sábado, enero 9, 2021
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    Licores triperos del Callao, un cuento de Gustavo Ruffino

    El Callao era un bar de mala muerte que estaba en la calle Concepción. El Tunga lo regenteaba, era obeso y usaba una camiseta de Peñarol sin mangas. Debajo de sus sobacos aureolas amarillentas, transpiradas y chorreantes intimidaban a cualquier naso atrevido en la cercanía. Le quedaba corta y la grasa le rebalsaba alrededor de sus dos metros de cinturón. La muchedumbre se acercaba a ese salón con diversas inquietudes, los lugareños olvidaban malos amores y deudas con el Señor Jesucristo y cierta paisanada utilizaba las inmediaciones como oficina de negocios. Se levantaban apuestas clandestinas de carreras de caballos y ciertos individuos vendían hachís y cocaína. No era conveniente sobrepasarse con ciertas señoritas sin haber pactado cachet de antemano, los guardias de seguridad tenían fama de pendencieros y prontuario de no entrada al cielo. Los nómadas visitantes que frecuentaban el establecimiento pudieran ser extranjeros de tierras lejanas, portadores de lenguajes diversos, caras de puertos distantes, almas que se juntaban a brindar cumpliendo y proponiendo apuestas que muy pocos atinarían a justificar en su más descabellada demencia.

    La tarde era calurosa y varios barcos tenían anclaje esos días por el puerto de Bahía Cecilia. El Callao era cita pendiente de todo marinero por los alrededores. Aparecimos por el bar aquel en una noche concurrida. El flaco, Fabi y Eliseo entraron primero. Un camión que pasaba en nuestro cruce de calle a la esquina de destino nos rezagó de la restante comitiva ansiosa por arribar. Pasamos por unas puertas dobles entre dos gigantes que nos demostraron coraje con la mirada. El alemán y Jiad saludaron con la cabeza y el tano Dante rascándose el culo. En el interior un humo a cigarro secuestrado te proponía dirigirte hacia la barra donde unos ventiladores despejaban la neblina. Los rojos predominaban y las luces que se reflejaban en unos amplios espejos anunciaban el destino. Allí merodeaba el resto de la tripulación. En el fondo a poca luz Fabi divisó una fonola a monedas, y por unas pocas, se escuchó sonar a Whitesnake. El flaco se le acercó observando los alrededores del predio con esa mirada de zorrito vigía. Me apoyé de espaldas a la barra y vi a Jiad acercarse a una mesa de billar. El tano intercambiaba un largo vaso de espumosa cerveza con sorbos a su petaca metálica. Tenía medio cuerpo fuera de la banqueta y ponía empeño con su codo apoyado sobre la barra tratando de generar contrapeso que lo alejase de rodar por los suelos. En su dislocada ebria dialéctica dejaba descubrir un discurso signado por la tragedia y la mala puntería. Siempre me preguntaba qué ilusiones le quedarían después de tanto llanto. Por el cuarto vaso ejercía esta práctica sin disimulo ante el cantinero que lo relojeaba ante su descaro y desidia. “Prima hay que sappere amare… doppo partire… y al finale volvere senza pensamenti” Con palabras alcoholizas y resbalosas el tano Dante se jugaba por una concurrente del bar, la cual sólo sostenía intenciones de seducir su billetera y hacer el pacto, de una vez por todas de arrebatarle de su cara un poco de tristeza. Me pedí una ginebra. El cantinero me vio hacer fondo blanco y se mostró intrigado por mis deseos para la segunda ronda. ¡Tequila y Corona!, le grité. Arriba y abajo con la mano derecha y de remate un ventilador de techo en el culo blanco de la botella de cerveza. El despachador de licores se me acercó y entre señas y balbuceos me ofreció un néctar para paladares gastados. Fue de mi extrañes descubrir lo meticuloso y disimulado que fue en servirlo con claras instrucciones de tomarlo de un buen sorbo, sin escrúpulos ni titubeos. La máquina a monedas cantaba una canción chafa de Quiet Riot mientras los clientes, desentendidos del ritmo, chillaban entablando conversaciones apasionadas o podría contarse como un gran griterío apasionado por los concurrentes. Sentí deseos de beber bien bebido esa noche. Io ho gioccato in il Torino, pero doppo il destino, insistía en convencerla el tano, que no paraba de conversarle a la damisela sentada a su derecha de la barra, quien lo desafiaba en copas consumidas.

