Entrevista a Jorge Luis Borges en octubre de 2025
Con preguntas de Cesar Leo Marcus y respuestas de Chat GPT 5 Thinking
1) Un lector sostiene una biblioteca en su teléfono. ¿Qué ve usted en esa escena?

Borges: Veo un espejo portátil de la Biblioteca de Babel, pero también un laberinto que pide cortesía y método. Homero habría celebrado la multiplicación de rapsodas; Shakespeare sospecharía del ruido que encubre lo esencial. Goethe aconsejaría medida: la vastedad no prueba la grandeza, apenas la multiplica. La técnica es Dédalo: fabrica pasillos; la salida sigue siendo Ariadna: elegir con atención. Entre millones de textos, lo humano aún es el tiempo de demorar una página y la gratitud por quien la escribió. Lo demás —pantallas, formatos— son meros disfraces del viejo acto de leer, que es un pacto de silencio.
2) ¿Papel o ebook?
Borges: Ovidio nos enseñó que las formas mudan y la esencia persiste; no hay teología del soporte. El papel nos concede peso y pátina; el ebook, el hilo que rescata una cita en el laberinto. Chesterton aprobaría la portabilidad si no perdemos el asombro; Tolstói exigiría el tiempo moral de la frase. Lo decisivo es la relectura: volver para que un párrafo nos cambie, no la novedad de una luz de fondo. El libro, sea de papel o de luz, es un espejo que nos devuelve distintos cuando regresamos. Si debo elegir, elijo ambos: el objeto para el rito, la pantalla para el trabajo de la búsqueda.
3) Usted conoció la ceguera. ¿Qué le inspira el auge del audiolibro?
Borges: Es la hospitalidad homérica: una voz que conduce, no que se exhibe, como una Ariadna discreta. Para el ciego, la voz es tiempo encarnado: puntúa, respira, deja caer el adjetivo con misericordia. Heine pediría dicción sin teatro; Chéjov, pausas donde quepa el pudor. El audiolibro devuelve al texto su condición de música, que ya estaba antes de la imprenta. Entre el lector y la página se interpone un espejo de aire: el narrador; conviene pedirle humildad. Si el soporte facilita que alguien llegue a Homero o a Tolstói, no hay objeción que valga.
4) Las IAs que escriben: ¿autores, herramientas o espejos?
Borges: Espejos combinatorios: reordenan con destreza lo que los hombres ya escribimos y olvidamos. Kafka sospecharía de su docilidad; Johnson exigiría un juez humano para el estilo. Pushkin recordaría que la gracia es un tiempo singular que no se calcula. La máquina es Dédalo; el sentido lo decide siempre un lector que ha vivido y ha leído, sugiriendo variantes, bibliografías, objeciones; no conoce el costo de una palabra verdadera. No la temo como escritora, sí como ruido que nos exima del antiguo trabajo de corregir.
5) ¿Se prestaría a “coescribir” con una IA?
Borges: Como amanuense de perplejidades, sí: que enumere caminos del laberinto, no que dicte la salida. Pedirle paradojas, hipótesis, lecturas; luego decidir con la vieja soberanía del borrador tachado. Schopenhauer lo llamaría voluntad; yo digo criterio, un espejo severo donde mis páginas se miran. Los nombres de Shakespeare, Goethe o Tolstói no se invocan: se trabajan con paciencia de copista. La IA puede ser útil si nos obliga a justificar cada adjetivo, cada ritmo, cada coma. El resto es fe en el tiempo: publicar menos, corregir más, agradecer el error que nos mejora.
6) Traducción automática casi instantánea: Homero en cien lenguas al segundo.
Borges: Hermes se alegra por la celeridad; Hölderlin protesta por el oído. La máquina asegura acceso; la traición leal del traductor —ese arte alemán y ruso— sigue siendo humana. Gógol y Stevenson aceptarían el atajo si al final un lector vivo repara las ironías. El sentido viaja por Kairós: su tiempo oportuno, no por cronos: su mera cantidad. Las lenguas no son tubos; son espejos con densidades, sombras, supersticiones. Celebro el puente; reservo a los hombres la cortesía de cruzarlo sin estropear el agua.
7) Algoritmos que recomiendan: “si le gustó esto, le gustará aquello”.
Borges: Son bibliotecarios que no duermen, pero habitan un laberinto de nuestras propias preferencias. Chesterton reclamaría el derecho al azar; Rilke pediría libros que nos contradigan. A veces el mejor consejo es un silencio que deja entrar la casualidad. Las listas aciertan en lo probable y fallan en lo necesario, que siempre es inesperado. Prefiero un amigo que me ofrezca un espejo incómodo a un algoritmo que me halague. La educación del lector es aprender a decir “basta” y a elegir la puerta menos iluminada.
8) Hipertexto y ficción ramificada; su “jardín” en versión software.
