La Inteligencia Artificial contra las derechas y las izquierdas, por César Leo Marcus

En el siglo XXI, la tecnología ha sido tanto el telón de fondo como el motor de las transformaciones políticas. Pensamos que, en el siglo XX fuimos testigo de cómo la radio, la televisión y más tarde internet reconfiguraron campañas, propagandas y gobiernos. Pero la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) hoy, es diferente. No es solo una herramienta, es un actor político y, como todo actor tiene sus simpatías, sus usos y, sobre todo, sus dueños.

La dicotomía izquierda-derecha, nacida en la Revolución Francesa y adaptada a cada época, parece entrar ahora en un terreno movedizo, el de los algoritmos. La pregunta que atraviesa a ambas orillas ideológicas es la misma: ¿la IA es una herramienta de liberación o un nuevo mecanismo de control?

Cuando en el siglo XIX el telégrafo acortó distancias y permitió que un mensaje cruzara océanos en minutos, el mundo político sintió un vértigo parecido al de hoy con la IA, porque los imperios veían una oportunidad de consolidar el control y, los movimientos revolucionarios, una vía para coordinarse mejor.

Así, la radio fue utilizada por Hitler para la propaganda masiva, y por Roosevelt para sus “charlas junto a la chimenea” que humanizaron la política.

La televisión fue el terreno donde la derecha conservadora moldeó mensajes de “orden y familia”, mientras que la izquierda aprendía a teatralizar protestas y debates.

Internet de principios del siglo XXI, fue para unos, una herramienta para el libre mercado globalizado y, para otros, un arma para la democratización del conocimiento.

Pero, a partir de 2010, aparece una nueva herramienta para profundizar esa tensión. Es la Inteligencia Artificial, que no se limita a transmitir mensajes, los crea, los segmenta y los personaliza a escala masiva. La ideología se codifica en líneas de código.

La IA y las derecha

En los últimos años, partidos y líderes de derecha han incorporado la IA como un amplificador de sus narrativas. Campañas como la de Donald Trump en 2016 y 2020 utilizaron algoritmos para perfilar votantes, dirigirles mensajes específicos y maximizar su impacto emocional. Para ello, la IA procesó millones de datos para detectar miedos, frustraciones y aspiraciones individuales. Mensajes de seguridad fronteriza enviados solo a votantes preocupados por la inmigración, evitando así confrontar a otros segmentos más liberales.

Los gobiernos conservadores con fuerte impronta de “ley y orden” ven en la IA un aliado para reforzar el control social, junto a cámaras con reconocimiento facial, algoritmos predictivos para la policía y sistemas automatizados de identificación de disidentes.

La derecha tradicionalmente invierte en defensa, donde la IA es vista como la próxima arma estratégica,, con drones autónomos, ciberdefensa automatizada y análisis predictivo de amenazas. Porque para estos gobiernos, la supremacía tecnológica es sinónimo de supervivencia nacional.

Incluso China, aunque nominalmente comunista, usa estas tecnologías con un enfoque que encaja más en un autoritarismo pragmático que en un socialismo clásico.

La IA en las izquierdas

La izquierda, en cambio, suele presentar la IA desde un prisma de derechos, transparencia y acceso equitativo. Muchos movimientos progresistas y socialdemócratas promueven que las herramientas de IA sean de código abierto, evitando así la creación de monopolios tecnológicos. Ven en la IA un instrumento para fortalecer la educación pública, la investigación y la participación ciudadana.

Plataformas y proyectos impulsados por ONG utilizan la IA para analizar contratos públicos, detectar corrupción o medir el impacto ambiental de políticas. Sus líderes sostienen que el algoritmo puede ser un “perro guardián” del poder político y empresarial.

Frente a la automatización, proponen marcos regulatorios que garanticen reconversión laboral, subsidios o renta básica universal, opinando que la IA, debe estar al servicio de la inclusión, no de la precarización.

