Santa Marta: coraje y esperanza en la tierra que venció al miedo
Santa Marta, Cabañas, El Salvador.
Bajo el sol dorado de octubre, las calles de Santa Marta vibran con tambores, risas y lágrimas contenidas.
No es solo una conmemoración: es una afirmación de vida, una historia tejida con coraje y esperanza que, 38 años después del retorno desde el exilio, sigue latiendo en el corazón de esta comunidad inquebrantable.

El 10 de octubre de 1987 marcó el regreso de más de mil campesinos salvadoreños desde el refugio de Mesa Grande, en Honduras. Era el retorno a su tierra natal, aunque ese territorio seguía ardiendo por la guerra. “Si ustedes se coordinan con los guerrilleros tendrán la misma suerte que corrieron en 1981”. Les dijo un oficial acompañado de su tropa recordándoles la masacre del río Lempa, que fue el primer encuentro con los militares en Santa Marta.

«Nos querían hacer hondureños o mandarnos a un tercer país, para repatriarnos individualmente y por eso temiamos a ser capturados, pero nuestro sueño era volver a cultivar nuestra tierra”, recuerda Rosa Laínez, una de las repobladoras que enfrentó con valentía aquel retorno incierto.
En aquellos años, más de 25,000 salvadoreños se refugiaron en los campamentos hondureños de Mesa Grande, San Antonio y Colomoncagua, bajo la atención de ACNUR, la agencia de Naciones Unidas para los refugiados. En medio de las carencias, la organización comunitaria se convirtió en su escudo, su escuela y su esperanza.
“Nos venimos porque somos salvadoreños y queremos enseñar a nuestros hijos a cultivar la tierra y ganarse la vida”, cuenta Laínez.
Las primeras casas fueron de plástico, luego de lámina y barro. Cada pared era un símbolo de resistencia. La prioridad, dice Rosa, siempre fue clara: educación, salud y tierra. “Fuimos colonos por mucho tiempo, pero aprendimos a trabajar para sostener a nuestras familias, no a los patrones.”
Hoy, Santa Marta no solo es un símbolo de repoblación, sino de lucha ambiental y dignidad. Desde 2005, la comunidad ha encabezado la resistencia contra la minería metálica en Cabañas, defendiendo los ríos, la naturaleza y la vida.
El padre Miguel Ventura, de la comunidad Segundo Montes de Morazán, lo resume con emoción: “El espíritu de Santa Marta no solo ha movido a las organizaciones nacionales, sino que ha inspirado a movimientos internacionales. Es un ejemplo de libertad y perseverancia que trasciende fronteras.”

Castro.
Treinta y ocho años después, Santa Marta sigue floreciendo entre montañas verdes y memorias vivas. Allí, donde una vez reinó el miedo, hoy los jóvenes llevan el baluarte de la organización, la defensa de los derechos humanos y la lucha por la liberación de los ambientalistas detenidos por mas de dos años.




