lunes, noviembre 23, 2020
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    Tierra vs. mente, por Laura Fernández Campillo

    La Tierra está inquieta, y no quiero con esto alentar los tan utilizados argumentos apocalípticos para validar el pensamiento que me interesa aquí explicar, sino que, muy al contrario, encuentro un vestigio de camino altamente positivo en toda esta circunstancia. Allá donde se produce un desequilibrio, también nace una oportunidad, y creo que eso es precisamente lo que nos está sucediendo en este momento.

    Parece existir una relación poco observada entre nuestra mente y las circunstancias externas y cotidianas de la vida diaria. Sabemos que las teorías de la llamada “New Age” acuden con frecuencia a la física cuántica para avalar sus argumentos sobre la unidad del cosmos y la relación entre lo que pensamos y lo que vivimos.

    Yo no quiero utilizar aquí la física, ni la “New Age”, ni las religiones ancestrales que vienen anticipando estos datos, sino que me limito a ser un mero observador/a de la situación.

    Contemplo las actitudes humanas y los comportamientos más comunes en los tiempos que nos ocupan.

    ¿Qué tienen los hombres y mujeres de hoy en la cabeza? ¿Qué quiere la gente?

    Podemos observar una serie de “preferencias” que se mueven en ellas, modificando en cada uno de nosotros el lugar en la escala de importancia, en base a la elección que uno desee. Sin embargo, éstas pueden ser muy distantes en función de la sociedad en la que nos movemos. El motivo primordial de todo ser humano es la subsistencia, es decir, queremos vivir, y queremos vivir lo mejor posible. Por tanto, este motivo realiza una división inicial que se basa en aquellos que su motivo es la mera subsistencia y aquellos que, una vez cubiertas sus necesidades básicas, tratan de conseguir una vida feliz.

    Todavía hay muchos millones de personas en el mundo para los que la búsqueda de la felicidad no es un motivo primordial. Mientras tengan para comer, habrán saciado ya una prioridad básica. Así que, observamos cómo un porcentaje que vamos a tomar como referencia de un 75% de la población mundial, lucha por subsistir, de modo que ésa es su principal preocupación.

    Por otro lado, damos un 25% de porcentaje a la población que tiene sus necesidades cubiertas. Este grupo de personas ¿de qué se preocupa?, ¿qué espera de la vida? Bien, es fácil observar a este sector de la humanidad desde nuestra privilegiada situación de primer mundo. Creo que uno de los principales motivos de preocupación del hombre y la mujer de hoy es la búsqueda de la estabilidad, porque relacionamos directamente a ésta con la felicidad. Creemos que un trabajo estable, un matrimonio estable, una familia estable… etc, será capaz de mantener nuestras expectativas de felicidad. En resumen, no nos gustan los cambios. Y para conseguir esto ¿qué sacrificamos?

    Pues hoy el sacrificio es claro; las parejas trabajan para mantener una estabilidad económica y social, y para mantener una serie de “útiles” que hemos comenzado a ver como “necesarios” y que hace tan solo unos años nos resultaban “lujos”.

    Y podemos preguntarnos: “si, trabajamos mucho, pero más trabajaban los campesinos de la Edad Media, o los obreros de la Revolución Industrial” y efectivamente, hemos alcanzado cierto nivel de comodidad laboral en ese aspecto, con mejoras de todo tipo. Sin embargo, la diferencia no se encuentra en el número de horas laborales, sino más bien en los motivos.

    Mientras que antes se trabajaba para el sustento, como se viene haciendo en el porcentaje más elevado de la población, nosotros, los “afortunados”, trabajamos para el sustento del “lujo”, para no quedarnos atrás en la carrera por la competencia y la comparación.

    Estamos sumidos en la rueda del deseo, del ansia por tener más, y no nos damos cuenta de ello. El que trabaja mucho para subsistir, no tiene tiempo para la avaricia.

    De modo que alimentamos una especie de “dependencia” de la acumulación y el consumismo, y estamos tan enganchados a nuestros aparatos electrónicos, como el yonqui a su jeringa.

    No podemos vivir sin televisión, sin móvil, sin portátil, sin lavadora, lavavajillas… y un largo etcétera de utensilios que nos hacen la vida más fácil. Estoy, por supuesto, totalmente a favor del progreso tecnológico, y soy la primera beneficiada del nacimiento del lavavajillas, al cual, de vez en cuando, pongo una vela en señal de santificación por hacerme la vida más feliz, sin embargo, más allá del beneficio que producen estos artículos, como siempre, el problema no está en la herramienta, sino en el uso de la misma.

    La preocupación desmesurada por el mantenimiento de una vida tecnológica y en la línea de aquellos que viven “mejor” que uno mismo, conlleva un sufrimiento constante por no poder alcanzar el punto en el que consideramos que seríamos “felices”. Es decir, entrar en esta rueda implica aceptar las reglas de este juego: “siempre queremos más”.

    Por tanto, la visión se centra siempre en el futuro, olvidándonos así de un presente maravilloso al que agradecerle todo lo que ya tenemos, y disfrutar de todo aquello que conseguimos, dejando ver la parte de felicidad que tiempo atrás pensamos que nos proporcionarían los logros que ya hemos alcanzado y que, sin embargo, ahora, una vez obtenidos, ya nos parecen insuficientes.

