Los límites de la brutalidad policial

Los límites de la brutalidad policial
Los límites de la brutalidad policial

Este angelito se llama Richard Rodríguez. Tiene 23 años y es un conocido pandillero en la localidad de El Monte. Ayer, miércoles 14 de mayo, mientras se encontraba en libertad condicional y conduciendo un vehiculo en compañía de dos otros pandilleros, un policía trató de detener el automóvil, aparentemente por una infracción de tránsito.

Lo que sucedió a continuación fue visto por millones de personas. Quienes sintonizaban en esos momentos del mediodía los canales locales vieron cómo se interrumpían sus transmisiones regulares y se pasaba a escenas desde helicópteros, en las que se seguía a patrulleros que a su vez seguían el auto de Rodríguez.

Como renglón aparte, cada vez que estas persecuciones, que se desenvuelven de una carretera al freeway y viceversa, se inician, los reporteros policiales que están siguiendo los equipos de comunicación dan la voz de alerta y lanzan a los helicópteros al aire para su inmediato seguimiento.

La persecución fue relativamente larga y enervante.  El conductor realizó una serie de virajes peligrosísimos, especialmente a la izquierda en intersecciones ocupadas. Cruzó en cuanta luz roja halló. Se metió de contramano en arterias principales de la zona de El Monte y Highland Park. Culebreó en el freeway 10 y luego el 60. Por milagro no atropelló a nadie, por milagro.

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En una intersección el automóvil se detuvo por tres segundos y dejó que uno de los dos pasajeros emergiera de él y se entregara a la policía.

En otra y después de embestir de costado a un auto estacionado, el auto finalmente se detuvo. Un personaje salió del asiento del pasajero y también se entregó a los agentes.

Pero la cámara siguió a otro, vestido con larguísimos calzoncillos a cuadros y camiseta blanca, la cabeza rapada, los gestos rápidos y grotescos, mientras se alejaba a toda velocidad del vehículo, tratando todavía de sacarse de encima a la policía.

En vano, porque casi de inmediato se metió en el patio parapetado de un chalet. Al darse cuenta de que no podría saltar el muro, el hombre se echó de bruces al suelo, esperando a los policías que llegaban resollando.

Tres segundos después, el primer agente llega al lugar y le propina al hombre en el suelo una fuerte patada en la cabeza y el hombro.

Un rato más, y otro policía viene y se une a los esfuerzos del primero de esposar al sospechoso. Lo hace golpeando repetidas veces la costilla del mismo con lo que parece una linterna.

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Un tercer policía mantiene a un perro ovejero alemán a raya, ladrando, muy cerca del sospechoso.

El sospechoso era Rodríguez.

Quienes presenciamos la persecución lo odiamos por lo nefario, lo estúpido, lo homicida  de su actitud.

Nos horrorizamos al ver su foto surcada de tatuajes y la marca de la violencia.

Menos de 24 horas después se iniciaron tres investigaciones en la actuación del primer policía. Una de su propia agencia, el departamento de Policía de El Monte (EMPD). Otra del Departamento del Sheriff del condado de Los Angeles, a petición del jefe del EMPD. Otra del procurador del distrito Steve Cooley. La Unión de Libertades Civiles (ACLU) denunció el acto, al igual que expertos y comentaristas.

La gente de la calle, en cambio, se puso del lado de la policía.

¿Usted qué dice? ¿Se justificó la patada? ¿O es el policía más criminal que el sospechoso, quien en última instancia es lo que es? ¿No podemos juzgar por las apariencias y deducir que Rodríguez es un pandillero desalmado? ¿ O es tal la impresión de maldad que da que es lícito, incluso recomendable el castigo?

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Aquí está el vídeo tomado por el canal 4  de fragmentos de la persecución, en especial el instante de la patada.

Gabriel Lerner
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Editor en jefe del diario La Opinión en Los Angeles. Fundador y co-editor de HispanicLA. Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California desde 1989. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y anteriormente editor de noticias, también para La Opinión.

2 Comments

  1. ¿Cuando el criminal se convierte en victima deben de aplicar las mismas normas de justicia que se aplican a una victima inocente?
    Sí, se deben de seguir las normas aunque por adentro lo odiemos; las leyes no tienen sentido si son relativas a la situación y al individuo. Pero los mecanismos jurídicos tienen que moverse más rápida y eficazmente para que gentes como el no anden por la calle y expongan al peligro la vida de los demás.
    Así el policía se convierte en una fiera que descarga toda su frustración, cansancio y desprecio al tener el tipo enfrente.
    Al policía echarlo sin convertir a Richard Rodriguez en victima inocente.

  2. La foto del supuesto pandillero, con sus tatuajes, me da asco. Y si me pongo a pensar en lo que hacen las pandillas en Los Angeles, la historia de sangre y dolor que las define, mi presión arterial sube, me muerdo el labio y me dan ganas de ir yo mismo a darle una patada en la cabeza. Como ven, es bien fácil deshumanizar a alguien y, de ahí, pasar a conductas inaceptables.

    Richard Rodríguez, me guste o no, es un ser humano. Y aunque él es acusado de actuar de manera criminal, no hay razón para que se violen sus derechos fundamentales. Esa patada, evidentemente, es un ejemplo de la violación de sus derechos civiles que debe ser castigada.

    Cuando el policía llega al lugar, ya no hay ninguna evidencia de resistencia a la autoridad. El sospechoso voluntariamente se ha tirado al suelo y ha extendido sus brazos en una clara señal de sumisión y rendición. El policía no tiene elemento alguno para sugerir que se siente amenazado.

    Así que la situación es bien clara. El policía descarga la tensión del momento con una patada en la cabeza de una persona indefensa. Un acto que, a nivel personal, demuestra cobardía y, a nivel profesional, viola toda una serie de regulaciones del departamento de policía y leyes estatales y federales. Este policía, obviamente, no tiene que seguir un minuto más en el departamento. Hay que echarlo y hacerle los cargos judiciales correspondientes (ie: asalto agravado y abuso de la autoridad).

    De nuevo, en base a la información provista, Richard Rodríguez, su estilo de vida, su carrera criminal, su aspecto, me parecen detestables. Sin embargo, dado lo acontecido, lo defiendo incondicionalmente porque nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de violar los derechos constitucionales de una persona. No importa si esa persona es el violador más monstruoso, ni el asesino más sanguinario, ni el peor de los peores. En una sociedad con estado de derecho, existen los mecanismos jurídicos apropiados a fin de castigar a los criminales.

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