Coincidencias inesperadas

Aunque las narrativas parecen opuestas, derechas e izquierdas comparten ciertos objetivos tecnológicos, aunque por motivos diferentes:

  • Seguridad digital: ambas coinciden en la necesidad de proteger infraestructuras críticas frente a ciberataques, aunque la derecha priorice la defensa militar y la izquierda la resiliencia civil.
  • Regulación de Big Tech: mientras la derecha lo ve como una cuestión de soberanía nacional y libre competencia, la izquierda lo plantea como un freno al monopolio y una garantía de privacidad.
  • Educación en IA: unos para fortalecer la competitividad económica, otros para evitar la exclusión social.

El algoritmo como ideólogo invisible

La gran paradoja es que, en la práctica, gran parte de los algoritmos que ambas corrientes utilizan son diseñados por empresas privadas, en su mayoría radicadas en Estados Unidos, con intereses propios y, a menudo, más poder que muchos estados.

Aquí surge el riesgo, porque ambos sospechan que las IA no son neutrales, ya que se entrenan con datos sesgados, reflejando prejuicios culturales, raciales o de clase, donde la derecha podría encontrar en ese sesgo una confirmación de sus narrativas y, la izquierda, un obstáculo para sus políticas inclusivas.

Ambos comprenden que, al utilizar la IA generativa, la manipulación de la opinión pública alcanza niveles sin precedentes. Esto incluye lo siguiente:

  • Deepfakes políticos: discursos falsos creados con IA para desacreditar a sus rivales.
  • Bots hiperrealistas: cuentas que parecen humanas y que debaten en redes para influir en tendencias.
  • Guerras de información automatizadas: campañas orquestadas por IA para desestabilizar gobiernos.

En este escenario, la línea entre democracia e ingeniería social se difumina peligrosamente, y el votante puede creer que decide libremente, pero sus percepciones están moldeadas por un flujo constante de mensajes diseñados para impactar sus emociones más profundas.

La pregunta clave es si la IA tenderá a acercar a derechas e izquierdas en torno a un marco ético común o si, por el contrario, amplificará la polarización. Existen indicios para ambas hipótesis:

  • Convergencia posible: ante riesgos globales como la desinformación o el colapso climático, podría surgir un consenso sobre regulación y uso ético de la IA.
  • Polarización aumentada: la capacidad de segmentar mensajes podría consolidar “burbujas ideológicas” cada vez más herméticas, dificultando el diálogo democrático.

En este punto cabe la pregunta del poema Ajedrez de Jorge Luis Borges: 

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?

 

Aunque en este caso la pregunta es menos mística… ¿quién programa al programador?

En el fondo, el debate sobre tecnología e ideología es también un debate sobre soberanía, no se trata solo de cómo derechas e izquierdas usan la IA, sino de quién la diseña, con qué valores y para quién trabaja.

La historia enseña que toda tecnología es política, desde la rueda hasta el reactor nuclear, por lo tanto, la IA no será la excepción y, en este campo de batalla, el algoritmo no es neutral, es un nuevo actor ideológico que puede tanto liberar como someter.

En el siglo XIX, Karl Marx escribió que “el molino de viento te da la sociedad con el señor feudal; el molino de vapor, la sociedad con el capitalista industrial”, quizá hoy podríamos decir: “el algoritmo te da la sociedad con el programador invisible”, la cuestión, entonces, no es si la IA será de izquierda o de derecha, sino si seguirá estando fuera del control de la ciudadanía.

Autor

  • Cesar Leo Marcus, nació en Buenos Aires, Argentina.
    Doctor (PhD) en Logistica Internacional y Comercio Exterior, y Máster (MBA) en Sociología Económica, fue profesor de ambas cátedras en las Universidades de Madrid (España) y Cordoba (Argentina).
    Periodista, publica en periódicos de California, Miami y New York. Escritor, publico 12 libros, y editor literario, director de Windmills Editions. Actualmente reside en California.

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