La cifra es el Diez

La cifra es el diez

A Diego y Borges, por los siglos de los siglos

Hace 25 años yo vivía en Córdoba en la piezucha de un club de barrio y estaba por publicar mi primer libro. Era un libro horrible, pero era mi descargo. Supongo que esos primeros versos pretendían redimirme por haber dejado Letras y, sobre todo, por no haber sabido encontrarle la vuelta a mis días.

Eran esas noches en que ponía a funcionar la vieja máquina de escribir y pretendía poner en funcionamiento, también, la maquinaria de mi espiritualidad sin engrasar. Eran fines del siglo veinte y los pobres escribíamos a máquina pero también era el mes de junio, bendito y maldito para mí. Bendito porque la gente me felicitaba por mi cumpleaños y por la redentora llegada del invierno. Maldito porque envejecía con el implacable paso del tiempo y, una vez más, no sabía cómo calefaccionar mi precaria casa.

Eran, además, días en los que caminaba como un “zombie” por Avenida Sabattini desde mi cueva al centro y miraba libros usados o entraba a la facultad de arquitectura a leer la vida de los artistas, absolutamente inconsciente del Mundial de los Estados Unidos que pasaba en las pantallas.

En realidad había visto los primeros partidos y aquel cuatro a cero a Grecia con el gol de Diego gritado a la cámara. Pero en esas épocas me parecía tan natural que Argentina debutara ganando y que Diego estuviera en un mundial, que no lo subrayé en absoluto. No tenía idea que en pocos días Maradona jugaría su último partido para la selección y que ese hecho puntual marcaría un “antes y un después”. Como si nos hubiéramos quedado sin ángel de la guarda como país, dentro y fuera de la cancha.

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Lo cierto es que aquel sábado nos juntamos en casa de un amigo. Y acaso por primera vez en mucho tiempo el fútbol me sacó de aquel vagabundeo urbano desde el Arco de Córdoba hasta los suburbios, sentándome en una plaza con una mochila y un libro, y tomando apuntes apresurados mientras comía un sándwich de mortadela. (Eso era, para mí, “escribir” por esos tiempos, y acaso también “existir”).

Pero aquel partido me hizo dejar de lado durante algunas horas mi presente precario y mi futuro inexistente. Y en casa de unos amigos hicimos un café comunitario frente al televisor. Pocas veces sentimos tanto miedo como tras el gol africano a los 8 minutos y aquel ruido de tambores. Nigeria era un equipo indescifrable todavía, una formación que venía de golear a Bulgaria; y sus jugadores tenían nombres tan estremecedoramente bellos como el de los demonios asirios: Amunike, Okechukhwu, Yekini, Amokachi…  esas camisetas verde flúor, además, parecían brillar con alguna “cryptonita” interior, un fulgor desconocido y mortal para nosotros.

Pero en esos momentos y como desafiando todos los imposibles del planeta, el número diez de Argentina se puso la pelota bajo la suela, los miró a todos como ungiéndolos de ansias y luego hizo un gesto como para exorcizar aquel maleficio. Y entonces, el partido entró en el “tao albiceleste”. Un tiro libre de Bati tras un taco de Diego produce un rebote y Caniggia la empuja a la red. Uno a uno.

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Al minuto 28 se produce el milagro. Otro tiro libre desde el mismo punto y una imagen que ya es patrimonio: Cani gritando “¡Diego, Diego!”. Y “el diez” que “de avivada” se la da antes que suene el silbato y, sobre todo, antes que toda Nigeria se dé cuenta. El arquero sale desesperado, pero en el exacto ángulo derecho del área chica, Canigia abre el pie y la clava en el exacto ángulo izquierdo. Con los amigos nos abrazamos como Diego con Cani. Porque Diego tenía esa capacidad; la de hacer que uno se abrazara con sus compañeros como él con los suyos. Luego, todo el mundo sabe lo que pasó. Tras el dos a uno final. una enfermera se lo llevó a Diego de la mano al control antidoping. Aquel “positivo” fue una noticia peor que el riesgo país o el valor de la deuda externa.

Y si a Diego le habían “cortado las piernas”, como declaró tras ser suspendido por los siglos de los siglos, a los argentinos nos cortaron las alas. Esas con las que el mismo Diego y las esperanzas de un país habían volado en el ´86 hasta el cielo con diamantes.

Por aquellos mismos días alados en que Borges moría y, como una antorcha olímpica, pasaba de Ginebra a México aquel fuego sagrado.

Hoy se está jugando la Copa América en Brasil y la selección acaba de clasificarse a cuartos. Hoy, una vez más, tenemos en el “diez” al mejor del mundo. Pero nada fue igual después de aquel 25 de junio de hace 25 años.

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Con Diego se despedía el último superhéroe que podía contra la “cryptonita” del miedo interestelar, el último semidios que vestido de celeste y blanco como la Virgen tenía la capacidad de hacernos creer en los milagros y de abrazarnos de pura misericordia.

Aquella tarde tras el partido y sin saber que era el último de Maradona en un mundial, remonté mis cinco kilómetros a pie sin darme cuenta que una vez más caminaba por una “road-movie” de miseria; por las villas de San Vicente, por el barrio Acosta (de perros escuálidos) y la cancha del Audax (como un campo de concentración sin pastos); por las calles Boedo y Mario Bravo como los pasillos a cielo abierto de de una pensión para indigentes. Aquella tarde me olvidé que era un muchacho de 23 años sin presente ni futuro pero lo recordaría pocos días después, cuando nos quedáramos afuera del mundial.

Pocos años antes de morir, Borges había publicado un libro de poemas, “La cifra”.

Como Shakespeare y Horacio, Borges también escribió un grandioso poema sobre el implacable paso del tiempo: “No volverás a ver la clara luna,/ Has agotado ya la inalterable/ suma de veces que te da el destino (…) Hay que mirarla bien. Puede ser la última.”

Y quizás yo no lo había mirado bien a Diego en aquella tarde en que todo me parecía tan natural; como tener en cancha al último dios del fútbol, el último poeta clásico de la tierra y que la Argentina fuera un país con alas.