viernes, noviembre 27, 2020
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    Mario Vargas Llosa: Las miguitas del Nobel

    Nunca imaginé que oír la voz de eunuco del locutor de Radio Bío – Bío a las siete de la mañana podría significar un motivo de alegría. Hasta el año pasado sólo escuché de esta emisora noticias sobre la corrupción del aparato estatal y la falta de oportunidad de los emprendedores, todo envuelto en papel de periodismo ciudadano.

    Ahora, en cambio, con una nueva coalición en el gobierno, todo debía ser distinto: las buenas vibras de la línea editorial de “la radio” estaban surtiendo efecto, traspasándose a uno de sus más escépticos auditores. Así tuve ante mis oídos -aún con efecto de la modorra- una música ceremonial andina de fondo, trozos de una prosa impecable y conocida, el acento correctamente latinoamericano, para concluir con el anuncio del Premio Nobel de Literatura 2010 al escritor peruano Mario Vargas Llosa.

    Poco importaba que la ciudad se volviera cada vez más incomprensible en su bochorno y desprecio hacia mis huesos, una gran noticia me daba los buenos días. Eso bastaba para salir de la cama y lavarse, después de un sueño que de reparador no tuvo nada.

    Mientras los chorros de agua caliente se afanaban en despertarme, las reflexiones no se daban tregua con la espuma del jabón: pese a mi entusiasmo inicial, dudaba ser el más ávido lector de los libros Vargas Llosa.

    Nunca he sido un teórico de la literatura, sino más bien un vicioso autodidacta, un imitador de efectista y proclive a los juegos de artificio. Sin embargo, tal fue el impacto que causaron en mí esas historias hiperrealistas de adolescentes violentos, atormentados y hormonales narradas en el libro de cuento “Los jefes”, en su nouvelle “Los cachorros” o su primera novela “La ciudad y los perros” que aún acuso el golpe después de transcurridos más de veinte años. He ahí historias vivas, narración pura, literatura universal en su máxima expresión, eso que el autor apasionadamente rescataba de las novelas de caballería anteriores al Quijote de la Mancha.

    Toda esa receta explosiva en la cabeza de un quinceañero soñador y torpe no podría culminar más que en honda admiración, más aún si revisando publicaciones de antes de mi nacimiento me enteraba de la adhesión de Vargas Llosa al socialismo cubano y a las causas de los débiles del continente. Literatura para el goce y la lucha, que mejor parámetro para quien buscaba un sentido a la vida en el claustrofóbico Santiago de Chile de mediados de los años ochenta.

    Errar con Vargas Llosa

    Poco me importó que mi compañero de liceo, afín a los grupos insurgentes contra la dictadura de Augusto Pinochet, intentara disuadirme de continuar leyendo al escritor peruano por sus últimos giros políticos: “Oye, Vargas Llosa está ahora atacando al Presidente Alan García por tomar las mismas medidas económicas de Salvador Allende –me dijo cuando el novelista decidió encabezar un concurrido mitin en 1987, según nos mostraba las imágenes de televisión que llegaban desde Perú-. Alan García quiere quitarles la plata a los bancos para que no se sigan enriqueciendo y entregárselas a los pobres. No te vendas a los imperialistas, negro, no lo hagas. Vargas Llosa ya lo hizo aunque te duela”.

    A modo de compensación, me ofreció los libros de su biblioteca de escritores más identificados con la causa, como Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Mario Benedetti y Julio Cortázar los que, con todo respeto, algo de cosquillas me produjeron. Sin embargo, ninguno me noqueó con un cross a la mandíbula a la manera en que lo hicieron las narraciones del peruano, llenas de violencia y caos temporal al modo de William Faulkner, de contingencia y compromiso de Jean Paul Sartre, globalidad y folletín a lo Honoré de Balzac y Víctor Hugo.

    Siendo sinceros, miro con distancia al Mario Vargas Llosa político y lo someto a constantes pruebas. Por muy documentados y bien escritos que sean sus reflexiones sobre la materia, su visión del liberalismo me parece tan o más cándida que el socialismo allendista, con la diferencia que con el primero me siento más cercano, mientras que el segundo me ha aporreado demasiado durante mi vida laboral. Pienso que los ingredientes son lo mismo para uno y otro caso: cincuenta por ciento buenas intenciones, veinticinco por ciento pragmatismo y otros veinticinco de concesión a las cúpulas políticas que acompañen en la repartición del botín.

    Esto último sirve para explicarme el apoyo que otorgó el novelista en las últimas elecciones a su archirrival del pasado, el hoy Presidente Alan García, así como el espaldarazo durante la campaña al mandatario chileno Sebastián Piñera (nuestro propio Alan García) y que le significó ser vilipendiado públicamente por los “cabeza caliente” en la inauguración del Museo de la Memoria de Santiago el año pasado.

