jueves, abril 15, 2021

Rafael Carvajal: Reflexionando sobre su nuevo libro

Por años, he leído, gozado y publicado centenares de entregas de los aforismos obra de Rafael Carvajal, bajo el inteligente y humilde nombre de “Máximas y mínimas”.

En total han sido varios miles de dichos, muchos ingeniosos y basados en juegos de palabras, muchos con fuertes opiniones, muchos que son observaciones agudas sobre la naturaleza de la vida… y de la muerte.

Y de la muerte estaba pensando esta semana, no recuerdo en qué contexto, pero como si faltaran: el temblor del viernes pasado, un país al borde del autoritarismo, el coronavirus que siega centenares de miles de vidas, los incendios en California cuyo humo llega a la Coste Este y según dicen, a las de Europa, los huracanes del otro lado del país, ambos resultado de la crisis climática y la incapacidad de esta sociedad de superarla. Quien firma y familia encerrados en casa (no nos falta nada) ya seis meses.

Como si faltaran motivos.

Fue entonces cuando me llamó la atención en mi biblioteca, en la parte de los libros recientes y por reseñar, un libro de lomos amarillos y en su portada, el dibujo de un árbol con forma de cabeza humana que se deshoja, se desintegra con el viento. El título dice “Reflexionando, Rafael Carvajal”.

Abrí el libro en una página al azar. Juro que al azar.

Y leí una continuación de mis pensamientos sobre la muerte.

Casualidad.

Rafael Carvajal me había enviado el libro en junio, dedicado. Generalmente, en el anaquel que ocupa hay unos quince libros que esperan, aunque el número fluctúe… ¿quién no tiene un anaquel similar?

Ahí están los que he decidido leer por placer pero que sucumben a los que debo leer por oficio: los libros políticos, en estos últimos meses, los testimonios sobre el dominio de Donald Trump.

Tiene unas 250 páginas. Los textos, sin título ni numeración ni más ornamento que una capitalización, tienen entre 10 líneas y dos páginas.

Y son demoledores.

Cerré el libro.

Pasó una noche.

Esta mañana comencé a escribir esto que lees. Y al aludir lo que encontré comencé a buscarlo de nuevo, porque no lo había marcado. Página por página, pensamiento por pensamiento.

Este hombre me ahorra mucho tiempo, pensé. Piensa por mí, pensé. Concluye por mí.

Y lo encontré en la página 98. Lo transcribo en su totalidad, porque es un pensamiento redondo:

“No puedo evitar el pensar que moriré algún día y que seré olvidado como si nunca hubiera vivido. De que llegaré al final de mis días sin que mi existencia hubiese tenido alguna importancia. Pero me costó tantos años llegar hasta aquí, que después de catalogar los males y las injusticias del mundo, y de decidir que los caminos de la riqueza, la sabiduría, el placer, la abundancia y la piedad son callejones sin salidas, llegué a otra conclusión: la vida es demasiado sagrada, demasiado especial y plena de posibilidades para carecer de significado”.

Pienso en el Rafael Carvajal que conozco, no solo de su infaltable envío de los aforismos para su publicación en HispanicLA, sino de reuniones literarias o sociales que compartimos. El libro me confirma lo que veía en él: al callado, agudo observador.

Hace treinta años inquirí la senda de los chamanes y respiraciones profundas. Un guía – fue amigo – me llevó a caminar por la playa. Caminamos por millas hasta que él halló un pedazo de roca de basalto que la marea había transformado en una suerte de proyectil, de lados suaves, bruñidos. Daniel me lo entregó y preguntó qué veía, qué veía de mí que se proyectara en la piedra. Quise decir guerrero, pero guerrero no era lo reflejado. Quise decir poeta, pero la superficie era monótona y placentera y para la poesía se necesita sufrir. Dije entonces “lo que veo es a un observador”.

Como Rafael Carvajal.

Aunque diferente.

Claro, ahora el libro está en mi regazo y lo estoy leyendo. No quiero – ni es posible – leer todo o mucho de golpe, como si fuese una biografía política o como una novela de ciencia ficción. Hay que leer uno por uno estos textos o reflexiones. Algunos, descartarlos, u olvidarlos, o interpretarlos a la ligera. Pero otros, como este que ya copié, los leo dos veces, los aspiro, me gustan, me sorprenden.

Los textos están pulidos, como pulida era esa piedra que ya no poseo, o que nunca poseí. No admiten edición, ni les sobra información, ni delatan nada más que la reflexión.

Quizás no sea necesario decirlo. Pero igual: “Reflexionando” no es para una lectura seguida. O una sola.  O constante. O continua. Por un lado, es como Rayuela de Cortazar, en que se puede empezar en distintos temas, o pensamientos, saltear cien páginas, volver a empezar. Y cada lectura como esa, que es una acumulación de las pequeñas lecturas, será diferente.

Quizás podría ser, como dice un párrafo en la contraportada, “una serie de reflexiones que ofrecen al lector el medio a través del cual encontrará la respuesta a esa pregunta que siempre se hizo”. Sí, tiene respuestas, tanto las que Carvajal pensó al escribir como las que nos formulamos al leer y que son otras, diferentes, distintas, no intencionadas. Pero no es una guía con nombres de capítulos que insinúen la temática. Sigue siendo necesario saltear, recorrer, empezar, detenerse, jugar…

O se puede, como hace quien escribe, volver a leer porque el libro está aquí, ahora sobre mi escritorio, entre el enorme monitor de la computadora, el teclado, un bloque de papel amarillo, el escáner, dos parlantes. Aquí está al alcance de la mano, y lo puedo hojear a tiempo que miro la pared, y en la pared el enorme panel de corcho con fotos, cartas e ilustraciones que definen, también mi vida.

“Hay un truco para soltar las amarras. Surge con la visión que nos hace reconocer cuándo termina un trabajo, una etapa de la vida o una relación. Esto significa dejar atrás lo que ha concluido, sin negar su validez ni la importancia que tuvo en nuestras vidas. Esto implica tener una noción del futuro, la creencia de que cada salida es a la vez una entrada, de que hacia allí nos movemos y no nos hemos desviado.

“El truco para retirarse bien puede ser el secreto para vivir bien. Resulta difícil reconocer que la vida no es una acción suspendida sino un proceso. Las experiencias y el desarrollo son parte inseparable en nuestra existencia. Y cuando dejamos atrás algo, podemos marcharnos junto con nosotros mismos”. (P. 93)

El texto es dilapidario. Puede estremecer, si queremos estremecernos. Porque esa es la disyuntiva. Podemos dejar atrás las objeciones y asumir lo que Carvajal aquí dice. O podemos quedarnos con el dolor de las separaciones, la angustia de los intentos fallidos, de los fracasos.

Algo que llevamos para adelante, para nosotros y nuestros hijos. No como enseñanza para ellos, porque nosotros no sabemos más que ellos. Pero sabemos antes.

Rafael Carvajal nació en Bogotá, Colombia. Cursó estudios de periodismo en su país y posteriormente se radicó en Los Ángeles.

Reflexionando es publicado por Editorial La Mancha, en Los Ángeles.

Fundador y co-editor de HispanicLA. Editor en jefe del diario La Opinión en Los Ángeles hasta enero de 2021.
Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y editor de noticias, también para La Opinión. Anteriormente, corresponsal de radio. Tiene tres hijos adultos que son, dice, "la luz de mi vida".

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