martes, abril 20, 2021

El Grito, un cuento de Gustavo Ruffino

Podía oler la clorofila del pasto y el olor a adrenalina de unos tantos gladiadores en posición de rudeza, listos a la espera del grito, con sus miradas determinadas en algún paraje extremo de sus percepciones. Un poco retirado, como escondido detrás de un gigante que lo protegía, supo que era su momento. Podría llegar a ser el héroe, de los que se asoman siempre en el minuto final del ataque. Miró su mano derecha y observó esos dedos, los cuales, dotados de una particular habilidad envidiable, le darían el sutil efecto a la pelota para lograr el pase perfecto hacia la meta. Esperaba ese grito. El muchacho tenía buenas condiciones de lanzador y esa era su oportunidad de ser visto por representantes de prestigiosos equipos de primera división. Los cazatalentos presentes en el cotejo elegirían a algunos privilegiados, que podrían integrar la elite deportiva, mediática y económica. Su mano derecha había sido admirada por diversos entrenadores y muchos fanáticos del fútbol colegial apostaban por su talento. Es mi jugada, pensó. La gloria estaba a un paso. No hay un mejor final para una historia como esta, masticó, mientras corría el sudor, sintiéndolo salado, resbalándose en cataratas hasta sus labios. Pensó en su mamá, en Mónica, en parientes y amigos, todas sus caras y sus nombres se coreaban en su mente, podía abrazarlos a todos juntos, pensó en todos ellos… – la vida te da oportunidades que no se pueden desaprovechar… – le dijo su tío Manuel, – el tren pasa una sola vez y debes estar atento a subirte a tiempo- lo sé tío… estoy listo tío… solo espero el grito. Pensó nuevamente en quien casi veinte años atrás había cruzado panzona el desierto, para que el naciera de la raya pa’ este lado, ahora ella se encontraba en una nefasta lista de deportaciones masivas impulsadas por el xenófobo Dick Orange, nuevo residente de la Casa Blanca. Esperaba el grito. Esa jugada demostraría sus cualidades, por las cuales exigiría una muy buena paga como estrella incipiente al equipo con el mejor contrato. El dinero compraría una casa para su madre y parientes, en cualquier lado de la frontera, en cualquier parte del mundo. Se atrevería entonces a probar caviar con sus piernas estiradas en un auto con chofer, desertaría de comprar ropa en Ross, para indagar un nuevo look en revistas de moda de 40 dólares. Contrataría a un fotógrafo profesional y un encargado de publicitar en Instagram sus andanzas, entre las variedades que la gloria y el dinero ofrecen. Esperaba el grito. Sin poder mirar a la multitud supo que Mónica estaría en algún asiento en la tribuna, con sus rodillas juntas y los hombros encogidos, en silencio, ansiosa, preocupada, nerviosa tal vez, esperando el grito también. Se reunieron en su cabeza memorias como la tarde que la invitó a salir, pudo recordar su número telefónico de atrás hacia adelante sin pausas ni confusiones, cuando y como le robó por primera vez un beso y la siesta del último jueves semidesnudos acurrucados en el Motel Seis de Van Nuys. Se sintió egoísta. No se contentaría sólo con el amor de Mónica. Deseaba que todos lo amasen, que repitieran su nombre tanto que se le hiciera imposible concurrir en una emergencia a un supermercado después de las diez de la noche por la carencia inoportuna en su botiquín de hilo dental mentolado. Pensó en la fama. Sentirse único y alabado. Sobresalir sería una forma de escapar a un destino de tiempo completo en el taller mecánico de su tío. Correr, sin manchas de grasa en las manos y sin mameluco hacia los más altos placeres que la fama le brindaría. Su sueño estaba a un paso, toda la arquitectura de su vida se construiría a partir de un grito.

De una garganta seca emergió un sonido gutural rasgando los pulmones por dentro. El tiempo debió acelerarse tanto más, que el palpitar de su corazón agitado y a su consecuencia, todas las nítidas caras huyeron de su pensamiento ante la exigencia del momento. De reojo miró su mano para llevársela hacia la boca y darle un veloz beso a la palma abierta. Contó tres pasos hacia atrás como lo había practicado en los entrenamientos. Suficiente distancia para esperar la pelota que esperaba de un mediocampista amagando con enviarla al lado opuesto de la cancha. Era su momento. La gloria estaba a un paso. La apretujó contra su pecho ayudado por sus antebrazos. Soltó aire cuando se sintió seguro de poseerla. La tomó con su mano derecha y las puntas de los dedos apoyados sobre la costura larga y blanca de la pelota. Sintió que sus músculos eran elásticos como los de un felino. Su espalda se veía encorvada, para ayudar en la postura del lanzamiento a un cuerpo que estaba atento a las órdenes de su lucidez. Voló ella girando, atravesando, elevándose hacia el acomodo de otros brazos que la transportarían a la meta ansiada. Como atrevidos ángeles del desatino se inmiscuyeron vientos y soplidos de mala suerte en su travesía, para desfavorecer su trayectoria y convertirla en un tiro pifiado, miserable, fallido, imperdonable. Sintió la derrota cuando ninguno de sus compañeros lo palmeó camino a los vestuarios. Los tres partidos restantes de la temporada que jugó desde un lugar en la banca fueron suficientes para tomar la decisión de finalizar el college en mecánica automotriz y especializarse en motores diesel para pensar en un destino menos opulento, más ordinario, que pudiera sustentar el hijo que esperaba Mónica y poder mandarle unos dólares a su madre exiliada en Tijuana.

Gustavo Ruffino es profesor en California State University Northridge.

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