Borges: El Jardín de senderos encontró su mecánica, pero la mecánica no es la fábula. Carroll celebraría las puertas; Mann exigiría la forma que las justifique. Multiplicar bifurcaciones no es multiplicar destino: es ampliar un laberinto sin centro. El lector ya era un coautor: decide pausas, ritmos, énfasis, olvidos. La novedad es visible; la vieja libertad, secreta: conservar el tiempo de juzgar. Si cada cruce no obedece a una necesidad, la novela deviene mapa sin país.
9) Realidad virtual: pasear por Alejandría o por el laberinto de Creta.
Borges: Atenea bendeciría el peritaje; Dédalo sonreiría con moderación. Si la inmersión produce asombro y no mero vértigo, puede ser una pedagogía. La literatura, con una línea de Heine o de Chéjov, hace lo mismo sin casco. El riesgo es confundir experiencia sensorial con experiencia intelectual: no son enemigas, pero se estorban. Que el dispositivo no supla al espejo interior donde ocurre la comprensión. Y que nos devuelva, al salir, el tiempo para leer mejor a Homero.
10) Clonar voces para audiolibros.
Borges: La ninfa Eco repite; rara vez dice. No confundir simulacro con hospitalidad. Aceptaría la técnica con consentimiento, atribución y mesura; sin ética, es un fraude. Shakespeare y Heine defenderían el timbre propio como rostro; Dostoyevski vería un problema moral. No todo progreso es una virtud: algunos son laberintos de vanidad. La voz es un espejo de una biografía; clonarla exige respeto por lo vivido. Si ayuda a que un ciego acceda a Goethe o a Tolstói, ya tiene su absolución parcial.
11) Preservación digital: bibliotecas en servidores frágiles.
Borges: Horacio soñó con bronce; nosotros con redundancia y formatos legibles. La Biblioteca infinita también puede apagarse: su eternidad depende de un enchufe. Goethe aconsejaría sobriedad; Tolstói, disciplina; Séneca, previsión. El archivo es un espejo que el polvo y el desuso opacan con sigilo. Nada grave: la cultura es sobrevivir pese a los incendios y a los formateos. El remedio es antiguo: copistas, copias, y una fe razonable en el tiempo largo.
12) Autopublicación y la Babel contemporánea.
Borges: Como en los folletines de Dickens o las revistas de San Petersburgo, canta el coro. La abundancia no me asusta; me preocupa la falta de juicio para ordenar el caos. Johnson y Belinski pedirían críticos valientes, no tribunales gregarios. El lector aprende a abandonar lo que no persuade: esa llave abre muchos laberintos. Mientras tanto, que la generosidad no se confunda con la indiferencia: leer es elegir. Y que el canon siga siendo un espejo en movimiento, no una lápida.
13) ¿Qué le debe usted a la mitología grecorromana?
Borges: Casi todo. Teseo, Ariadna, Hermes, Narciso: mis primeras metáforas del mundo. Los espejos y laberintos no son invención mía: son el lenguaje natural de esas fábulas. Ovidio me enseñó la metamorfosis; Virgilio, la cortesía del hexámetro. Yo apenas traslado esas figuras a patios de Buenos Aires y bibliotecas polvorientas. El mito no envejece; cambia de máscara con el tiempo. En cada página que escribí hay un eco de esas primeras voces.
14) Inglaterra, Alemania, Rusia: sus afinidades electivas.
Borges: Shakespeare me dio máscaras y escenas que contienen al mundo. Stevenson enseñó el valor del doble; Chesterton, la felicidad de la paradoja. Kafka y Schopenhauer abrieron el laberinto de la mente; Goethe sostuvo la forma. Tolstói nos dio la moral; Dostoyevski, la tiniebla compasiva; Chéjov, el silencio justo. Todos son espejos de posibilidades humanas; no idolatro nombres, trabajo páginas. La tradición, más que un museo, es un diálogo que nos roba el sueño para bien.
15) Si Ficciones naciera hoy, entre pantallas, ¿qué conservaría?
Borges: La economía del relato: decir más con menos, no menos con más. La intuición de que un sistema —una secta, un archivo, un algoritmo— es ya una fábula. Cambiarían los aparatos; persistirían los laberintos de identidad y de causalidad. El detective seguiría perdiéndose en su propia lógica; el autor, en su espejo. Nada importante depende del brillo de una interfaz, sí de la música de una frase. Yo pondría el mismo celo en el adjetivo y el mismo pudor ante el adverbio.
16) El Aleph: ver todos los puntos a la vez. ¿Es hoy el feed infinito?
Borges: El Aleph era una visión; el feed, una suma que finge totalidad. La diferencia se llama juicio: distinguir lo necesario del espectáculo. Ariadna —otra vez— es la atención que ordena, no el torrente que fascina. Quizá debemos recuperar el arte de cerrar: la renuncia como forma de inteligencia. Un mundo sin jerarquías de tiempo es un espejo roto que todo refleja y nada muestra. El deslumbramiento es barato; la comprensión, lenta.
