Historia de dos gallos en el Este de Los Angeles

Historia de dos gallos

¿Qué pasa con esos gallos?

Vivo en un barrio llamado el Este de Los Angeles, que no pertenece a ninguna ciudad. Por lo tanto, depende directamente al condado del mismo nombre, que al parecer tiene mejores cosas que hacer que asegurar nuestro desarrollo.

Desde que llegamos aquí hace siete años poco ha cambiado. Seguimos sin supermercados, centro comercial, lugar de diversión, escuela secundaria, estación de Metro (la construyeron a dos millas). Se construye poco y se compra y vende menos. Claro, tenemos nuestros encantos, como la cercanía del freeway, o mejor dicho, de los freeways. El 10, el 101, el 710, el 60, el 5. Y tenemos carritos donde se cocinan y venden tacos al pastor y burritos de asada y donde una vez por semana nuestra familia tiene su “Taco Truck Thursday”.

O por ejemplo que un mes antes y un mes después del Cuatro de Julio esto suena como un campo de batalla, con ametralladoras, granadas y cargas explosivas inclusive.

Otro es que las innumerables tiendas de abarrote – cuatro en mi esquina de City Terrace y Pomeroy – tienen un poco de todo y como sus dueños viven ahí, quedan abiertas hasta tarde. Quiero decir tarde: las dos de la mañana es buen momento para comprar pan y leche.

Hay también una especie de solidaridad de los habitantes, en un 99% latinos y en su mayoría inmigrantes. Entre ellos y hacia quien parezca extranjero (o mejor dicho, local, o sea blanco), como quien firma y su compañera. Nos avisan cuando viene la grúa porque uno se estacionó mal. O nos traen el correo. Una vez unos muchachotes se pasaron la tarde limpiando el patio frontal de mi casa. ¡Qué buena gente!

Es que buscaban, dijeron, un revólver que alguien tiró allí en su desesperación. No lo encontraron, pero volvieron varias veces.

Dos veces, unas jovenes bellísimas y de negro aparecieron para pedir una donación destinada a la sepultura de un amigo de pandilla muerto.

Muchas veces más tocan a la puerta miembros de sectas religiosas, vestidos impecablemente. Si les hablo en inglés se excusan, porque la atención a alguien como yo pertenece a un equipo diferente en su iglesia o sinagoga.

Si les hablo en español a veces llegamos a conversaciones espirituales; les explico el significado de la mezuzá, una caja adosada a una de las jambas de la puerta de entrada y que contiene un rollo de pergamino con unas plegarias en hebreo. A su vez, ellos me explican su visión del más allá y la necesidad de vivir una vida con significado. Tienen razón.

Los animales no faltan. Muchos de los vecinos crían perros pitbull o bullterrier, de esos capaces de matar gente, para su protección o para poder atacar a algún enemigo. Una vez dos de esos entraron a mi casa confundidos. Corrieron y corrieron uno alrededor del otro, sin encontrar la salida pero felices.

Tengo cuatro gatos. Tres son orgánicos de la casa, es decir, que les pertenecemos. Uno, negro de ojos amarillos y feísimo, nos adoptó recientemente y se va después de comer y beber.

Claro, no hay roedores.

Pero hay gallos.

Leo que la enorme mayoría de los gallos que deambulan por los barrios populares de esta ciudad gigantesca son de pelea. Se han extraviado, quizás porque perdieron en alguna lid sangrienta, o porque desearon una libertad nunca antes gozada.

No todos son así: unos conocidos míos en la ciudad de Bell Gardens tenían todo un armatoste con gallinas ponedoras, que emitían un ruido constante y quejumbroso, una nube de polvo y plumas y pocos huevos.

El hecho es que hace unos meses apareció en el patio de atrás de mi casa uno de esos gallos gigantescos. Blanco y feo y sonoro. Al principio, los gatos corrieron en su derredor, como si fuese una de las ardillas que se suben al árbol de persimmon (placaminero o caqui), amagando un ataque que nunca llega. Como ni huia ni reaccionaba ellos en poco tiempo tampoco reaccionaron a sus gritos pelados, para desmedro de un servidor que sufre de insomnio y poca paciencia. Aunque no le dábamos ni comida ni bebida, el gallo en cuestión terminó haciendo de mi casa la suya. ¿Por qué?

Razoné que el jardín estaba abandonado, la vegetación crecida y que todo le hacía recordar… algo agradable al rooster blanco. Movido más por el bochorno que por otra cosa, me pasé largas mañanas (trabajo a la tarde) tratando de humanizar su habitat, para, digamos, deportarlo.

Finalmente al pobre gallo lo vinieron a buscar unos parientes con redes y firmes propósitos, porque querían que fuese el macho de su grupo de gallinas. Se lo llevaron y luego escuché que había enloquecido de miedo ante el embate de tanta hembra y que lo tuvieron que regalar a otra familia que lo usó para fines inconfesables.

La historia del enorme gallo blanco pasó de boca en boca en mi familia, tanto la local como la dispersa por las diásporas.

Hasta la semana pasada. Hasta que vino el segundo.

Apareció en mi casa, la adoptó y se queda en ella hasta este mismo instante un hermoso gallo pequeñín, de colores rojos, ocres y amarillos, que aunque no tengo cerca nunca sale de los confines de mi propiedad horizontal y que, para más rabia, hizo una hermosa amistad con una de las gatas, con quien – y aquí ambos no me dejarán mentir – duerme echado sobre la grama.

¿Y ahora qué hago? Comida tampoco le damos a este, la amistad es imposible porque huye de mí como si viese a Belcebú. ¿Alguna idea, consejo, propuesta?

Only in Los Angeles.

(Original: julio de 2010)

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3 COMENTARIOS

  1. Gabriel, gracias por la frescura de este trabajo. Lo he disfrutado profundamente y he compartido contigo, a través del mismo, el placer de recrearse ante la agilidad de los gatos y contemplar la hermosura, el donaire y la gallardía de esos gallos, que si van a buscar refugio a tu casa, es porque la paz vive en ella.
    Saludos y felicitaciones por tan buen artículo.
    Tony Ruano.

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