Los aspectos medulares del acuerdo comercial de Mercosur y la Unión Europea
Creará la zona de libre comercio más grande del mundo. Es una encrucijada histórica entre apertura comercial y protección ambiental. Washington se opone.
Este pasado sábado, 17 de enero de 2026, por fin se firmó, luego de 25 años de negociaciones, el ambicioso acuerdo comercial entre el Mercado Común del Sur –MERCOSUR, Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay- y la Unión Europea (UE). Esta aspiración de comercio internacional creará la zona de libre comercio más grande del mundo. Su aprobación, no obstante, ha desatado protestas entre agricultores y ecologistas europeos.
Este acuerdo, que fue aprobado el pasado 9 de enero por los países de la UE, unirá a cerca de 780 millones de ciudadanos en un área comercial que produce más del 20% del PIB mundial. Para los técnicos del Viejo Continente las tendencias son claras: las empresas europeas podrían incrementar sus exportaciones en 84.000 millones de euros, incluyendo productos agrarios como vino y queso. La eliminación de más del 90% de los aranceles supondrá un ahorro de 4.000 millones de euros anuales para las empresas del continente.
Con el fin de colocar en contexto el monto de este intercambio, tómese en cuenta que para 2024, las transacciones entre ambos bloques superaron los 111.000 millones de euros. Europa exportó maquinaria, productos químicos y farmacéuticos, mientras que importó productos agrícolas, minerales y pulpa de papel. Este flujo comercial bidireccional evidencia un rasgo vital, estratégico: la complementariedad económica entre ambas regiones.
Es de notar, no obstante, que este acuerdo sólo logró avanzar tras reforzar las medidas de protección para los agricultores europeos. La Comisión Europea ha establecido un sistema de salvaguardias especialmente diseñado para productos sensibles como carne, aves, azúcar, miel, etanol, arroz y cítricos.
Cuando se detecte una reducción de precios del 5%, un aumento similar en volúmenes de importación o una caída en precios de importación, se iniciará automáticamente una investigación que deberá concluir en cuatro meses. En casos urgentes, las medidas provisionales podrán aplicarse en apenas 21 días. A esto se le agrega que se han comprometido controles más estrictos a fin de verificar que frutas, hortalizas y carne no contengan fungicidas, insecticidas, antibióticos u hormonas prohibidos en la UE.
Los escollos están presentes
Aunque el acuerdo está firmado, todavía debe superar el Parlamento Europeo, donde se espera se estaría votando este mismo mes de enero o en febrero.
Sería la última oportunidad para los detractores de detenerlo. Francia, organizaciones agrarias y grupos ecologistas están haciendo cabildeo intenso en los pasillos de la Eurocámara, aunque las salvaguardias ya aprobadas el mes pasado dificultan su rechazo.
Este tratado, en función de sus alcances, cobertura y profundidad, va más allá de lo puramente comercial. En un momento donde Estados Unidos, bajo la administración actual en Washington, desgasta aspectos del orden internacional multilateral, este acuerdo representa un mensaje político en función del mantenimiento de reglas y cooperación internacional.
También supone una disputa directa por la influencia en Latinoamérica.
Lo estratégico y la complementariedad productiva también incluyen el hecho de que, crucialmente, Argentina y Brasil poseen yacimientos estratégicos de tierras raras y minerales críticos como litio, niobio y grafito, fundamentales para la industria tecnológica y de defensa del siglo XXI. El acceso a estos recursos determinará posiciones económicas globales. Y las repercusiones en Washington no se han hecho esperar: Estados Unidos ha criticado duramente el acuerdo, denunciando que Bruselas busca monopolizar el mercado de carnes y quesos sudamericanos, excluyendo del mismo a productores estadounidenses.
Entre tanto, Europa se presenta dividida.
Francia lidera la oposición, acompañada por Polonia, Hungría, Irlanda y Austria, mientras Bélgica se abstuvo. Italia mantuvo una posición ambigua que retrasó la firma de diciembre de 2025 hasta ahora, cediendo finalmente solo tras el incremento de las salvaguardias y el adelanto de 45.000 millones de euros para agricultura en el presupuesto europeo.
En Francia, la oposición responde más a dinámicas políticas internas y al ascenso de la derechista Marine Le Pen, que ha convertido este tema en bandera contra Macron. Por otra parte, España, junto a Alemania y países nórdicos, ha apoyado el tratado.
Los beneficios para Europa son evidentes
Desaparecerán aranceles del 35% en automóviles, 20% en maquinaria industrial y hasta 18% en productos químicos. La industria alimentaria española también celebra el acuerdo. Los exportadores de aceite de oliva verán eliminarse progresivamente los aranceles, el sector vinícola busca compensar obstáculos estadounidenses reduciendo el actual arancel del 27%, y la industria láctea espera incrementar exponencialmente sus exportaciones de queso.
Otro actor importante: los ecologistas como Greenpeace rechazan el tratado por comprometer esfuerzos climáticos, poner en peligro acciones sobre deforestación, facilitar entrada de pesticidas prohibidos e impulsar una agroindustria que causa daños. Ecologistas en Acción denuncia una carrera para recortar protecciones sociales y ambientales.
En lo que se percibe sería un contrapeso a Washington, el acuerdo UE-MERCOSUR, constituye un punto de inflexión, una encrucijada histórica entre apertura comercial y protección ambiental, entre competitividad industrial y sostenibilidad agrícola.
Lo que se está abordando es el desafío de compatibilizar entre aspectos económicos, productivos, y por otro lado sostenibilidad en el uso de recursos, especialmente de naturaleza renovable, además de rasgos esenciales relacionados con equidad social.



