miércoles, abril 21, 2021

Por estos días hace 39 años conocí un infierno peor que el de Dante

Ya estábamos bastante tensos en la zona de la Montañona. En septiembre de 1981 había caído en combate el Chino Guille, médico de apellido Girón, y Sebastián (Carlos «Tamba» Aragón) habría sido asesinado después de caer su tropa en una emboscada y quedar herido. Este último caso se trató de un crimen de guerra, hasta ahora en la total impunidad y en el ingrato olvido de los que fueron sus jefes y nunca reclamaron justicia.

Junto al Chino Guille enterramos a un jovencito al que le decíamos el Pionerito, quien también fue abatido por la metralla. Era el preludio de una de las más feroces incursiones militares a los frentes guerrilleros en el norte de Chalatenango.

El ejército iba por el «pez gordo»: Salvador Cayetano Carpio, el comandante Marcial, jefe de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), al que la inteligencia militar había confirmado su presencia en la zona; y debieron suponer, como así era, que al estar el jefe máximo en ese territorio, debía estar también la plana mayor de los rebeldes. Aquella operación de «Yunque y Martillo» y de «Quitarle el agua al pez» -tácticas contrainsurgentes que los gringos aplicaron en Vietnam, estaban en marcha replicadas a la perfección en El Salvador-; esta se conoce como la «Invasión de Octubre de 1981«.

En este operativo cayeron innumerables guerrilleros e integrantes de la población civil; también hubo muertos de la FFAA. El ejército, pese a todo su poder de tropa y fuego, por tierra y aire, así como asesoramiento extranjero, no logró su objetivo central.

Marcial después hizo un detallado informe de los resultados que fue publicado por la prensa internacional y están en los archivos de la revista ¡Por Esto!, de México.

Los archivos de la FFAA deben estar también en algún lugar y tenemos que lograr obtenerlos porque en esta acción se cometieron Crímenes de Guerra y de Lesa Humanidad por parte del ejército, que era asesorado por EE.UU.

Desaparecimiento de «William» Roque Dalton (hijo)

Mi hermano Roque, estaba estudiando Historia, en la Universidad de la Habana. Tenía pocos meses de haberse casado con Teresita Fleites, filósofa cubana. Era karateca y disciplinado; en esto tenía un futuro prometedor y seguramente en lo demás.

En resumen nuestra militancia en la Revolución Centroamericana: mucho antes de que se formara el FMLN, ya nosotros (mamá, Roque y yo), colaborábamos con el Frente Sandinista y con la reinventada guerrilla guatemalteca que terminó como URNG. Luego de que mi padre ingresó en el ERP, como en 1973, nosotros entramos a colaborar con esa naciente guerrilla salvadoreña. Tras el asesinato de nuestro padre, y por las circunstancias en que se dio el alevoso hecho, reanudamos nuestra cooperación con los sandinistas: con esa querida gente que cayó (como Roberto Turcios, el “ronco”); muchos de los que conocimos son reprimidos por el ogro funesto en que se ha convertido el tirano actual.

En aquella «Invasión de Octubre de 1981», mi hermano Roquito (de 26 años), iba en la columna del Mando Central. El 4 de octubre mi hermano «desaparece»… Hemos investigado, tratando de buscar información, pero después de transcurrido tanto tiempo sabemos lo siguiente (testimonio brindado por un veterano en una reunión de ex combatientes): «William y dos guerrilleros más se habrían quedado retrasados de la columna para llenar sus cantimploras en un riachuelo. Estando en esa faena fueron atacados por las alturas por soldados. Uno de los tres murió al instante; mi hermano quedó herido y otro quedó ileso. Aquel que quedó ileso socorrió a William y lograron esconderse entre los matorrales, mientras los disparos continuaban en otra zona cercana porque habrían chocado con el Mando Central y sus escoltas. El testigo y sobreviviente que contó esta narración no lo hemos podido localizar. El narró que mi hermano estaba muy mal herido y que falleció al poco tiempo». 

Chacho, el argentino, y Roque, en la Cañada, Filos de Arcatao. FOTO: Contrapunto

Nuestra familia no está conforme con eso, porque por doloroso que sea queremos toda la verdad. Si esa es la versión real del final de mi hermano Roque, queremos confirmarlo y nunca ha habido respuestas concretas. Hemos hablado con veteranos y ex jefes de las FPL, pero no hay ninguna información precisa ni siquiera de quién brindó ese testimonio. Ojalá este escrito llegue a quienes tienen más información de este caso en concreto y del otro combatiente que habría fallecido en ese ataque.

Mi hermano Roque Antonio Dalton Cañas, de 26 años de edad desde entonces está desaparecido, que según nuestro ordenamiento jurídico es un delito contra la Humanidad, por lo tanto es imprescriptible y no se puede amnistiar.

¿Y las FFAA? ¿Qué tienen en sus archivos de ese operativo? ¿Cuál fue el parte de guerra de ese día y en esa zona? No hay; no existe operación militar sin parte de guerra. Así que esto es y será materia para la Fiscalía, porque mi hermano Roque Antonio Dalton Cañas, de 26 años de edad en ese entonces, y desde entonces, está desaparecido; de acuerdo a nuestro ordenamiento jurídico, la desaparición es un delito contra la Humanidad, por lo tanto, es imprescriptible y no se puede amnistiar. Sólo los archivos de las FFAA y del FMLN, o los testimonios legales, nos harán conocer la verdad.

 Sólo los archivos de la FFAA y del FMLN, o los testimonios legales, nos harán conocer la verdad

Delitos de las FFAA contra combatiente herido

Cuando digo que el ejército en ese operativo de octubre de 1981 cometió graves delitos contra la Humanidad, lo puedo demostrar con mi propio caso y porque tengo cicatrices que lo prueban, además de infinidad de testigos. Por eso he puesto una demanda contra la FFAA.

