La teoría del loco frente al Chicken Game: Trump y Putin

En política internacional y doméstica hay una táctica que ha reaparecido con fuerza en las últimas dos décadas bajo disfraces contemporáneos. Se trata de proyectar una imagen de imprevisibilidad extrema, de “locura calculada”, para ganar ventaja en la negociación, intimidar adversarios y consolidar apoyo interno.
La esencia de la llamada “teoría del loco” es convencer a otros de que uno no se rige por la lógica usual, que está dispuesto a hacer lo impensado y así volver creíbles amenazas que racionalmente parecerían suicidas.
Hn la actualidad figuras como Donald Trump, Javier Milei, Kim Jong-un, Vladimir Putin y otros no tan populares, recurren a variantes de esa estrategia. Pero para comprender esta “técnica” debemos entender sus orígenes, sus promotores históricos, sus beneficios tácticos y sus peligrosas consecuencias.
Maquiavelo
El recurso de simular irracionalidad para manipular a un adversario no nació en el siglo XXI. Cinco siglos antes Nicolás Maquiavelo (3 de mayo de 1469 – 21 de junio de 1527 – señalaba que en ocasiones “es muy sabio fingir locura” para sorprender y descolocar a otros actores.
En el pensamiento estratégico del siglo XX, el futurista Herman Kahn, en su libro Thinking About the Unthinkable (1962), sugirió que aparentar cierto descontrol podía forzar a un adversario a retroceder ante el temor de una respuesta extrema.
Incluso en el siglo XX, Richard Nixon, según H. R. Haldeman, fue quien institucionalizó la “Madman Theory” durante la guerra de Vietnam. Su intención era hacer creer a Hanoi y Moscú que Nixon estaba tan obsesionado con frenar el avance comunista que podía llegar a medidas extremas, incluso nucleares, si no cedían. Por se realizaron maniobras como la alerta secreta y la operación Giant Lance, con bombardeos estratégicos que buscaban sembrar incertidumbre sobre su estabilidad. La estrategia pretendía hacer creíbles amenazas que de otro modo serían descartadas como irracionales.
Nikita Khrushchev intentó, durante la Guerra Fría proyectar una imagen de emoción desbocada y decisiones imprevisibles, lo que generó preocupación en Washington sobre sus actos irracionales, aunque en realidad estaba calculando cuidadosamente su política.
En el mundo árabe y no occidental, figuras como Saddam Hussein y Muamar Gadafi emergen en la literatura como ejemplos de “locura” instrumentalizada, amenazas extremas, gestos erráticos o declaraciones incendiarias destinadas a desestabilizar la respuesta adversaria y elevar el costo de confrontarlos directamente.
Regímenes como el de Corea del Norte, bajo Kim Jong-il y luego Kim Jong-un, han mezclado deliberadamente simbolismos de irracionalidad y dramatizaciones beligerantes (ensayos nucleares, lenguaje hiperbólico) con calculadas señales de contención para mantener a potencias más fuertes en una tensión asimétrica.
Los académicos han debatido la eficacia de esta actitud. Algunos estudios advierten que la “locura” percibida con frecuencia resulta contraproducente, porque es difícil sostener la credibilidad de que uno realmente actuará de forma impredecible, sin que esa misma imprudencia provoque respuestas preventivas o desconfianza generalizada.
Investigaciones recientes lo han matizado, suponiendo que hay ventajas de negociación al generar incertidumbre, pero también riesgos evidentes de escalada y de equilibrar mal la señal emitida comparado con lo que el adversario llega a creer que es controlable.
Reputaciones de locura
Estas “reputaciones de locura” no garantizan éxito. La literatura muestra que a menudo provocan alianzas preventivas, pánicos innecesarios o respuestas desproporcionadas, y que la credibilidad de una amenaza “irracional” depende de que el adversario crea que el líder puede, en efecto, perder el control, pero también que podría volver en su sano juicio si se satisface una demanda, una tensión difícil de mantener.
En las últimas décadas el repertorio de la teoría del loco ha reaparecido con rostros nuevos y en contextos distintos.
- El presidente Donald Trump encarna una versión doméstica y externa de esa estrategia. Su retórica errática, sus amenazas repentinas, su estilo de comunicación que borra la línea entre improvisación y cálculo, fueron interpretados por observadores como intentos de hacer creíbles exigencias que de otro modo serían ignoradas. Sin embargo, estudios y columnistas han señalado que su uso de la “Madman Strategy” fue a veces consciente y por ello contraproducente. Al anunciar explícitamente que se está recurriendo a esa táctica del loco, Trump erosionó la percepción de genuina imprevisibilidad, generando desconfianza incluso entre aliados.
- El presidente argentino Javier Milei ha cultivado un personaje público de “loco disruptivo”, convirtiéndolo en arma política. Su autodefinición como outsider, sus ataques virulentos a “la casta”, su estilo verbal chocante y la promesa de reformas extremas han construido una imagen de que está dispuesto a romper los marcos establecidos. De esa manera genera miedo en opositores institucionales y a la vez esperanza en quienes anhelan cambios rápidos. Esa performatividad – ser percibido como imprevisible y capaz de hacer lo impensado – le ha dado ventaja inicial para imponer reformas económicas y mantener a raya a críticos. Pero también ha generado polarización, desgaste institucional y dudas sobre la sostenibilidad de su gobernabilidad.
- El presidente ruso Vladimir Putin ha utilizado una variante más sofisticada, una mezcla de calma calculada y señales inquietantes que pueden leerse como una “teoría del loco” retrabajada. La ambigüedad sobre sus intenciones, el uso de amenazas veladas, en particular en torno a arsenales nucleares, y la publicación de largos ensayos nacionalistas con tonos apocalípticos, han contribuido a una percepción internacional de que Rusia podría tomar medidas extremas si se le presiona demasiado. Algunos expertos han descrito su estilo como hacer jugar al loco sin realmente perder la cordura, usando la lógica de la “racionalidad de la irracionalidad” para atemorizar a sus adversarios sin desencadenar una escalada total.
