Un asesino como espejo: Bruce Jeffrey Pardo

Hijos abandonados

Pardo, antes de iniciar su acto criminal, el que llevaría a su propia muerte, pensó quizás en su propio hijo, el que tuvo muchos años atrás con una novia y que abandonó. El niño sufrió un accidente que le causó una severa invalidez. Nunca lo veía, una ocurrencia típica en nuestra sociedad. Demasiadas veces una relación pasajera lleva al embarazo de la mujer y a la huida del hombre, orgulloso en su fuero interno de su “machismo”, éxito con el sexo opuesto, fiereza de carácter, prestigio entre sus pares. Demasiadas veces ello sucede entre latinos aquí, en el Sur de California; parte del legado cultural que como inmigrantes llevamos a este país.
A pesar de haberlo dejado, Pardo utilizaba el nombre del niño y su número de seguro social su propia declaración de impuesto, beneficiándose así de la existencia de alguien por el cual nunca hizo nada.
Respecto a su esposa y sus tres hijos, en junio un juez le ordenó pagar más de tres mil dólares por mes de manutención. Para quien ganaba casi diez mil dólares por mes, no era mucho. Pero al mes siguiente, Pardo perdió su trabajo.

Se le agrega además otro aspecto lamentable del entorno en el que vivimos: el frecuente fenómeno de los llamados aquí  «deadbeat dads». Padres agotados, hechos polvo, ausentes. Son aquellos que por acuerdo legal deben pagar mensualidades para la manutención de sus hijos y no lo hacen.

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Tenencia de armas

Estados Unidos es el paraíso de la libertad… para propietarios de armas de fuego. Una concatenación extraordinaria de eventos e interpretaciones, apoyados por la industria armamentista más poderosa de la historia, llevan a que el “derecho” de los residentes a comprar, poseer, portar armas es parte del debate político, la diferencia ideológica e interminables diatribas leguleyas y periodísticas. Total, que cualquiera puede comprar un fusil, un revólver. La cultura de las armas es tal que es común en ciertas zonas del país poseer no una sino hasta decenas de pistolas de todo calibre, escopetas, y hasta hace poco, metralletas. No se requiere permiso ni entrenamiento ni certificado de buena conducta y la única provisión de prudencia es la exclusión de quien fue condenado por un delito mayor.
Bruce Jeffrey Pardo llegó a la casa de Covina vestido de Santa Claus y con cuatro armas en su haber. Cuatro más se encontraron en su casa.
Las herramientas de la violencia dictan la magnitud de su daño. Gritos, puñetazos, patadas… por horribles que sean, raramente causan lesiones severas. Un revólver en manos de un desequilibrado en plena desesperación es una tragedia en ciernes. Sólo requiere una leve presión del dedo en el gatillo para causar la muerte de otro.
En muchos sentidos, Estados Unidos es el país más violento del mundo: dos millones de personas están, a cada momento, tras las rejas, encarcelados, habitantes de un sistema constituido cada vez más por prisiones privadas, no reguladas. Armas de fuego en millones de casa, esperando el momento para ser utilizadas, o descubiertas por un menor que dispara sin querer (si es que estaban escondidas), la generación cultural de la violencia como valor justificado, prioritario e indiscutible, a través del cine y la televisión.

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