    La pianista matancera estaría en Barcelona. Todo comenzaría a ser distinto para ella y eso me ponía muy feliz. Tendría que decidir de exiliarse en la vieja Europa o volver a la casa de la abuela cerca del puerto de Matanzas. Apostaba a ella, su talento emergería, sólo era tiempo de entrar en la rutina de los clubes del lugar, apostaba con el recuerdo de la magia que me transmitió cuando tocó aquella noche en el hotel derrumbado de la Habana. En el final de la barra lo vi a Enzo y al alemán agitar sus muñecas para ingerir clandestinamente el trago recomendado a tomar con pautas precisas. Me hicieron señas.

    En el corto trayecto a destino sufrí la sensación de haber traspasado algún muro mental, haber cruzado el patio que va de la realidad a la ficción, de la mitología de lo cotidiano a los mundos ácidos de gusanos triperos en licores guardados bajo el mostrador. La conversación no fue del todo clara, me costaba enunciar palabra y mi percepción auditiva iba desmejorando. En las inmediaciones ciertas caras comenzaron a desdibujarse, los clientes pasaban delante de nosotros dejando una estela de fosforescencia al caminar. Se habían convertido en bolas de luces que nos rodeaban y nos circundaban, veloces, mágicas como fugaces. ¿Qué sucedía realmente aquí en este lugar? ¡Psicodélicos momentos! La noche demuestra que ya no hay más vueltas atrás, se lo escuchó susurrar al alemán. Dice la leyenda que en los alrededores del puerto habitan vampiros, una vez dentro del Callao se recomienda permanecer hasta la primera claridad de la mañana, susurró el flaco para después codearme y preguntarme si veía a los motociclistas chupasangre de camperas de cuero negras. ¿Dónde? mientras extrañado buscaba a pandilleros de bigotes pendencieros y motocicletas ruidosas.  ¡Están sentados ahí!… ¡no los ves!… en esa mesita redonda… ¡ahí!, ¡ahí!… detrás, donde Jiad está jugando al pool… del otro lado de la mesita…a… ¡ahí!… ¿los ves?… Ningún concurrente del bar era el adecuado a las descripciones del flaco. El alemán después de un sorbo a su cerveza comentó la posibilidad de que habíamos sido drogados. Grande fue nuestra sorpresa al descubrir que esos gusanitos que intuimos degustar en el trago serían de alguna rara especie alucinógena. Lo confirmó el tano cuando se acercó meneando las caderas. Esa noche estaba emborrachándose, siguiendo conductas suicidas. Con una sonrisa a flor de boca embriagada nos dejó saber que muchos preguntan por el famoso tequila escondido bajo mostrador. Se hace oídos sordos al pedido pues los cantineros tienen como tradición elegir a sus clientes. Mientras tanto el tano se contorneaba, se iba desdibujando, fundiéndose en otra persona, en otra piel, pasó a tener otra contextura física, casi diría una espalda más recta, hasta no parecía tener esa pata toda quebrada. Se agigantó como un resorte mágico y avalentonado relojeó a unas damiselas que estaban en el lounge. Decidido el delantero fue gambeteando a los concurrentes en su camino como a contrincantes del Mala fortuna futbol club, atentos pendencieros, buscadores de faltas desleales y bravuconería expuesta. El tano nunca fue intimidado, llegó a la meta sin desarrollar algarabía, levantó la mirada al acercarse a los sillones rojos donde las chicas se divertían y donde creo un par de minutos después haberme encontrado.

