2025: adiós a las democracias, por César Leo Marcus

El siglo XXI parece inaugurar un nuevo choque de titanes, aunque no tanto como antes entre nítidos bloques ideológicos. Ya no existen las izquierdas y las derechas que conocimos en el siglo XX.  Los titanes son, por un lado, los gobiernos populistas que se reivindican como “capitalismo liberal” y por el otro los estados autocráticos que proclaman su propio “capitalismo de Estado”. Al mismo tiempo, las super corporaciones tecnológicas se han hecho tan poderosas que amenazan la soberanía de los países, sin importar su forma de gobierno. 

Populismo autoritario

La reelección de Donald Trump en 2025 confirmó la vigencia de un estilo político que los expertos llaman ‘populismo autoritario’, caracterizado por la prevalencia de líderes con retórica nacionalista que se proclaman contra las “élites” y apelan a las emociones de las masas, y a la vez mantienen economías de mercado relativamente abiertas. 

Trump ha combinado recortes de impuestos, medidas proteccionistas y derogaciones regulatorias con discursos de choque cultural. Su segundo mandato incluyó la aprobación de proyectos de ley de desregulación energética y laboral, al tiempo que intensificó los aranceles a China bajo la promesa de “proteger empleos estadounidenses”. 

En América Latina, el economista libertario Javier Milei alcanzó la presidencia de la Argentina en 2023 con un programa de choque, prometiendo privatizaciones masivas, dólar libre y eliminación de impuestos. Milei definió su modelo como “capitalismo liberal extremo”. Con un discurso netamente populista calificó a la “casta política” como “enemiga del pueblo” y prometió abrir la economía a un ritmo apabullante. En la práctica refuerza el culto al líder y concentra poder en el Ejecutivo, desdiciendo la idea de un capitalismo puramente “liberal”. 

En estos casos vemos cómo la derecha populista usa la bandera del libre mercado para legitimar proyectos autoritarios.

Capitalismo dictatorial

Frente a este modelo emergen potencias que ejerce un control estricto y dirige inversiones estratégicas. El mayor exponente de este grupo es China, que mantiene control absoluto sobre los sectores claves, como banca, telecomunicaciones, energía y seguridad. Mientras impulsa gigantes estatales en semiconductores, inteligencia artificial y vehículos eléctricos, el Partido Comunista combina incentivos para la innovación con represión política. Pese a ello, la dependencia excesiva de la manufactura y la sobrecapacidad amenazan su crecimiento, obligando a Pekín a buscar reformas de mercado limitadas

India, por su parte, aunque nominalmente una democracia, ha fortalecido el rol de conglomerados cercanos al poder. El primer ministro Narendra Modi ha promovido políticas industriales nacionalistas, protegiendo a la tecnología y la energía, y limitando inversiones extranjeras en áreas consideradas “estratégicas”. 

Rusia combina oligopolios estatales del gas y el petróleo con sanciones occidentales que el Kremlin confronta con aranceles recíprocos y acuerdos bilaterales. El gobierno de Vladimir Putin ha oficializado un capitalismo de Estado que apoya empresas móviles de defensa y energía para eludir restricciones. 

Brasil, bajo Luiz Inácio Lula da Silva, retomó un intervencionismo moderado, con rescates estatales a industrias estratégicas y expansión de programas sociales financiados con recursos del Banco Nacional de Desarrollo, en una economía de mercado con fuerte tutelaje público. 

Estos regímenes justifican su capitalismo de Estado como defensor de la “soberanía nacional” y el “bien común”, pero en todos los casos el pluralismo político y las libertades cívicas se ven subordinados a un control centralizado.

Autoritarismo versus Intervencionismo, ¿dos caras de la misma moneda?

A simple vista, Trump/Milei y China/India/Rusia/Brasil parecen modelos opuestos, uno vende “menos Estado” y el otro “más Estado”, sin embargo, ambos comparten rasgos inquietantes:

  • Concentración de poder en el Ejecutivo: Trump con órdenes ejecutivas; Milei con decretos de necesidad y urgencia; China con el Comité Central; India con poderes de emergencia; Rusia y Brasil con mayorías absolutas en el Parlamento.
  • Ataques a la prensa libre: descalificaciones de “medios fake”, leyes de “veracidad” o cierres de cuentas, protegiendo narrativas oficiales.
  • Nacionalismo económico: aranceles exorbitantes, restricciones a inversiones, discursos d antiglobalización selectiva.
  • Populismo emocional: polarización social, apelación del “pueblo” contra “élites”, reducción de la complejidad política a temas simbólicos.