    ¿Qué quieren las personas una vez que han conseguido una pareja, unos hijos, un trabajo estable y un cierto estatus económico? ¿Se sentirán entonces felices, o seguirán buscando “otra cosa”? ¿Por qué queremos más? ¿Por qué nunca terminamos de sentir esa ansiada felicidad?

    Como vemos, existe un conflicto entre la imagen de lo que las personas creemos que es la felicidad, y lo que sentimos en el día a día. Hay un claro desfase entre ambas, y eso es lo que proporciona el desaliento. Nos imaginamos siempre una vida “más ideal” que la que ya tenemos, y no conseguirla nos produce sufrimiento.

    Esa brecha separa, divide la visión mental de la realidad. De modo que nuestras cabezas viven esa división que se torna en dificultad constante; problemas, problemas…. problemas.

    Como nuestras cabezas sufren, nuestros actos diarios, que son un reflejo de lo que sucede en nuestras cabezas, tienen también ese aliño de sufrimiento que constantemente discurre dentro de nosotros.

    La vida se convierte en una continua preocupación. Y aparece aquí una nueva división.

    Lo que tengo en mi mente no sólo no encaja con lo que tengo dentro, sino que tampoco encaja con lo que tengo fuera. El mundo que me rodea no es como yo desearía, y por tanto, los actos de cada día no son como yo desearía que fueran. Nuevamente la división nos lleva al desequilibrio.

    Vamos a pensar en un poquito más grande. Los políticos, que son el reflejo de las sociedades, están en constante división, a la gresca, con las uñas fuera, dispuestos a discutir y por supuesto, trabajando por conseguir el poder, como fin primordial de sus esfuerzos, antepuestos estos al bien de la sociedad, que es, en realidad, para lo que deberían trabajar.

    Vemos entonces una nueva división: La esencia del político es trabajar por las personas, sin embargo, trabajan por lo mismo que todos, por conseguir más poder económico, más posición social…etc. Aunque en otra escala, es el mismo sentimiento que nunca termina y nunca sacia.

    Hemos partido de la división de la sociedad en ricos y pobres, en subsistores y buscadores de estabilidad. Hemos continuado con la división producida entre la mente y la esencia del individuo, y seguimos con la división entre la persona y su mundo exterior.

    También hay división en el escenario político, entre las naciones… etc, y así podemos continuar hasta una infinidad de divisiones presentes que conforman nuestra realidad. La fricción, la pelea en la dualidad, la lucha por la diferencia, constituye el desaliento de las personas.

    Del mismo modo, la tierra ruge por su fricción interna, sufre el empeño del hombre por “evolucionar” tecnológicamente sin tenerla en cuenta. Nos olvidamos del lugar en el que vivimos, nos olvidamos constantemente de que la tierra es nuestra casa, y en nuestra casa nunca se nos ocurriría soltar gases tóxicos, o tipo alguno de contaminación.

    Sin embargo, nuevamente la división entre el hombre y su entorno nos lleva a observar la tierra desde la lejanía, como si fuera un ente que nos sujeta en el espacio, inmóvil e inerte.

    Se me presentan así claras pistas con los movimientos de la Tierra sobre su semejanza  con los movimientos de nuestras mentes. El terremoto es una fricción de placas tectónicas, es división, es enfrentamiento. ¿Acaso no sucede lo mismo en nuestras vidas? Nuestros ánimos están calientes, abiertos a disputas, y calentamos también el planeta con nuestros movimientos.

    En fin, que cada día, como mero/a observador/a compruebo más semejanzas entre el comportamiento de ambos, y es obvio que la Tierra se comunica con nosotros a través  de su movimiento y sus reacciones.

    Como comencé este artículo, creo que, en estos momentos de obvio desequilibrio, podemos tomar un mensaje positivo: “tenemos una oportunidad”, surge ante nosotros una excelente ocasión para aprender del planeta que nos cobija, para aprender de aquellos que tenemos a nuestro alrededor, para aprender a convivir como un conjunto y no como una división.

    Pienso también que, del mismo modo, relajar el calentamiento de nuestras mentes, el terremoto de nuestros pensamientos, el volcán de nuestros impulsos más primarios, puede ser el primer paso necesario para calmar el ánimo general y devolverle por fin a la Tierra aquello que nos lleva regalando tantos años, que es la oportunidad de vivir.

    Laura Fernandez Campillo
    Laura Fernandez Campillo
    Laura Fernández Campillo. Ávila, España, 07/10/1976. Licenciada en Economía por la Universidad de Salamanca. Combina su búsqueda literaria con el trabajo en la empresa privada y la participación en Asociaciones no lucrativas. Sus primeros poemas se publicaron en el Centro de Estudios Poéticos de Madrid en 1999. En Las Palabras Indígenas del Tao (2008) recopila su poesía más destacada, trabajo este que es continuación de Cambalache, en el que también se exponen algunos de sus relatos cortos. Su relación con la novela se inicia con Mateo, dulce compañía (2008), y más tarde en Eludimus (2009), un ensayo novelado acerca del comportamiento humano.

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