    La melancolía lo sobreseyó. Sintió el escalofrío de volver a Roma al bar de la calle Taranto, el que regenteaba su amigo Stefano, en donde había conocido a esa chica romana con la cual había recorrido toda la ciudad en bicicleta. El lugar pudo haber sido como este, pensó. Aspiró profundo cerrando los ojos tratando de capturar algún recuerdo, de esos que viajan con los olores. ¿Si le dico que la conozco de un altro tempo, de una altra vitta?… magari, sería una buona parla o pensaría que solo vuolo fachierla sorridere… le dijo el tano, quien ágilmente se sentó sin pedir permiso al lado de ella. ¡Vos sí que sos atrevido! Me gustaría saber de nuestra vida anterior juntos, pero estoy acompañada y mi amigo tiene muy mal humor, dijo ella tratando amablemente de cortar el juego de seducción que Dante le proponía. Me excuzzza bella ragazzaaa, ¡pero io sono giocatto in el Torino! Se apuró a decir, mientras ella de un salto trataba de escapar de ese ítalo perdedor, borracho y de mal aliento. El amore se me va, se me escapano dellla mani. Reclamaba el tano Dante mientras viajaba en su sueño sentado con los ojos cerrados y sus dos manos apretadas entre sus rodillas en el sillón rojo. Cuando un sacudón en su mentón lo arrojó unos metros para caer despatarrado boca arriba. El agresor vio su potente derechazo como justicia ante el atrevimiento de coquetear con su muchacha. Se fue hacia la barra cuando se le acercó para cruzarlo antes que pudiera ordenar. ¡Hola, mi nombre es Jiad y estoy de visita con mi amigo aquél!, le dijo señalando esa silueta que seguía desmayada y tirada, sin que nadie alrededor, ignorándolo, le brinde un compasivo vaso de agua. Mirá, tu amigo se pasó con… le alegó el grandulón. ¡No importa! ¡El tano es inofensivo! No era necesaria la trompada cobarde que le diste. Yo estaba observando desde allá. ¡Vos sabés quién es él! ¡Sabés que jugó en el Torino! Le gritó en la cara. ¡Mirá a mí no me interesa nada de nada! Respondió con la cara roja de ira. Casi escupiéndole de nervios le contestó el desafiante. ¡Así que no me rompas las pelotas y rajá querés!  No pudo terminar con su amenaza cuando Jiad con un gancho al oído lo tiró sobre un concurrente que esperaba parado al costado de la barra por un gin and tonic.

    Todo podría haber terminado ahí mismo. Esa noche hizo calor, fuera y dentro del bar, donde los presentes buenos memoriosos la recuerdan como una noche de pandemónium. Fue una batalla campal la que sucedió dentro del Callao aquella noche. El flaco encontró a sus motoqueros con mala onda y adictos a la sangre para tratar de pelearlos a todos. El alemán se le acercó al gigante Jiad y pelearon espalda contra espalda. Con Fabián nos fuimos haciendo paso hasta llegar donde estaba el tano quien empezaba a reaccionar sin comprender el bullicio y las corridas del lugar. ¡Ma… que a succhesssoooooo! ¡Mío Dio que cosssaaa e questaaaa! Balbuceaba mirando alrededor, limpiándose la cara roja y babeada. ¡Ma io ricordo la parla con quella siniorinaaaa!… ma e doppo ¡Doppo niente… non ricordo niente! Repetía tirado, aún sin entender lo que aconteció después de su nocaut. ¡Hay que salir de acá! En poco tiempo se vienen los tiros, me dijo Fabi esquivando una silla que volaba hacia su persona. ¡Dale tano! ¡Trata de levantarte! Le gritaba a Dante mientras lo tomaba de los brazos para ayudarlo a ponerse de pie y escapar de ese enajenado lugar. Ma io solo le ho detto que gioccabano in il Torino e doppo non ricordo. Dijo bajando la mirada. ¡Nunca recordás! Te empedaste y te metiste con un culo equivocado ¡Apuráte tano! Hay que salir de acá lo antes posible. Gritó nuevamente Fabi cuando vio empuñar un arma hacia el techo y gatillar varias veces seguidas. Los disparos precedieron a mayor caos, algunos dejaron de pelearse para repararse de las balas que se sentían picar cerca de ellos. Comenzaron a coexistir dos bandos en el lugar. Los inconscientes asesinos que disparaban al que le parecía enemigo y peligroso, y los que trataban recurrir a una salida cercana para salvaguardar sus vidas.

