Catástrofe: empeoran las condiciones del hambre en todo el mundo

El precio humano de nuestra indiferencia y la falta de voluntad política cada día cobran más vidas

De nuevo, varios organismos internacionales hacen llamados sobre las lacerantes condiciones de hambre en el mundo. Lo peor, estas declaraciones ya son parte del paisaje, son reiterativas y a mucha gente le molesta que le interfieran los diferentes tipos de entretenimiento diario. Frivolidad y pantallas inmunizándonos, haciéndonos resistentes a cualquier sensibilidad.

Crisis humanitarias imploran por soluciones

Lamentablemente, el panorama global del hambre vuelve a adquirir tonos lúgubres. A mediados de noviembre de 2025, dos entidades -la Organización para la Agricultura y la Alimentación, FAO, y el Programa Mundial de Alimentos, PMA- publicaron un diagnóstico que no deja mayor margen a dudas: 16 regiones del planeta están al borde de crisis humanitarias devastadoras, y el tiempo para actuar se va agotando.

Estas condiciones involucran a millones de personas cuya supervivencia depende de decisiones que se tomen en los próximos meses. La pregunta ya no es si estas crisis ocurrirán, sino si la comunidad internacional tendrá la voluntad política y si está dispuesta a dirigir a estos requerimientos, los recursos necesarios para evitar que las dinámicas mortales se expandan y profundicen.

Un factor sobresaliente se concentra en los conflictos armados. En Sudán, los combates han convertido vastas extensiones de territorio en zonas inaccesibles donde los mercados han dejado de funcionar y la ayuda humanitaria no puede llegar. Las cifras son escalofriantes: regiones enteras podrían cruzar el umbral técnico de la hambruna si la situación no se estabiliza pronto. Se habla de cantidades apocalípticas de desplazamiento: unos 12 millones de seres humanos; una cuarta parte de la población total de este país de unos 50 millones de habitantes.

Pueblos asolados por la violencia y la hambruna

Otro caso para engrosar la historia universal de la infamia: Yemen. Este país lleva años cargando la cruz del hambre, con más del 40% de su población en niveles críticos de inseguridad alimentaria. La destrucción de infraestructuras básicas y la escasez de combustible han paralizado las importaciones de alimentos, de las cuales depende prácticamente toda la dieta nacional. Es una paradoja terrible: se necesita desesperadamente ayuda externa, pero las condiciones hacen casi imposible que esa ayuda llegue.

En Palestina, desgraciadamente, las restricciones al movimiento de bienes esenciales han provocado un deterioro acelerado de los indicadores nutricionales. Mientras tanto, en el Sahara, países como Malí y Burkina Faso enfrentan una combinación letal de inseguridad territorial y colapso de mercados agrícolas. En este último país, más de la mitad de la población en zonas de conflicto sufre consumo alimentario insuficiente. Tómese en cuenta que varias de estas naciones se ubican en el corazón exacto del desierto norafricano.

Además de los conflictos armados -los humanos somos excelentes para matarnos entre nosotros- varios otros mecanismos económicos y sociales están profundizando el drama y el sufrimiento. Haití ofrece quizás el ejemplo más dramático: más de 5,7 millones de personas —más de la mitad del país— viven en inseguridad alimentaria aguda. La combinación que se impone es de violencia urbana, colapso institucional y encarecimiento de los alimentos. Todos estos factores han creado una tempestad perfecta.

En Latinoamérica, aparte de otros casos, sobresale el denominado corredor seco en Centroamérica. Se incluye allí a zonas del norte y oriente de Guatemala, Honduras, Nicaragua. La sequía no da tregua en regiones donde se carece de presencia institucional.

Myanmar y Etiopía cuentan historias similares de monedas devaluadas y poder adquisitivo evaporado. Cuando el precio de los alimentos básicos se dispara mientras los ingresos se desploman, las familias se ven obligadas a tomar decisiones imposibles: ¿alimentar a todos los hijos con menos comida o dejar de alimentar a algunos para que otros sobrevivan? Si esto no es dantesco, uno se pregunta qué lo es. Pero vivimos bastante anestesiados por la frivolidad nuestra de cada día: televisión, pantallas, internet, los entretenimientos están a la carta.

Una crisis planetaria que exige respuestas urgentes

Actualmente tenemos que enfrentar condiciones extremas, totalmente contrastantes. Las sequías prolongadas, las inundaciones repentinas y las olas de calor se han vuelto normales en vastas regiones del planeta. Llueve mucho -la Niña- o llueve poco -el Niño- y de todas maneras las cosechas se pierden.

La región nororiental, el denominado Cuerno de África, muestra esta cruel normalidad. Los registros indican que cinco temporadas consecutivas de lluvias fallidas han aniquilado el ganado y las cosechas de millones de pastores y agricultores.

En medio de todo esto, existe falta de voluntad política sostenida que desemboca en déficit de financiación para problemas humanitarios. El Programa Mundial de Alimentos estima que este año dispondrá de apenas 6.400 millones de dólares, una cifra ridícula comparada con lo que realmente se necesita; que contrasta con todo lo que se consume en armamentismo. El resultado es predecible y atroz: raciones recortadas, programas nutricionales suspendidos, decisiones imposibles sobre quién merece salvarse y quién no.

La disyuntiva esencial es si tendremos o no, la mínima racionalidad para mitigar o evitar tantas muertes -unas 21,000 personas al día, unos 18,000 niños- derivadas directa o indirectamente de la carencia de alimentos. Con cada día que pasa sin respuestas efectivas, el precio humano de nuestra indiferencia se vuelve más incalculable

Autor

  • Giovanni E. Reyes

    Giovanni Efrain Reyes Ortiz, Ph.D. en Economía para el Desarrollo y Relaciones Internacionales, de la Universidad de Pittsburgh, con post-grados de la Escuela de Altos Estudios Comerciales -HEC- en París, Francia, y de la Universidad de Harvard. Ha sido Director de Integración Latinoamericana y del Caribe en el Sistema Económico Latinoamericano y Director de Informe en Naciones Unidas.

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