    De este modo, el liberal a ultranza Mario Vargas Llosa acabó prestándole ropa al abanderado de la derecha heredera del pinochetismo, pese a ser uno de los críticos más feroces a las dictaduras sean del cuño que sean. Bien por la Unión Demócrata Independiente y Renovación Nacional: entre Pinochet y Vargas Llosa creo que no hay dónde perderse.

    Lector calcetinero

    Durante el resto de este día de la gran noticia venida de Estocolmo, sigo recordando pasajes de las novelas de Mario Vargas Llosa: las monumentales y políticas “La Casa Verde”, “Conversación en la Catedral”, “Historia de Mayta” y “La Guerra del Fin del Mundo”, así como perversos bocadillos eróticos “Elogio de la madrastra” o “Los Cuadernos de don Rigoberto”.

    Si hubiese que resumir al menos una cualidad de la sucesiva, metódica y constante obra del escritor peruano, me detendría en esa actitud de entrega al máximo, de desafío ante el papel en blanco, esa vocación literaria que más de una vez él comparó con una lombriz solitaria. El trabajo del escritor visto como una búsqueda afanosa de la perfección y que culmina en una novela total que pueda alzarse y reemplazar al mundo real. Todo lo contrario a lo que el escritor Carlos Droguett llamó tan acertadamente “recalentar comida” cuando los autores comienzan a vivir de sus propias sobras. Este, a mi juicio, no es el caso.

    Tuve la oportunidad de conocer personalmente a Mario Vargas Llosa a fines de 1993. Mi profesor de redacción de la universidad, el escritor Antonio Avaria, me invitó a una librería ubicada en el edificio Drugstore de Providencia. Dado que no contaba con ninguno de sus libros para que me los autografiase, me conformé con verlo desde la distancia. Sin embargo, en una muestra de generosidad que aún le agradezco, el profesor Avaria me llamó a viva voz para que fuese a sentarme a la mesa que compartía con un radiante Vargas Llosa, junto a la actriz Shlomit Baytelman y los escritores chilenos Arturo Fontaine, Jorge Edwards y Alberto Fuguet. Tal fue mi impresión que no fui capaz de decir nada y sólo me limité a escuchar las anécdotas contadas por el ahora Premio Nobel. Las dos veces que me dio la mano y reiteró el gusto de haberme conocido, fueron suficientes para actuar por unos días como un fans que considera a la osmosis como un mecanismo válido para traspasar el talento.

    Intentaré dejar las cosas claras para mí y, sólo si se puede, para el resto de los lectores. No creo que el liberalismo salvará a Latinoamérica, en mi adolescencia y juventud no escribí ninguna genialidad que me inmortalice en el mundo de las letras, no me he enamorado de ninguna tía, no formé una familia con una prima, lo más que he durado en un regimiento fue un día, cuando me llamaron a cumplir con el servicio militar del cual me libré gracias a las mandas y gestiones de mis padres.

    Tampoco me inicié sexualmente con prostitutas de pies dorados a los quince años, no pasé las penas de amor escuchando los boleros de Lucho Gatica ni me las di de galán danzarín con los mambos de Dámaso Pérez Prado y ni siquiera cuento con una visión medianamente ordenada de los problemas del mundo y el universo. Aún así, amigos y familiares al enterarse de la noticia del Premio Nobel al escritor peruano procedieron a enviarme mensajes telefónicos y correos electrónicos de felicitaciones por lo que generaron en mí una sensación de pertenencia que no había sentido jamás con otro galardonado por la Academia Sueca.

    Quienes me conocen dicen que cuando algo me apasiona, lo trasmito con tantas ansias que me vuelvo reiterativo y latero. ¿Habrá pasado eso con la obra de Mario Vargas Llosa al igual que con los discos de Los Beatles, la saga cinematográfica de El Padrino, los padecimientos de Wanderers de Valparaíso o el caldillo de congrio con papas fritas y pisco sour peruano?

    Mi mujer, la más afectada con mis desvaríos, me dice durante la cena –qué mejor que en el excelente restaurante peruano Tierra Norteña- que si mis logros en el ámbito literario son del calibre de los de Mario Vargas Llosa, debo persistir en la batalla.

    Dudo que la Academia Sueca comparta este juicio algún día. Nadie ha ganado el Premio Nobel dos veces.

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    Claudio Rodriguez Morales
    Claudio Rodriguez Morales
    Claudio Rodríguez Morales nació en Valparaíso, Chile, en 1972. Es periodista de circunstancias, con ínfulas de historiador y escribidor, además de lector voraz y descriteriado. Hincha de Wanderers de Valparaíso y Curicó Unido, se reconoce bielsista, balmacedista, alessandrista, chichista, liberal – socialdemócrata, beatlemaniaco. Actualmente se encuentra poseído por los mensajes de Led Zeppelin, el pisco sour peruano (culpa de los hermanos inmigrantes), la chicha de Villa Alegre (culpa del historiador Jaime González Colville) y el congrio en todas sus variedades (culpa de Neruda). Casado con Lorena y padre de Natalia

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