    Teníamos siempre como premisa en cada lugar que frecuentábamos, ante cualquier fatídico acontecimiento, reagruparnos cerca de los baños, sitio que todos sabríamos como encontrar. El flaco, como buen y responsable oficial, trató de ejecutar la evacuación de la tripulación más cercana a él. La balacera era ensordecedora y constante, las luces parpadeaban intensamente. Presumimos todos que en el silencio de la oscuridad que se avecinaba sería ya casi imposible huir de la tormenta. Fue entonces que agachamos la cabeza entre los hombros y arrodillados fuimos buscando la puerta a la huida. Logramos entrar al sanitario de damas que no tenía picaporte. Una vez dentro Jiad pudo pararse sobre un escusado y con un tacho de residuos rompió una ventana que estaba en la esquina. Eliseo salió primero hacia la calle por la espontánea salida de emergencia con su carpeta descolorida bien aferrada a su pecho. Fabián lo secundo para una vez afuera ayudar en la salida del próximo en la lista. ¡Trabá la puerta! alguien le gritó al alemán. ¡Salgan! ¡Apúrense carajo! ¡Salgan carajo!, gruñó Jiad mientras que con su enorme cuerpo se tiraba sobre la golpeada puerta ayudando a defenderla cerrada, tratando de ofrecer tiempo de escapar a los demás. Una mano empuñando una semiautomática se coló por un agujero que se hizo después de tanto patearla y maltratarla y se escucharon tres o cuatro detonaciones que sonaron como cañonazos en ese pequeño lugar lleno de olor a mierda y miedo. Ayudé al flaco a mover un armario metalizado que nos protegió de la invasión clausurando la entrada. A esta altura de la batalla habían decidido por cortar la luz del lugar. Se escuchaban gritos de la policía que ya estaba dentro del bar repartiendo palos y órdenes de entregarse a la autoridad sin resistencia. Logramos escapar todos nosotros por la improvisada salida de emergencia en aquella visita a aquel famoso y peligroso establecimiento. Una vez en la calle corrimos hacia el Ford Farlaine que el primo del flaco nos había prestado para aquella salida por la ciudad. ¡Le dieron al tano! ¡El tano está herido! Eliseo gritando mientras lo sostenía. ¡Sono tutti uno figlio di puttana! ¡Sono heritooooo! ¡Maaa sono heritooooo! Chillaba a todos, lamentándose con sus manos empapadas de sangre. ¡Respira profundo!, lo zamarreaba Fabi tratando de meterlo en el auto.

    Se escuchó ese viejo motor v8 encenderse a la primera vuelta de llave y quemar gomas para perderse en la primera vuelta de esquina. Todos los ojos estaban puestos en el tano Dante tratando de averiguar cuan grave había sido herido. La sangre comenzó a colorearnos a cada uno de nosotros que entre gritos tratábamos de ejercer el suministro de los primeros auxilios ante acontecimientos como este. ¡No encuentro ningún orificio de bala!, dijo Eliseo mientras le abría la camisa teñida de rojo bermellón. ¿Pero dónde le habían dado? ¿Dónde lo habían herido? Y fue entonces que con una sonrisa descubrimos el acertijo. ¡Figlio di puttana… in… in… in il culo me hanno dato!… Porco culo… ¡In il culo me hanno disparato! El flaco fue guiando el Ford azul sin direcciones pautadas. Giró derrapando en una esquina hacia la izquierda para hacer lo mismo en la siguiente a la derecha. Después de unas cuadras bajo la velocidad, pero aún dentro del auto se sentía una tensión abrumadora. El tano se quejaba del dolor y conocimos las más maleducadas puteadas en dialecto piamontés. La momentánea calma fue violada por una nueva ráfaga de disparos. Nuestro chofer clavó los pies en el pedal del freno y el auto que nos perseguía demasiado cerca estrelló su trompa contra el baúl del Fairlaine. Después del impacto, que nos sacudió a un nuevo estado de nerviosismo, el flaco aceleró otra vez a fondo para perdernos de nuestros agresores quienes se bajaron de su vehículo humeante y maltrecho para seguir derrochando balas a un blanco que se perdía otra vez en la primera vuelta de esquina. ¡Son unos hijos de puta!, decía con la mirada perdida Eliseo. ¿Están bien?, gritó Jiad. ¿Están todos bien?, mientras se revisaba al tacto su cuerpo para descifrar si había sido malherido. ¡Donde carajo estamos!  ¿Qué mierda hacemos ahora? ¿Para donde mierda vas manejando flaco?  ¡Tenés alguna puta idea hacia dónde vamos! No tengo la menor idea dónde estamos. Pero tenemos que parar. Tenemos un problema con una goma. ¡Ni se te ocurra!, le dije al flaco. Seguí manejando lo más lejos posible de acá. ¡No bajes la velocidad… no pares, ni se te ocurra!, reclamó Eliseo.    ¡Este auto no da más! El flaco nos contestó a todos mientras volanteaba para mantener el Ford dentro del carril asignado. ¡Nos cagaron las gomas a balazos!

