Felicítenme, soy un cuarentón

Cuando cumples cuarenta años deberías ser consciente de que estás en la mitad de tu vida.

Al menos, eso pienso para mí. ¿La mitad de mi vida? Alguien que me dé un premio por al optimismo. Es decir que estoy pensando vivir hasta los ochenta años, al menos. Pero con esta panza y la enorme pereza que me da subirme a la caminadora… no, no creo que a los ochenta. Pero pongámosle setenta. Bien vividos. Sano y jovial. Sin necesidad de moverme con andadera o pedirle al nieto que no tendré que me rasure porque la temblorina de las manos no me permitirá salir con vida de una afeitada. Ochenta. Sí. Supongo que esa es una buena edad.

Mi abuelo murió a los sesenta y cuatro y mi abuela a las setenta y tres. Setenta, pues, es una excelente manera de promediarlo.

Además, ¿quién puede vivir de pie más allá de los ochenta? Yo sé que los hay. Conozco a uno. Se llama Pablito y tiene noventa y dos o noventa y cuatro o quién sabe cuántos noventa y algo de años. Una vez me dijo su hija que tenía el señor. Por lo que sé, es propietario del local más grande en el mercado de mi barrio dedicado a vender semillas y no perecederos.

Pues bien, nuestro personaje es lo más parecido a un monje budista que yo conozco; un anciano inmaculado, una especie de momia viviente-arte marcialista-shao ling-quinto dan-maestro yogui, como los de las viejas películas de Jackie Chan o el viejo Ooway de Kungfu Panda. Cuenta la leyenda que, de hecho, Pablito tiene mil años haciendo yoga. Las viejas del barrio lo confirman. El hombre aún puede pararse de cabeza con toda su pila de años encima. Conserva todo su pelo; canoso y frágil, pero todo. Su complexión es delgada y correosa. Anda de un lado a otro del mercado, con su piel tan almendrada que el sudor de sus brazos le hace brillar la tez como si de sus poros emanara aceite de oliva. Siempre va cargando algo, o arrastrando algo, de aquí para allá, sin parar. De manera que nunca está en su local. Siempre está su hija. Una señora de casi sesenta años. Al menos dos veces por semana yo paso por ahí y me sale preguntar.

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—¿Y don Pablito?
—Ahí anda —me responde la hija, apurada, metiendo mercancía a las bolsas, sin verme a los ojos.
—¿Cómo está? Bien fuerte, como siempre —digo yo, fingiendo familiaridad.
—Hey… —me responde, sin poder ocultar una sonrisa, que luego apaga, sin sacar las manos de las bolsas— aunque ya casi no oye. Ya le cuesta trabajo…

Al parecer don Pablito no es inmune al tiempo. Pero, si a los más de noventa años, su única preocupación es estar perdiendo el oído, ¿qué será de mí que la semana pasada me metí un cotonete a la oreja para limpiarme la ceriila y sangré como si me hubieran picado con un desarmador? El zumbido que me quedó en el tímpano era el canto de una muerte prematura. Aunque, muy prematura, prematura, ¿a los cuarenta años que ya tengo?…

Napoleón Bonaparte murió a los cincuenta y uno. Alejandro Magno a los treinta y dos. Ricardo Flores Magón tenía cuarenta y nueve cuando las torturas lo mataron en la cárcel de Kansas. En comparación, lo mío ya es tercera edad. Y ellos hicieron más ejercicio que yo, estoy seguro.

La verdad es que no me preocupa envejecer. (Iba a escribir “la idea de envejecer” pero está claro que eso dejó de ser una idea y pasó a ser una inevitable realidad. Otra prueba de que, en mí generación millenial tardía, nunca dejamos de pensar como adolescentes).

