Pugliese: Semblanza del maestro

Rememorando una entrevista con el Maestro tanguero Osvaldo Pugliese, en su casa de la calle Corrientes, a 25 años de su muerte

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Estatua homenajeando a Osvaldo Pugliese en Villa Crespo, Buenos Aires. FOTO: Wikipedia

A pocos días después de su muerte, en un viaje a Buenos Aires, pregunté a Lidya, la abnegada mujer que estaba con él a sol y a sombra en aquellos años, – ¿Qué había en su mesa de luz en los últimos días?

–Una historia de San Martín y un Tratado de Armonía.

–Basta para mí.

Sentí que me encontraba con Pugliese. Lo admiraba con respeto y apuntaba sobre la marcha detalles de pasados días en que lo trajimos a Madrid, sin pretensión de otra cosa que una ayuda memoria en la ansiedad laboral.

Lo había conectado para que viajara con la orquesta a realizar actuaciones en la capital y otras ciudades de España, pocos años antes. Era, a sabiendas, un sueño caro, sin promesas de ventaja económica alguna. Esos sueños hermosos en que uno empeña hasta lo que no tiene. Llevé en mano el contrato de la empresa responsable para que él lo firmara. Luego de acordar las pautas de actuación, repertorio, pasajes, hoteles, etc., después de conversar un buen rato tomando café en su casa de la calle Corrientes, acordamos sin dificultad las condiciones. Creo que hablamos poco de eso. Más bien nos contamos cosas suyas, cosas sobre las que yo preguntaba, aunque noté que sutilmente de vez en cuando él hacía preguntas también. Era un hombre de conversación amena, capaz de pasar de un tema a otro, y que no le interesaba distraerse en cuestiones prácticas. Las pasaba por encima, como a obviedades.

 

–Maestro, tendremos que firmar un contrato que he traído para cubrir formalidades-, le dije un poco forzado.

–Sí, claro.

Puse ante sus ojos los papeles y me dijo:

—¿Dónde hay que firmar?

—Aquí está su nombre.

Preparé la lapicera y antes de dársela le dije, algo extrañado:

—¡Pero, tiene que leerlo, Maestro!

— ¿Cómo? ¿No es un compañero, Usted?

Cosas de esa índole, verdaderamente inéditas, se cruzaron varias veces en las jornadas con Osvaldo Pugliese. Después de firmar sin leer, para evitar comentarios inconvenientes, miró la lapicera, y se puso a jugar con ella pasando la tinta en el depósito transparente, de un lado a otro. ¡Qué linda lapicera, che! Era el año 91, creo, estaba él bastante mayor pero lleno de vida y picardía. A manera de presentación le había llevado una nota escrita sobre los orígenes del tango, publicada en España. Una tímida nota mía, que era un desconocido para él. Pensé que la desdeñaría, pero no tenía otra cosa para agregar a un casete de programa que hice sobre su música en Radio Nacional de España. Para sorpresa, después de firmar el contrato me dijo:

—Bueno, vamos a hablar de su escrito.

—Maestro, le debe haber llegado esta mañana. ¿Ya lo ha leído?

–Por supuesto. Está bien, las etapas, las atmósferas sociales. Pero tiene que acentuar la importancia de Firpo, todos le debemos mucho a Firpo.

Luego de otras consideraciones que me alegraron de estímulos el corazón, nos despedimos. En la calle Corriente, por la altura del 3742, me sentía un afortunado, un regalado por la vida en esos momentos.

Pasaron un par de meses hasta la actuación en Madrid, impecable, generosa, elegante. El gran Teatro de la Villa, dependiente del Ayuntamiento, estaba colmado. Pugliese había llegado con la orquesta unos días antes y se quedaría, imagino, que unos diez días para actuar en Pamplona y en Granada. Por mi parte intentaba hacer tiempo para estar con él, todo lo posible, aunque el trabajo me atrapaba de manera irremisible. Recuerdo que comiendo en una tasca madrileña, en una ocasión se ahogó y se puso a toser de forma preocupante. Empecé a imaginar ambulancias y sirenas. Lidia me tranquilizó:

—No te preocupes, ya se le pasará. Le daba agua y le hablaba con tonos muy persuasivos.

Retomamos la comida. Era una tasca corriente. Yo tenía por delante una tarde muy ardua por lo que decidí beber agua en la comida. Hablamos tupido de Japón, donde hacía muy poco había actuado. No advertí que él me observaba. Pasó un hombre achacoso detrás del cristal de la ventana y dijo:

— ¡Chau, Osvaldo!

Hablábamos y reíamos. En un momento me dijo:

–No me diga maestro. Un laburante del tango es lo que soy. Maestro rascavirutas, si quiere.

Luego agregó: –Usted no bebe vino, no fuma, come sano, ¡Usted es un viejo, Rafael!

Me doblaba ampliamente en edad, el Maestro. Pasaron los días y fui sintiendo que captaba una condición hermosa en este hombre que condensaba su vida dedicada al tango, hermosa por su estatura estética y humana. Recuerdo que pasando por un largo puente en la carretera a Pamplona, no sé el lugar preciso, al llegar al extremo dijo:

–Mire Usted, lo que ha trabajado y construido la humanidad. Por fuera de toda bulla, esto es trabajo humano, magnífico trabajo.

Estaba muy contento de actuar en España. Por Japón, a la vez, tenía verdadera admiración y gratitud por lo que volvía en la conversación. Contaba que le dieron un aceite corporal para masajes cuyo nombre era el del más famoso de sus tangos: Yumba. Me hizo decirle: “Yum…ba. Y la mano va ablandando los músculos”.

Bajando un ascensor, seguro que por analogía, Lidya recordó otro de Japón, en el lujoso hotel donde estaban alojados.

–La Sociedad que nos contrató era una escuela inspirada en la filosofía budista, muy especial allá. Osvaldo notó que al entrar en el hotel, al subir el ascensor, al salir, en todo momento, la gente que trabajaba allí le hacían unas reverencias exageradas. Entones preguntó al intérprete: ¿Por qué esta conducta?

—Es que para nosotros, aunque Usted no pertenezca a la Nuestra Sociedad, por su música ha llegado a un grado de espiritualidad que alcanzan los grandes maestros de la Escuela.

Estaba resuelto y contestado el asunto. Antes de llegar a planta baja en son de chiste le dije:

–Maestro, mucho materialismo histórico, pero Usted sería entonces una especie de santo.

–No, no. Nada de eso.

Y con la mano hizo el signo del diablo.

Escucho su música y lo siento presente. Lamento profundamente la escasez de material filmado que pueda conseguirse de sus actuaciones, que en general resulta deficitario en calidades. Y muy poco de las décadas del 1940—50. Cada vez uno recae más en la necesidad de ver imágenes, de entender a la gente por esa prodigiosas sombras en el celuloide de la que nos hemos vuelto duchos en interpretar. Cualquiera que se encuentre del Maestro con su orquesta es un placer extraordinario. Pugliese significa una coherencia difícilmente equiparable; siempre se percibe la conexión de la belleza de su música con la conducta social.

Reproducido de contrahegemoniaweb.com.ar

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