    Sin darnos cuenta habíamos salido de la zona urbana, el camino estaba oscuro y pocas luces lo alumbraban en una noche cerrada. El flaco tomó la determinación de estacionarse sobre la banquina. Salimos apresurados para poder mirar alrededor y tratar de reconocer algún cartel de vialidad que nos dijera dónde nos encontrábamos. Cada uno de nosotros tomó actitudes diversas al abandonar el auto. Eliseo caminó sin hablar con su carpeta descolorida pegada a su pecho, Fabián se dirigió hacia un morrito que había a unos cuantos metros donde el Farlaine estaba estacionado para tirarse boca arriba y poder respirar profundo mirando el cielo negro oscuro y jurar nunca más volver a pisar ese maldecido bar. Me les sumé a Jiad, al alemán y al flaco a mover el auto y esconderlo entre unos pastizales a unos metros de la ruta. Se divisaba a la distancia una aglomeración boscosa. ¡Vamos!… ¡A moverse… vamos!… gritaron los emprendedores de siempre motivando al resto a seguirlos hacia una mancha verde pequeña a la distancia. Luego de un gran ombú, se percibió con más detalle el frondoso bosque. Caminamos entre la oscuridad como ciegos ayudados por intermitentes chispazos de encendedores de plástico hechos en China. Recorrimos en fila durante unos quince minutos un sendero que nos guiaría hacia un claro de donde se percibía bullicio. Una caravana gitana se encontraba acampando y nuestro asombro de encontrar a alguien por esos lados fue el mismo que profesaron los descubiertos, entre una hoguera de fiesta, grapa y canapé.

    Su cara parecía gastada, sus gestos estaban surcados de nobleza, los párpados cansados se cerraban delante de sus ojos negros y su sonrisa desnudaba la carencia de varias piezas dentales. Se levantó de la fogata para acercarse hacia nosotros y entablar los primeros saludos y brindarnos una honesta bienvenida. Caminaba entre una pollera larga que le cubría las piernas y daba pasos miedosos y lentos como si tuviera arroz en su calzado. No tardó en darse cuenta de que alguien estaba herido y con una simple seña el tano pronto descansaría en una humilde cama próximo a recibir las primeras curaciones. No sabría con certeza la edad de esta gitana. Su gesto tenía como mil años, pero su amor era como recién nacido. De vez en cuando le tiraban unos palos de eucalipto a la hoguera que nos ofrecía su calor en esa madrugada húmeda. Nos permitía distinguir cuatro carpas deterioradas, dos casas rodantes y un poco más atrás equilibrada sobre cuatro montículos de piedras una camioneta Dodge sin neumáticos. ¡Dante es un tipo duro! ¿qué complicaciones puede tener? clamó Jiad. Siempre creemos que los nuestros son invencibles… que nunca serán vulnerables … y la del tano… un tiro en el culo…estas son tragicomedias que le suceden a protagonistas como a Dante. Entre carcajadas dijo Eliseo, dándole una palmada en el hombro a Jiad, quien se había sentado para relajarse y disfrutar de ese acogedor calorcito de leña crepitando. Se escuchó tararear una balada con nostalgia donde el muchacho demostraba una buena voz. El flaco se puso celoso porque alguien había tomado su lugar de protagonista guitarrero. La botella se pasaba después de un trago.  Lo primero que hice cuando la recibí fue zamarrearla. Entre la luz que brindaba la fogata traté de descubrir algún otro no deseado ácido gusano. La anciana se sentó a mi lado con lentitud. Le pidió al muchacho que cantaba que tocara una de Zitarrosa. Su cara se infló de felicidad cuando escuchó los primeros acordes. Levantó la pierna derecha primero y fue girando el pie para escuchar sus articulaciones quejarse como una bisagra sin aceite. Su mirada estaba fija en la hoguera, sus oídos en la canción y su mente vaya a saber uno dónde mierda. Repitió el mismo alongamiento con la restante artrítica pierna. Fue la primera en aplaudir el final de la canción y asentó con la cabeza dándole la orden al muchacho a que compartiera la guitarra con el flaco quien venía insistiendo ante cada final de estribillo. Hace tanto que no nos visita nadie que el Pinocho se ha olvidado de compartir, me dijo la anciana quien me concedía el turno al pasarme la botella. Gracias, le dije mientras le di un largo sorbo sin temor a sorpresas. Es una clase de chibcha lo que estamos tomando, sabe bueno ¿no? dijo ella con una sonrisa de cinco dientes. ¿Hace cuánto que están acampando aquí, por estos lados? Mira mijito, cuánto, cuánto, sería difícil de decirte. Pero mirá, el Pinocho apenas caminaba cuando nos quedamos atascados por estos pagos. El muchacho que cantaba, ¿ese es Pinocho?, le pregunté asombrado. Si mijito, el Pinocho acaba de cumplir los dieciséis. Así que sacá cuentas nomás. Dijo la anciana mientras alzaba su cara a la noche para darle un trago a la botella de chibcha.