Esta conducta trae beneficios tácticos. Puede lograr convencer a sus contrapartes, enfrentando a un líder racional que lo toma en serio. Así, obliga al adversario a ceder o a negociar por miedo a consecuencias desproporcionadas. Esto ocurre en el marco de una negociación asimétrica, donde el componente de “sorpresa” o “sobresalto” puede alterar las preferencias de los otros actores por miedo a lo desconocido.
El peligro de las medidas preventivas
Por otro lado, rivales que reaccionan por miedo pueden responder a su vez con medidas preventivas, tanto militares, económicas o diplomáticas. Estas reacciones se intensifican en espirales que podrían quedar fuera de control. Nuevamente, la percepción de locura puede motivar ataques preventivos o alianzas defensivas contra Rusia.
Es que gobiernos que perciben a un líder como imprevisible pueden buscar la certeza mediante pactos, bloques o protocolos de seguridad para limitar la exposición a ese riesgo. Mediante la cooperación con terceros, logran disminuir la influencia del «loco».
Una tensión adicional depende del régimen político imperante. En democracias, la exposición pública y la opinión contraria actúan como moderadores. El “loco” que se percibe como peligroso puede ser frenado por el electorado o por medios independientes. Pero también puede capturar resentimiento contra el sistema y presentarse como la única voz capaz de “sacudirlo”, como lo ilustran las trayectorias de Trump y Milei.
En autocracias o sistemas híbridos, donde hay menos frenos formales, el mensaje puede ser más eficaz en el corto plazo, pero más riesgoso para la estabilidad a largo plazo, sobre todo si el liderazgo se vuelve dependiente de la intimidación en lugar de la legitimidad.
La teoría del loco busca hacer creíbles amenazas extremas aparentando que el líder es impredecible o que está dispuesto a hacer “lo impensado”, de modo que el adversario cede por miedo. Pero esto obliga al “loco” a cuidar esa reputación, a no retroceder, so pena de perder estatus o “cara”. De esa manera la confrontación se convierte en un “Chicken Game”. Ahora, dos actores avanzan en una línea de colisión. Ninguno quiere ceder primero porque eso sería visto como cobardía o debilidad, pero si ninguno se aparta, el resultado es el peor posible.
Es exactamente la dinámica que Bertrand Russell describió al comparar la política nuclear con el juego de Chicken, donde la vergüenza de ceder puede llevar a que ambos protagonistas choquen.
La doble presión magnifica la incertidumbre
Cuando líderes como Trump o Putin operan bajo esa doble presión, – la de mantener la apariencia de “no poder retroceder” y simultáneamente empujar al otro – la incertidumbre se magnifica. Cada señal agresiva es interpretada no solo como amenaza, sino como un compromiso irreversible. La lógica racional se deteriora ante el temor de perder “credibilidad” si se frena. El resultado es que lo que en teoría debería ser un espacio para retroceder, evitando el choque, se vuelve el momento en que ambos se aferran al avance, aumentando la probabilidad de una escalada descontrolada.
La semana pasada, Trump anunció el reposicionamiento de dos submarinos nucleares “en regiones apropiadas” cerca de Rusia tras el cruce de mensajes con el expresidente Dimitri Medvedev. Lo hizo públicamente como señal para presionar y advertir. Pero muchos analistas lo ven más como una puesta en escena de intimidación que como un cambio estratégico.
Del otro lado, Putin ha empleado una mezcla de ambigüedad calculada y retórica nuclear. Esto incluye doctrinas que han bajado los umbrales para su uso y advertencias fuertes en el pasado. Como resultado, proyecta la capacidad de tomar medidas extremas si percibe una amenaza elevada. A pesar de que no hay reportes públicos de misiles nucleares apuntando hacia Estados Unidos, Rusia considera válidas respuestas severas y estima que el entorno de comunicaciones está deteriorado.
Estamos en el cruce crea un Chicken Game nuclearizado, donde ninguno quiere “ceder” primero porque perdería narrativa interna y fuerza percibida. Pero si ninguno desiste, el resultado puede ser una colisión. En este caso, no se trata necesariamente de un intercambio nuclear total, porque la lógica de la destrucción mutua asegurada sigue funcionando como freno fundamental. En cambio, es una escalada convencional, que admite errores de cálculo o incidentes que se descontrolan.
La historia reciente nos ofrece una guía. Hace 63 años, con la crisis de los misiles en Cuba, se estuvo al borde del conflicto nuclear precisamente por una dinámica similar de “nadie quiere ceder” y señales extremas. Pero se logró una salida porque se habilitaron canales de comunicación secretos, con salidas con salvación de imagen, y se negociaron concesiones que permitieron retroceder sin humillación abierta.
Esos mecanismos de líneas directas, mediadores discretos y gestos simbólicos son exactamente lo que haría falta en la coyuntura actual para disminuir el riesgo de que el juego de Chicken termine en una colisión grave.
Como en las películas de Hollywood, cuando la explosión de un neumático provoca una balacera, estamos frente a que, una señal mal interpretada, un incidente táctico o un exceso de “performatividad” podría llevar a respuestas desproporcionadas en uno de los bandos, generando una escalada convencional que se autoalimenta.
Aunque un intercambio nuclear total sigue siendo improbable dado el equilibrio de la destrucción mutua, la posibilidad de errores graves, fallos en la cadena de mando, alertas falsas, decisiones bajo presión de “no retroceder”, aumenta si no se restablecen los mecanismos de mitigación.



