Parecería que el presidente Trump ahora, en este momento, en este instante, es vulnerable. Que tambalea. Que alcanza con un soplo para hacerle trastabillar, perder la compostura, mostrar su faz de angustia e inseguridad.

No se va

Pero en realidad, no es así. Pero así lo vemos.

Las sesiones de Comité en la Cámara de Representantes en el proceso judicial, su reciente ingreso no anunciado al hospital Walter Reed, las decisiones judiciales que le obligan a hacer pública su declaración de impuestos, y todas y cada una de las dificultades a las que se confronta el mandatario, tienen algo importante en común. 

Son amplificadas por nuestros medios de comunicación, objeto de especulaciones sin fin, debates circulares, conjeturas y pronósticos a cual más aventurado y sin base en la realidad. 

Y esa amplificación, ese debate, esa tensión sin fin a la que estamos expuestos desde noviembre 2016, responden a una sola pregunta. Que tiene su respuesta en cada una de esas instancias. Que tiene diferentes maneras de formularse, distintas ramificaciones, que es formulada con ansiedad, o con temor, o con poca disimulada esperanza:

-“¿Cuándo se irá?”

 Si. ¿Cuándo terminará la presidencia de Trump?¿Cuándo dará fin esta anomalía histórica? ¿Cuándo volveremos a la normalidad política, social? ¿Ahora? ¿Ya? ¿Verdad que ya? 

Pero son solo las interpretaciones de las noticias – no las noticias de por sí – las que alimentan una narrativa de que en cualquier momento, Trump no estará. Que se esfumará.  

No se va

Así, se interpreta que su revisación médica indica algún mal supuestamente secreto e incurable. La verdad es que este hombre de 73 años es obeso y con pésima alimentación, pero tiene una energía envidiable alimentada por su amor propio y que lo mantiene activo. Y no hay todavía señales reales que indiquen el final de esta larga noche y su retiro de la escena.

Y respecto a las sesiones del “impeachment”. Es divertido como cuando un testigo tras otro declaran que “sí, hubo quid pro quo“, que sí, Trump condicionó enviar ayuda militar a Ucrania a cambio de que ese país anuncie una investigación contra el hijo del ex vicepresidente Joe Biden, cuando eso pasa, la gente se encoge de hombros, pero los comentaristas dicen “¡ahora sí!”… “Este es un cambio real”. O “De esta no saldrá Trump”. O “Es histórico”. O “Está perdido”. 

Pero la verdad es que las sesiones de “impeachment” no cambian la opinión pública, que muchos demócratas están dudando del proceso, que los republicanos están firmemente unidos detrás del presidente y que muchos independientes, según encuestas, se aburren mortalmente y dudan de todos. El “impeachment” podría ni siquiera llegar a votación en la Cámara de Representantes y en todo caso, aunque llegue y pase, no tiene futuro en el Senado, que está en manos de los republicanos. 

En cuanto a los veredictos sobre las declaraciones de impuestos del mandatario y otros que le fueron contrarios, son hitos en el camino de quien demostró una capacidad extraordinaria de confrontar ataques y reveses. Trump ha logrado embotar el sentido crítico de la población. Ha logrado revertir el sentido de realidad de la mitad republicana del país. Ha logrado eliminar las reacciones adversas, indignadas, a su serie interminable de mentiras.  

No se va

Entonces: sorry. No habrá magia. No hay “wishful thinking” que valga. El tiempo no se puede echar atrás. Que Trump ganó las elecciones de 2016 ya es parte de la Historia, con mayúscula. 

No parece que el fin (de Trump) se acerca. A menos que nos sorprenda, va a durar al menos hasta enero de 2021. Sus probabilidades de ganar la reelección son bajas, pero no nulas. 

No parece que el fin de Trump se acerca. Seguramente durará al menos hasta enero de 2021. Sus probabilidades de reelección son bajas, pero no nulas (Gabriel Lerner) Clic para tuitear

Y tan importante como ello: el alejamiento de Trump de la Casa Blanca, cuando suceda, no va a terminar con el Trumpismo. (Aunque su alejamiento de la Casa Blanca, lo antes posible es condición sine qua non para terminar con el trumpismo).

Tenemos que dejar de lado las ilusiones y estar preparados para un país aún dividido y en crisis, por años. 

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