba a un vermut para sacarlo del lavadero.

El andaba por la vida sin pedir nunca permiso, a los gritos, vociferando lo primero que se le pasaba por la cabeza.

Cuando estaba embarazada, el médico me preguntó si tenía familiares con problemas mentales. Yo me sonreí y pensé en mi tío Jacobo.

La Nuria

Un domingo fuimos a la panadería La Nuria. Eran las doce del mediodía, en los tiempos donde los argentinos comían y festejaban. Sacamos un número. Quizás en su mano él sostenía el 74. No le importó demasiado. La chica jovencita preguntó: ”¿Quién sigue?” y mi tío gritó en medio de la multitud que esperaba, “Me da ese chajá que está allí”. La chica se congeló y obedientemente tomó el chajá, lo envolvió y nos fuimos en menos de cinco minutos. Jacobo salió triunfante, con el postre en la mano. Yo lo seguía fascinada, cuando vi que mi padre se agarraba la cabeza, rojo de vergüenza. “Jacobo, vos te vas, pero yo me quedo. Me van a moler a palos!… Vení, Samuelito, que nos vamos a comer el chajá más rico del mundo, nos esperan las chicas”.

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Las chicas

Las chicas eran su esposa, mi tía Leonor y mi madre.

Leonor era una mujer siete años más grande que él, afrancesada, con los labios siempre prolijamente pintados de rojo, las cejas depiladas como el Point D’Avignon y las uñas rojas también. Yo pensaba que tenía una manos perfectas, como Pinky. Pasaba horas deleitada mirándole las manos y escuchando sus anécdotas.  Enseñaba francés en secundarios para adultos. Con su boca roja y sus manos elegantes, describía esa ternura de los mecánicos y los metalúrgicos que llegaban engrasados de sus trabajos para saludarla intentando un “Bonsoir Madame Leonor”.

Elecciones y reformas

Jacob tenía dieciocho años cuando fue a votar por primera vez. Era la Década Infame. Llegó orgulloso, con su libreta de enrolamiento. La presentó y el fiscal se la devolvió sellada antes de que entrara al cuarto oscuro: “Chau, pibe, vos ya votaste”.

Años después, lavaba la vereda del local donde trabajaba. Eran casi las siete de la noche cuando un inspector del Ministerio de Trabajo, le anunció que partir de ahora iba a trabajar ocho horas. Le dejó una multa al dueño del local donde se trabajaba hasta que el patrón decidía cuándo era hora de irse. Jacobo volvió a su casa, sintiendo que su voto había sido escuchado.

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Jacobo y Leonor no olvidaron nunca el zumbido de los aviones ese nefasto septiembre del 55 y ella lloró con sus alumnos entre fábulas de La Fontaine y una estampita de San Cayetano.

La calle Castelli, en domingos, era como un universo de nylon y silencio de rejas desoladas.

A veces me llevaba hasta la Avenida Rivadavia para comprar borsht y arenques, mientras mi padre le decía “Jacobo dejáte de joder, vamos a comprar un pollo al espiedo”.

En el pequeño departamento de Once, donde vivían sin hijos, mi alegría de sobrina les llenaba a veces el aire. Yo bailaba en esos pisos encerados, mientras Leonor le contaba a mi mamá casi en secreto las terribles escenas de Boquitas Pintadas.  “Ni se te ocurra llevarla a Adrianita” y a mí me encantaba imaginar que ella había visto lo prohibido.

La encomienda

Una tarde llegó a la casa de mis abuelos, donde yo vivía, un paquete de papel marrón, envuelto prolijamente con hilo zigzag. Como destinatario estaba mi nombre y en el remitente decía “Los tíos Jacobo y Leonor”.

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Todos los años recibía regalos para mi cumpleaños, pero nunca antes en mi vida había recibido un encomienda.

Cuando la abrí, encontré un maravilloso libro.  Algo jamás visto por mí. Era troquelado y cada página estaba  maravillosamente diseñada, mostrando la imagen de una escena circense. El libro se unía al final, armando un circo maravilloso.

A los ocho años, yo no sabía que era la emoción sino la algarabía y, esa tarde, fui feliz.

Ellos eran en mi mundo, la felicidad.

Partida

En 1989, antes de irme del país, pasé a saludarlos. Le mostré el sobre de Federal Express que me había mandado mi novio desde San Mateo, California, con poemas de Octavio Paz y un pedido para que me fuera a vivir con él. “Estas son cartas de amor, Petisa, no esas porquerías que yo te mandaba con la cara de San Martín”.

Me llevaron a Retiro. El todavía manejaba su Renault 6. En un embotellamiento, en el auto de al lado, dos hombres hablaban: “¿Qué querés?, si ese tipo es un loco…” “¡¿A quien le decís loco?!”, los increpó Jacobo.  Leonor atinó a ponerle la mano en la pierna: “No hablan con vos, Jaquito”. Los tipos lo miraron y se mataron de risa. Yo también me reí.

Así me fui, con ese recuerdo de esta pareja despareja, felices, solos y acompañados, viviendo un país donde ahora ya todo es un enorme recuerdo.