Es más: abrazo el hecho de ser un cuarentón. Las canas de mi barba, las arrugas de mi cara y todas esas estupideces de “envejecer con dignidad”. Al carajo. Ya soy viejo y quiero lucir como un hombre viejo. No pretendo pasar como un chavo y mucho menos me creo esa mamada de ser chavo-ruco. Soy un hombre, un señor, un paciente del urólogo y con cuatro cervezas me pongo pedo y me da diarrea. Tomo pantoprazol en las mañanas porque, de lo contrario, podría morir de reflujo. El pene erecto ya no me llega hasta el ombligo y superé el mito de que el sexo debe durar media hora. Soy un tipo de unos excelentes quince minutos, más cunnilingus de buena calidad. Prefiero quedarme a leer que salir a un bar. Cuento a mis amistades con una mano y, si puedo, opto por los clubes de playa en vez ir en pos de los paraísos perdidos. Y en los conciertos busco un asiento; hace quince años que no me meto a un slam. De hecho, la última vez que estuve hasta enfrente en un toquín me descompensé y tuvieron que sacar mi desguangada humanidad por enfrente de la barra de contención. Entendí que ya no tengo veinte. Esa noche disfruté a Opeth con un vaso de caguama en las tribunas del Circo Volador. Asumí mi responsabilidad.

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Yo no sé por qué hay hombres a los que les cuesta trabajo hacerse viejos.

Además del mito de cumplir los famosos ’41’… Bueno, esto tiene su historia. Se basa en la crónica de la redada ocurrida el 18 de noviembre de 1901 a un club gay clandestino en la Ciudad de México, en el que, esa noche, se encontraba Ignacio de la Torre y Mier, yerno del presidente Porfirio Díaz. La prensa publicó que en aquel “baile de maricones” fueron arrestados cuarenta hombres… en realidad, cuarenta y uno, excepto que fue borrado de la lista el nombre del reconocido familiar del dictador: el célebre miembro número cuarenta y uno del club. Entonces, cunde entre los hombres mexicanos el chiste de que, a la edad de cuarenta y un años, se tiene la primera experiencia homosexual. Algo que ha servido para encubrir la verdadera orientación de unos y la curiosidad de otros.

Al parecer el machismo es tan grande que no cabe en la cultura de los hombres mostrarse como viejos. Para ser un hombre muy hombre hay que mostrarse joven, potente, fuerte, viril, con la “máquina” bien aceitada. Porque un hombre débil no es suficientemente hombre. Un hombre envejecido, tampoco. Y yo, como integrante de este género, puedo confirmar que estamos en una carrera neurótica por siempre el más, el mejor, el que las puede. Eso es signo de estatus en el patriarcado.

Por eso muchos se deprimen si no tienen trabajo, si no tienen el coche que quieren, si no tienen la “vida de hombre” a la cual les enseñaron a aspirar. La depresión entre nosotros también tiene una carga machista.

Parte de ser “muy macho” es callarse; aceptar sin chistar la condena del silencio. Porque “los hombres no hablan de sus sentimientos”. Porque “los hombres no lloran”. Los hombres se matan antes de dejar de serlo. Se avientan por la borda de la violencia. Como el mito nórdico: el viejo es el inservible y su destino es estrellarse contra una roca para morir; o sea, no ser más una carga entre los suyos. Simbólicamente, abandonar la juventud es también abandonar la vida, nos dicen.

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Pero a mí me emociona mi edad. Nadie me regaló lo que tengo. Excepto los traumas (gracias mamá). Creo que puedo continuar con mi carga de aquí al final de mis días. No tengo necesidad de probarle nada a nadie. Puedo hacer lo que me gusta sin miedo al ridículo. Me gusta aprender cosas nuevas, pero ya no estoy para someterme al juicio de nadie. Es por eso que, con lo que estudié, está bien.

Creo que lo mejor es la sensación de haber dejado atrás las edades donde me importaba la opinión de los demás. Cuando intentaba pertenecer y fracasaba miserablemente en el intento. Cuando quería ser mirado, reconocido, aplaudido. Me costó mucho obtener un lugar para mí mismo. Un sitio concreto en el mundo. Un plano seguro en mi psique.

Tengo cuarenta años y eso es más de lo que muchos apostaban. Saludos. Sigo vivo.

Instagram: @betorodriguezangeles

Perfil del autor

Luis Alberto Rodríguez (Tizayuca, México, 1983) es escritor y periodista. Autor de “Oficio rojo” (Revolución, 2014) y Eso que se dice hombre (Desde Abajo, 2023) y co-autor de Memoria contra el olvido (Indesol, 2008). Premio Nacional de Periodismo en derechos humanos. Ha divulgado sus piezas de narrativa, ensayo y poesía en diversas publicaciones, incluida Hispanic LA y la revista El Perro, becada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Su obra cotidiana puede encontrarse en su blog http://luisalberto.mx/

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