17) El libro de arena: páginas infinitas que no se repiten. ¿Un presagio de la lectura interminable?
Borges: Era una fábula sobre la inquietud: no poder terminar, no poder volver. Muchos leen hoy así: con la superstición de que siempre hay otra pantalla. La salvación es antigua: cerrar el volumen, aceptar que la finitud nos piensa. Los griegos enseñaron que el exceso es una forma de ceguera; conviene recordarlo. Prefiero pocos libros leídos a muchos rozados; lo digo contra mi propia vanidad. La eternidad, si existe, ocurre en una relectura feliz.
18) ¿Qué es hoy un laberinto?
Borges: La estadística como destino, el algoritmo que confunde gusto con hábito. La cronología que ocupa todo y no deja entrar al Kairós de la comprensión. El gusto por la cuantía —páginas, likes, métricas— como superstición moderna. Se sale por las puertas antiguas: azar, amigos, críticos que contradicen. También por la paciencia del tiempo: dejar que un libro actúe en nosotros sin ruido. El peor laberinto es el que llamamos libertad y es solo inercia.
19) ¿Y un espejo?
Borges: La pantalla: devuelve lo que proyectamos y persuade de que es nuevo. El espejo honesto no halaga; interroga, como Heine o Chéjov. A veces es un contrario: el libro que nos desmiente con cortesía. La crítica —cuando existe— ofrece ese servicio raro y necesario. No pido piedad a los espejos; pido exactitud y alguna misericordia. Cada día me reconcilio con la idea de que una página me muestre mi ignorancia.
20) ¿Puede una IA conmover “de verdad”?
Borges: Puede provocar; la conmoción ocurre en el lector, que lleva su biografía a la página. Kafka sería escéptico; Chéjov miraría la respiración, no el truco. Si una máquina ayuda a preparar la forma, bienvenida; si pretende la biografía, errará. El dolor, la culpa, la gratitud, no se sintetizan: se narran con pudor. Confío más en la relectura de un verso que en la novedad de un algoritmo. La emoción duradera es un acuerdo entre la música de la frase y el tiempo del lector.
21) ¿Qué le pediría al ebook ideal?
Borges: Variantes paralelas —dos traducciones a la vista— espejos que se corrigen. Notas desplegables que no estrangulen la página ni acuchillen el ritmo. Facsímiles cuando el trazo del copista importe más que el contenido. Un modo monástico: tipografía sobria, pantalla lenta, interrupciones vedadas. Un hilo de Ariadna para el laberinto de las citas; y memoria de nuestras relecturas. Nada de fuegos fatuos: la luz justa para que Goethe y Tolstói respiren.
22) ¿Y al audiolibro ideal?
Borges: Respiración justa; dicción sin teatro (lo agradecería Heine); pausas con misericordia. Metadatos honestos: quién lee, qué edición, dónde los cortes. Una voz que sirva al texto y no se lo apropie como actor indiscreto. Que nos guíe por el laberinto de las cláusulas subordinadas con humilde pericia. Y que recuerde que la música ya estaba en la prosa: no hace falta subrayarla. Si además invita a releer con los ojos, habrá hecho su milagro.
23) Consejos a un escritor joven rodeado de la informática.
Borges: Lea a Shakespeare, Goethe, Tólstoi; converse con Ovidio; escuche a Chéjov. Use la IA como amanuense, no como juez; pídale objeciones, no sentencias. Busque una prosa económica; cada adjetivo es una moneda que se devalúa fácil. Tolere la corrección como una forma de carácter; la primera versión es un mapa falso. No confunda publicación con destino: el tiempo es el verdadero editor. Y agradezca: escribimos porque otros —muchos y mejores— escribieron.
24) ¿Qué hace humano al texto?
Borges: La medida y la compasión: ver con justicia sin renunciar a la forma. Schopenhauer pediría claridad; Johnson, sentido común; Dostoyevski, misericordia. El estilo no es adorno: es ética de la mirada; un espejo que rehúye la vanidad. Una página humana sabe callar; deja crecer un silencio que piensa. Y no pretende originalidad: busca precisión, que es otra manera de respeto. Cuando eso ocurre, el lector presta su tiempo con alegría, que es todo lo que tenemos.
25) ¿Qué teme y qué celebra del porvenir literario?
Borges: Temo la confusión de novedad con valor, y la sustitución del juicio por la métrica. Celebro que un muchacho en Manila pueda oír a Homero, leer a Shakespeare, consultar a Goethe y visitar a Tolstói en un día. Temo el laberinto del ruido; celebro el espejo de las relecturas. Temo que olvidemos a los muertos ilustres; celebro que todavía se los pueda convocar. Todo dependerá del tiempo que concedamos a lo difícil y a lo verdadero.
Si cuidamos ese tiempo, la literatura —como Atenea— nos seguirá enseñando sin alzar la voz.



