Otra masacre: El cielo de ayer

Otra masacre: el cielo de ayer
Foto: Flickr

Cuando se está llegando al pueblo, se siente olor a ajo. El lugar se llama Gilroy, a medio camino de Carmel. La ciudad al lado del mar donde Clint Eastwood fue mayor por cuatro años. Gilroy es simplemente un pueblo de paso, para compras. Todos los años, un festival de comida inventa una atracción turística. Lo más exótico es el helado de ajo.

Son esos eventos pueblerinos, que guardan la magia de las viejas tradiciones, de esas cosas que conservan el sabor de lo que da entidad a una población que una vez al año se siente representada. Alguien que se sentía representado por otra identidad, publicó en su Instagram una foto del libro Might Is Right or the Survival of the Fittest (El poder es la razón o La supervivencia del más apto). Este libro publicado en 1890 se considera el manual de la supremacía blanca. Alguien se puso un chaleco antibalas, tomó su rifle WASR-10 y volvió a escribir en Instagram: “¡Gilroy, Festival del Ajo!, vengan a perder pagando caro”. Stephen Romero, de seis años, Keyla Salazar de 13 años y Trevor Irby de 25 años, perdieron. Otras quince personas quedaron heridas. Jack Van Breen, el cantante de la banda Tin Man contratada para amenizar el festival, buscó refugio abajo del escenario. “¿Por qué estás haciendo esto?”, le preguntó al hombre del rifle cuando lo vio caminando entre los puestos de comida, listo para atacar. “Porque estoy muy enojado”.

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La respuesta simplista de una población que anhela volver al pasado de la violencia y la aniquilación, como el esquema más bruto y rudimentario del hombre, se cobra unas cuantas vidas cada dos o tres meses en Estados Unidos. La respuesta eficaz del sistema que cuida a la población es matar al asesino. Santino William Legan, de 19 años, fue muerto por las fuerzas del orden, ese domingo antes del atardecer. Un círculo de muerte nos encierra. Como respuesta masiva, las iglesias rezan por los muertos y le piden a Dios…. ¿qué le piden a Dios? Ayer, en otro pueblo cercano, en Santa Cruz, a las 5.45 pm escuchamos un estruendo. ¿Un tiro? ¿Una premonición de la muerte? ¿Un signo de un trágico domingo? ¿Una casualidad?

La carretera 152 que lleva al “pueblo del ajo” se llenó de espanto, de desesperación y de muerte. La violencia arrasa junto con el odio y la brutalidad. El cielo para Stephen, Keyla y Trevor, será por siempre un cielo de ayer. Para Legan, que disparó, también.

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La imaginación de Jean Pierre Melville, se hace un hongo de espanto, ante el círculo rojo que estruja la alienación más brutal del capitalismo. Hiroshima explota todos los días en cualquier ciudad, en cualquier calle.