    Alguna vez habían sido parte de una gran feria que visitaba de costa a costa cada pueblito que se les aparecía por delante. Actos de magia, rueda de la fortuna, contorsionistas y juegos de pelota eran los puestos más visitados. Ella atendía consultas de cartas y futurología. Su vida se la gastó girando de pueblito en pueblito, con la caravana. Así fue como conoció a su marido quien siguió su destino. Juntos compartieron rutas, amigos, hijos, muchas fogatas. El ambiente estaba adecuado y decorado para la práctica del oficio. Sus clientes la atendían con respeto y cierto recelo. Las preguntas más comunes eran las referentes al amor. ¿Será posible enamorar a Facundo? o Sé que él me engaña, pero ¿no sé con quién? A veces preguntaban tratando de conocer los números de la quiniela que el tahúr tendría para la vespertina de la Nacional. Ella se reía ante estas demandas aludiendo que de ser posible los naipes sólo serían la llave al mismísimo infierno. Las cartas se mostraban sobre el paño rojo ante la mirada atenta de ella. Los clientes mantenían la respiración atónitos, prevenidos, esperanzados hasta que ella suspiraba ciertos nombres, ciertas fechas, ciertos lugares. Muchos años transcurrieron ejerciendo esta profesión, practicando este don, revelando identidades infieles, colores preferidos, futuros inciertos.

