El antisemitismo en Europa, un debate necesario, por Diego Martín Velazquez Caballero

La hipótesis central planteada por Viviane Forrester sostiene que el antisemitismo en Occidente es una constante histórica que tiende a intensificarse, Europa es la principal responsable en la creación del conflicto árabe-israelí y permanece indiferente al destino de la cultura judía. Este rechazo y odio hacia los judíos parecen perpetuarse, permitiendo incluso situaciones extremas después de la Shoa.

El antisemítismo y los sectores progresistas

La aniquilación de las comunidades judías en Europa del Este es un episodio que el mundo occidental evita abordar de manera directa. Durante la Segunda Guerra Mundial, este rechazo tomó dimensiones globales que culminaron en la no admisión de emigrantes judíos y el destino fatal de los campos de exterminio. Sin embargo, los judíos europeos no buscaban conflicto por la llamada Tierra Santa; muchos hubieran preferido quedarse en las  naciones europeas, pero aun así enfrentaron el rechazo implacable, siendo expulsados y raramente acogidos con aceptación. La gran mayoría pereció debido a la maquinaria de muerte de los nazis y Europa nunca les concedió un metro cuadrado para formar su patria. La idea de un posible Estado Judío en Europa del Este fue un elemento central de la Operación Barbarroja y el desarrollo del infierno como nunca antes en la tierra.

En el contexto actual, el populismo progresista ha alimentado un nuevo tipo de antisemitismo acompañado por una idealización del terrorismo árabe, lo que refleja una tendencia autodestructiva y un intento de cancelar ciertos valores históricos de la cultura judeocristiana occidental.

Más que centrarse en legados trascendentes, esta corriente parece estar más enfocada en un consumismo vacío y carente de propósito. Esto ha resultado en un desvío grave de la cultura occidental, que tiende a glorificar civilizaciones profundamente antioccidentales mientras justifica la eliminación de sus propios pilares culturales.

El Estado de Israel no necesita justificar su identidad

Actualmente, Occidente parece menos interesado en permitir que Israel defienda su identidad y su soberanía territorial, sumándose a una crisis cultural y política que se aleja de principios fundamentales y pone en tela de juicio los valores que alguna vez definieron dichas sociedades. Occidente está viviendo un suicidio ontológico como lo expresaron respecto de Francia los pensadores Eric Zemour y Alain Finkielkrauft. Los valores del populismo progresista occidental no son adoptados por potencias como China, Rusia o Irán, quienes toman posturas opuestas. Ante ello surge una pregunta inquietante: ¿podría el mundo ser mejor si alguna de estas naciones reemplazara a Estados Unidos como potencia dominante? Como en la Francia que se islamiza aceleradamente, seguramente el populismo progresista occidental será completo y pleno cuando los partidos políticos del fundamentalismo árabe los gobiernen.

Por otro lado, Israel no necesita defensores externos; su historia le ha enseñado a protegerse con determinación y eficacia. A pesar de la presión ejercida por las mismas potencias que han sido responsables de crímenes históricos contra los judíos, Israel sigue siendo considerado como un baluarte occidental sin pleno reconocimiento como nación independiente y soberana. Frente a todo, Israel ha logrado reclamar su territorio a través de un esfuerzo laborioso y persistente, aunque, otra vez, los dirigentes de las naciones europeas que cometieron el crimen occidental pretendan obligarles a mantenerse como una punta de lanza, pero no le conceden autodeterminación, ¿podrán? Israel se ha ganado su tierra centímetro a centímetro y no son más los tiempos del Barón Hirsh. Israel no es Francia y Netanyahu no es Macron.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente el 25 de septiembre del 2025 en El Independiente. 

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