Totalmente agotados, hambrientos, sedientos y dormidos en un cerrito, al que habíamos llegado en la noche anterior, una noche tupida, y creyendo que ahí estaríamos a salvo, fuimos sorprendidos en la mañana del 7 de octubre por soldados que nos rodearon creyendo que estábamos muertos.

Nos pararon y nos amarraron las manos. Frank, el dominicano Manuel Enrique Terrero Sánchez, tenía una UZI, recuerdo que sin balas; Carlitos, el médico del hospitalito de la Montañona, Wilfredo Centeno Engel, tenía una pistolita totalmente oxidada; y yo no portaba ningún arma.

Fuimos conducidos al Cuartel de la Guardia Nacional (GN), de Las Vueltas, donde se había colocado un puesto de mando del operativo. Entraban y salían oficiales, tenían la radio central y en la plaza del pueblo se había adaptado un gran espacio para ser helipuerto.

Inmediatamente a nuestra llegada los GN, oficiales y soldados, nos comenzaron a golpear con las manos, patadas, con sus armas y con palos. Nos quitaron los lazos que teníamos en las muñecas y nos ataron los dedos pulgares con cordeles y luego nos colgaron del techo. Cuando descubrieron mi herida en el pecho, uno de los torturadores rompió un palo de escoba y con la punta me daba estocadas en la herida hasta hacerme sangrar la cicatriz que estaba a medio cerrar.

Solo aquí se cometieron contra mi persona y mis acompañantes graves crímenes de guerra: torturas y no brindar atención médica a combatientes heridos; se puede ello constatar en los manuales militares y de la Cruz Roja Internacional.

La voz caribeña de Frank nos salvó de mayor suplicio y de la muerte

Yo era un guiñapo ensangrentado. Me sangraba la herida y la frente donde nos tatuaron «FPL» con una hoja de afeitar, a los tres. Me ensartaron la punta de un cuchillo en la lengua; los dedos pulgares no los sentía y los cordeles los tenía incrustados en la piel.

«Este hijo de puta es cubano», gritaba un oficial al referirse a Frank. Los oficiales del ejército llegaban a vernos, incluso escuché a alguien con acento venezolano,  se trataba de un moreno.

Alguien gritó: «Orden superior dice que no los toquen, que ya vienen por ellos…» Recuerdo haber escuchado que el coronel Flores Lima era quien había dado aquella indicación. Dicho y hecho: un helicóptero llegó por nosotros. El jefe de la tripulación era un gringo.

Sobrevolamos gran parte de nuestro país. Trataba de comerme con los ojos la belleza que se apreciaba desde la altura y quería cerciorarme que estaba abandonando el infierno vivido en la tierra.

Pero salí de un infierno para entrar en otro…

En la base de Ilopango nos esperaban un grupo de altos oficiales que al bajar nos golpearon a los tres que estábamos totalmente indefensos. «¿Quién es el chocho? ¿Quién es el chocho?…», gritaba desaforado el chelón que se veía como el jefe del lugar.  Chocho le dicen a los nicaragüenses.

Tras una breve pero intensa golpiza, de la cual me quedó una parte de la cara morada, nos tiraron a una camioneta polarizada; todos hechos un tumulto. Un breve viaje y llegamos al destino: nos bajaron y nos metieron a un cuarto donde nos esperaban varios uniformados y de civil. Y nos aclararon que estábamos en cárceles clandestinas… Seguido de choques eléctricos por todos lados, golpes y el famoso «avioncito» (colgado de pies y manos; te balanceaban para que te golpearas contra las paredes).

Altos oficiales nos llegaban a ver, como sus trofeos.  Se escuchaba en medio de la tortura: «mire mi general o mire mi coronel: el barbudo es el dominicano, el otro más chele es el médico y el otro es un tonto cualquiera (era yo)…» (Por contar esto en mi columna dominical La Prensa Gráfica me echó cuando fui uno de sus invitados.)

Esas cárceles clandestinas eran los cubículos de la S-2 (Inteligencia política) de la Policía de Hacienda (PH). Entonces, además de torturas y sin asistencia médica, estuvimos desaparecidos por varios días, lo cual abonó para ensanchar los crímenes de guerra que contra mi persona se cometieron.

Una noche sentimos un gran ruido, gritos y golpes en el cubículo de al lado. Había caído casi entero el Pelotón Atonal, de la FARN. Entonces, toda la atención se centró en sus integrantes. El otro hecho que nos salvó nuevamente de la muerte fue que Frank declaró ante los medios de prensa.

En declaraciones que di a la prensa internacional en México, en 1982, dije: «Conozco algo peor que el Infierno de Dante: las cárceles de El Salvador».

Al día siguiente de aquella declaración los delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) llegaron a vernos, levantaron reportes y declaraciones que están en Ginebra. Tengo una constancia de aquella visita. Gracias a ellos también nos enviaron a Mariona y nos dieron tratamiento médico.

En declaraciones que di a la prensa internacional en México, en 1982, dije: «Conozco algo peor que el Infierno de Dante: las cárceles de El Salvador». De todo esto hay registro en los archivos de la FFAA y seguramente en los órganos de inteligencia de EEUU, porque los gringos llegaron a interrogar a Frank.  Como decía Paco Urondo: «…La verdad es la única realidad…»

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Este artículo fue originalmente publicado en la revista digital Contrapunto de El Salvador (http://contrapunto.com.sv).

Juan José Dalton es el director de la revista digital Contrapunto (http://contrapunto.com.sv)

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