    Una tarde de primavera tuvo un cliente muy especial. Preparó el lugar como de costumbre prendiendo unos inciensos y corriendo las cortinas para no dejar pasar demasiada luz. Sacó los naipes de su caja de cartón y los peinó boca abajo sobre el paño. Apoyó sus manos sobre la mesa e invitó al cliente a escoger tres y separarlas de las restantes. La primera fue puesta boca arriba y nada les decía hasta no tener un par descubierto. Relojeó a su cliente quien extrañamente no miraba la mesa sino a ella. Dio vuelta la segunda y sintió más penetrante la mirada clavarse en sus ojos esquivos. Con un suave toque del pulgar desnudó la identidad de la tercera carta. Con la palma de la mano izquierda se tapó la boca tratando de asordinar la puteada. Descubrió quién era esa persona sentada frente a ella vestida de negro, con alpargatas gastadas y sombrero estilo renoé. Quien con un salto se paró sin dejar de mirarla con su mano en un facón inmenso colocado en su cintura. ¡Usted está servida! Debo seguir con mi trabajo, le dijo para salir de la casilla rodante, tropezarse y subirse puteando y muy enojado a un rabioso y negro caballo que estaba atado al paragolpes trasero. La gitana había escuchado hablar de él. Era una leyenda popular en los alrededores. Repartía maleficios y siempre encontraba a los destinatarios. Nunca se preocupó en dilucidar quién habría sido capaz de encargarle uno para ella. Podría haber sido cualquiera de los miles de clientes que habían acudido a sus servicios. Levantó la cabeza para ponerse a llorar. A veces no hay peor videncia que saber el propio futuro. Sabré de mañana y pasado y los próximos veinte años. Así es mijito, aquí estamos, en el mismo lugar donde recibí el maleficio tantos años atrás. No podemos abandonar este bosque hasta que se cumpla el tiempo del encanto, me dijo ella mientras tiraba un par de ramas secas a la base de la fogata. ¿Y qué fue de la restante caravana? ¿No pudieron ayudarlos? Cuando una maldición cae a tu familia, el resto de la gente lo único que desea es alejarse de vos. Así fue el resto se fue. El bosque no nos permite escapar, estamos prisioneros. El bosque crece y nos cierra todas las salidas a la libertad. Pero también nos provee lo necesario para subsistir. Tenemos el fuego, un arroyo a unos metros de aquí, una huerta pequeña con vegetales. El conejo asado es una de mis mejores recetas y… y… muchas manzanas para preparar esta exquisita chibcha. Y a vos, ¿te persigue algún maleficio? No, pero a veces tengo sueños con plantas de ajo, le dije mientras me prendía un cigarrillo. ¿Qué hacen por aquí? ¿Para dónde van? Intrigada susurró la anciana. Vamos para Montevideo y después saltamos a Buenos Aires. Tenemos unos días libres antes de emprender el regreso a Málaga. En Montevideo no vas a encontrar la planta de ajo. Y en Buenos Aires ni lo pienses siquiera. Ya te lo digo mijito. Sin ni siquiera tirarte las cartas. Pero mañana con la luz, antes de irse, dejemos ver que nos dicen. Dijo para levantarse con pasos lentos y temerosos alejándose de la hoguera hasta desaparecer en la oscuridad.

    Alguien se acercó al magma que circundábamos. Lo fue pinchando con una vara larga, sacudiendo sus cimientos, su potente brasa dormida que empieza ya a crepitar. Se hacía luz para descubrir caras gastadas, mal curadas, adoloridas, desprendidas de cada expresión de asombro. Al fuego se le podía oler la madera transformándose en energía. Se quejaba al hacerse albor y vida. En el olor nos fuimos acurrucando, relajando, desinflando. No guoma no crayyy… no guomaaa no cray… Cantaba Fabián a dúo con el flaco que tenía cuerda para rato. Eran los últimos siempre en dar por cerrado el evento. El fuego siguió siendo consentido y hambriento consumió una centena de ramas, palos y troncos que alguien siempre atento fue saciando. Con ese calor me fui dormitando. Entre canciones de Marley comencé a sentir la diferencia de la textura de reposar en la hierba de un bosque encantado y la falopa cuerina de salones para marineros sin sindicato.

    Desperté en los sillones rojos del Callao renegando del lugar y buscando el aroma que me volviera a la quimera, al pan recién horneado y al olor al mate cosido que me llevara hacia una gran olla donde la gitana lo servía en unas gastadas tazas de aluminio. Marinaio ¿Qui te succheeedde? ¿Stai bene? Me soplaba el tano con un abanico improvisado. No sé…no …. No creo. ¡Andiamo! … andiamooo che il sole e sopraaa, ma té anque te hai mangiato il gusano. La puerta de entrada que tan bien había sido protegida la noche anterior, ahora carecía de importancia. Se abrió sin apuros ni demoras. El sol nos iluminó la cara desvelada. Mientras alguien abría las puertas del Fairlane y me sostenían ayudándome a entrar, escuché pasar las ruidosas Jarlys de vampiros pandilleros. No tuve tiempo de una segunda mirada al haber sido empujado bruscamente dentro del auto. Nos vamos que ya amaneció, susurrando me dijo el flaco al oído. No te lo creas. Sólo fue el gusano tripero, mientras me abrazaba y en un descuido, contra su pecho, pude observar su cuello mordisqueado por desconocidas bestias nocturnas.

     

     

     

    Gustavo Ruffino es profesor en California State University Northridge.

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