El resultado es un empobrecimiento de las democracias liberales tradicionales, donde el proceso representativo cede espacio a liderazgos personalistas. Pero aunque se declaren “anti-establishment”, esos líderes y regímenes usan el aparato del Estado para moldear la economía y la sociedad a su antojo.

Estados-Nación versus Super Corporaciones

Paralelamente a estas transformaciones políticas, un actor ajeno a la contienda gana poder a escala global. Son las súper empresas tecnológicas, empresas como Google, Amazon, Apple, Meta y Microsoft, que valen varios billones de dólares, mucho más que el PIB del 90% de las economías nacionales. Controlan infraestructuras críticas de datos, comunicaciones y transporte. 

Gracias a los lobbies, su regulación es difusa o nula, aunque los gobiernos han intentado legislar sobre inteligencia artificial, privacidad y monopolios. Incluso la mega ley de tecnología aprobada en Washington eliminó la moratoria de 10 años para normas locales de IA y redujo el alcance regulatorio estatal, dejando a las corporaciones un campo libre en gran parte de EE. UU. 

Con todo estos puntos a favor, estas empresas pueden imponer condiciones a los usuarios, fijar precios a voluntad, extraer datos masivos y determinar estándares técnicos, prácticas que trascienden fronteras.

Ningún estado individualmente tiene la capacidad para frenar esa influencia, sumado a que entre redes 5G, servicios en la nube y plataformas de comercio electrónico, las grandes tecnológicas se han convertido en proveedores esenciales de servicios públicos. Incluso en países autoritarios, hablan de “colaboración público-privada” para no quedar fuera del tren de la innovación 

Este fenómeno no discrimina régimen político: tanto autoritarios como intervencionistas dependen de estas corporaciones. Los estados cuya legitimidad descansa en el monopolio de la coacción y las regulaciones, ven sus soberanías erosionadas por actores globales que operan con normas propias y recursos que rivalizan o superan a los presupuestos estatales.

Hacia un nuevo orden global… o hacia el caos

La convergencia de estos procesos, (populistas, intervencionistas y super tecnológicas) presagian un mundo donde la democracia tal como la conocimos se vuelve cada vez más marginal, porque mientras el mundo siga enfrascado en litigios del siglo XX, sin articular una defensa efectiva de la separación de poderes, el pluralismo político y el imperio de la ley, correremos el riesgo de caer en las fauces de líderes que prometen “eficiencia” o “seguridad” a costa de esas garantías.

Pero la emergencia de corporaciones que trascienden fronteras abre otra vía de cuestionamiento, ya que son gigantes cuyos dirigentes no fueron elegidos “democráticamente” y su “ética” no es la misma del 90% de la población mundial. Así, la “democracia electoralista” se torna irrelevante. 

En estas circunstancias, el futuro podría ser un neofeudalismo digital, en el que unos pocos gigantes dominen mercados, infraestructuras e incluso el discurso público. Alternativamente, podría emerger un nuevo contrapoder global, mediante alianzas entre Estados, regulaciones supranacionales y movimientos ciudadanos que reclamen un “derecho a la nube” y la “protección de datos como derecho humano”.

Adiós a las democracias” no es un epitafio inevitable, sino una advertencia, donde  Donald Trump y Javier Milei representan una versión populista del capitalismo que arrasa con los frenos y contrapesos institucionales y, en paralelo, China, India, Rusia y Brasil consolidan un capitalismo estatista donde los comités de austeridad y los planes quinquenales reemplazan las elecciones libres.

Pero cuando no basten ni los autócratas ni los populistas, las súper corporaciones tecnológicas, cuyo poder ya supera al de muchas naciones, tendrán la última palabra sobre nuestras vidas digitales y económicas.

El futuro del orden global dependerá de si los ciudadanos y sus instituciones recuperan la capacidad de regular a esos gigantes, ya sean políticos o empresariales, o si aceptan resignados que la soberanía nacional y la democracia representativa han quedado relegadas a un museo de viejas utopías.

Es el momento de decidir: ¿seremos dueños de nuestro destino político y económico, o lo entregaremos en manos de líderes carismáticos y CEOs todopoderosos? Adiós a las democracias es en realidad un adiós a un futuro verdaderamente libre.

Autor

  • Cesar Leo Marcus, nació en Buenos Aires, Argentina.
    Doctor (PhD) en Logistica Internacional y Comercio Exterior, y Máster (MBA) en Sociología Económica, fue profesor de ambas cátedras en las Universidades de Madrid (España) y Cordoba (Argentina).
    Periodista, publica en periódicos de California, Miami y New York. Escritor, publico 12 libros, y editor literario, director de Windmills Editions. Actualmente reside en California.

    Ver todas las entradas

Muestra más
Botón volver arriba