Destrucción causada por el terremoto que impactó la región de San Francisco y Oakland en 1989. FOTO: Wikimedia Commons

Hace treinta años fuimos a trabajar. En el depósito donde empacaba cassettes a destajo, con mis compañeros de trabajo de Michoacán, “el diablito” pasaba sin descanso. Esa máquina transportadora de cajas, tenía un nombre inventado por ellos. Como casi todo lo que veían, lo transformaban para adaptarlo a su mundo. Así el jefe era “‘el pelón”, la supervisora era “la guera” y yo “la juntada”.  “A poco si te casas, porque sino nunca te van a respertar”, me aconsejaba Lupe.

Ellos llegaban a trabajar muy temprano, en la mañana. En el almuerzo comían sandía con chile mientras una música de banda, estridente, tapaba el aire de ese enorme galpón donde por ocho horas empacábamos a destajo cassettes y CDs.

El dueño de la compañía musical había sido un participante fervoroso de Woodstock. No había perdido la ilusión de llegar a la cumbre desde la música. Musica Annex era una compañía de grabación, con sede en San Francisco. El depósito estaba en la ciudad de Fremont, cruzando el puente.

Cruzar el puente era la parte más bonita del trayecto en auto para llegar a ese trabajo. El sedimento que cubría la bahía, era el hogar de unas garzas flacas y solitarias que nunca antes había visto. Nada se parecía al Paraná. Eso me abría la puerta de animarme a entrar en lo desconocido.

Esa tarde, mis compañeros terminaron su turno. Me quedé sola, rodeada de anaqueles que contenían cajas de cassettes de diferentes colores. Eran miles, apiladas en estantes de hierro.

Un hombre flaco y desgarbado, trabajaba en la máquina de cinta de cassettes, fabricando esa música que ahora ya nadie recuerda o se muestra en museos.

Mi meta era empacar mil cassettes por hora. Lupe me había entrenado en la técnica de doblar prolijamente la portada primero, ponerlos en la correcta dirección para después introducir el cassette y colocarlo en la cajita transparente.

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Era un trabajo repetitivo. Un trabajo de fábrica.

Yo pensaba esta vida nueva que había elegido, para tener mi dinero. Era casi seis veces más que mi sueldo anterior en Argentina, pero en el supermercado rendía solamente un poco más.

Yo andaba contenta de estar alienada, rodeada de michoacanos que me trataban como tonta porque hablaba tan diferente que no podían muchas veces entender qué les decía. Cada tanto comentaban: “¿Qué onda con los argentinos, quién les enseñó a hablar a ustedes?” “¿Que no comen tortillas, a poco?” “Ahhh, no, si no crees en dios estás fregada”.

Iba guardando en mi cabeza todos los días, estos nuevos vocablos que se mezclaban en mi mundo con la cara de Marilina Ross o Tita Merello.

Tenía que hacerme de compinches, de gente que me acompañara en esa experiencia de fábrica que me resultaba interesante, pero también hostil.

A eso de las cinco de la tarde, las cajitas de cassettes titilaron como campanitas de iglesia de pueblo. Eran un tintinear que no tenía origen para mí. El hombre flaco pegó un sapucay mejicano que quebró el aire, “¡Aaaaaaahhhhjuá, la tierra va a temblar!”

Cuando levanté la mirada, el piso era una víbora de cemento que se deslizaba debajo de mis pies inciertos.

La puerta de las oficinas de adelante se abrieron de golpe. “El pelón” entró corriendo. Jorge me agarró de la mano y salimos en tropel al estacionamiento.
Los autos todavía bamboleaban como si fueran botes en una laguna.

Todos salimos, menos el hombre flaco que dejó de gritar y se quedó como si nada, en su rutina de cintas y envoltorios.

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Ese día aprendí una palabra en inglés que no había escuchado antes, “earthquake”.

Un golpe de la tierra.

Esperamos un rato antes de subirnos al auto y regresar a la casa.”¡Qué susto!”, repetíamos a cada instante, mirando los autos volver. Nos mirábamos desde las ventanillas como buscando un hilo de protección que nos confirmara que habíamos pasado un momento único.

El puente estaba igual. Las garzas también.

Al llegar a nuestro departamento, todos los cajones estaban abiertos. Un lorito de cerámica que habíamos comprado de adorno, era ahora un montón de pedazos en el piso , para barrer antes de hacer la cena.

De pronto golpearon a la puerta. Era mi único amigo de esos días. Pablo estaba todavía blanco. Se sentó y dijo: “Yo acá no me quedo”. Me reí e hicimos algunas bromas. “En Rosario no tiembla tan recio”. Yo hacía alarde de hablar mejicano.

En San Francisco el temblor había sido de 6.9. El puente de dos pisos que unía la ciudad de Oakland con San Francisco se había desplomado. Los muertos eran más de 50 y el distrito de La Marina estaba en llamas.

Pablo estaba en la ciudad, en la casa de Mauro, nuestro amigo músico, artista y albañil que vivía en un viejo loft de la calle Folsom. Prácticamente todo se había desplomado.

Mis cartas semanales contaban la belleza de ese puente que yo cruzaba todos los días. Lo primero que Neustand había dicho al empezar su programa de la noche, era que se habían desplomado los puentes de San Francisco cuando toda la gente volvía de los trabajos.

Eran las tres de la mañana cuando escuché el sollozo de mi madre al oir mi voz.

El miedo que no habíamos aprendido antes del terremoto, se nos incrustó en los fantasmas de la noche que imaginaban esos que todos repetían, “aftershocks”. ¿Vendría otro peor? ¿Se calmaría la tierra?

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Los humanos nos acostumbramos a todo, pero la incertidumbre es lo que cuesta quizás más. Ese no saber, aunque nacemos sabiendo, cuándo llegaran los finales.
Mauro se rehusó a abandonar el loft que había sido condenado por daños. Por dos tardes se enfrentó a la seguridad que le impedía la entrada. “Me vale madre”, les repetía, hasta que un grandote se cansó y lo dejó internado de una trompada en la mandíbula.

Desde ese día, la mirada de Pablo se puso más seria. En cada sorbo de Nesquik, planeaba su regreso.

Para el primer año del aniversario del Gran Shake, Mauro volvió al lugar donde había sido desalojado y tiró desde la ventana un piano de cola, que dejó sin aliento a todo el vecindario. Así quizás comenzó la historia de los conciertos a piano desarmado.

El miedo del terremoto queda en la piel de la conciencia. Un instinto que uno aprende a tener, como una velocidad distinta en el cuerpo.

Por eso esa noche, casi veintiocho años después, mi instinto fue cuidar a ese hombre que dormía a mi lado. No quería que se asustara, quería protegerlo de lo que yo había sentido.

Recuerdo su fastidio, la bronca en su mirada. “Si me hubieras dejado dormir, no me hubiera asustado”, me reprochó.

Esa madrugada sentí el inicio de otro temblor, y comencé a hacerme cargo de mis ruinas.

Siempre es difícil sobrellevar los finales, pero uno aprende a vivir en los sacudones que da la vida, como terremotos del alma; esos que no se pueden medir en la escala Ritcher.

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