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A 28 años de la impunidad, el mundo no aprende más

A 28 años de impunidad del atentado terrorista de la AMIA en Argentina, escribo esta columna. Mientras tanto, Europa se encuentra en llamas, literal y metafóricamente. La tapa del diario El País de Madrid, lo refleja en su portada con un título catástrofe: Un año de crisis climática sin fin. El mundo no aprende más.

Pero al mismo tiempo que la mitad de Portugal y gran parte del norte de España, están siendo arrasadas por incendios forestales, los restaurantes y hoteles de la costa y de las islas están repletos de turistas.

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El vendedor de pareos, entre la multitud que llena la playa del Bogatell, en Barcelona/ Albert García.

A menos distancia de España, de la que existe entre Buenos Aires y Río Gallegos, los misiles hacen volar por los aires, edificios, mujeres, ancianos y niños ucranianos.

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Mientras todavía retumban los ecos de las explosiones, a distancia de la que hay entre la Capital Federal de la Argentina y Mar del Plata, los medios de Grecia, Turquía y las costas del Egeo, hablan de un boom turístico veraniego.

Lo triste del caso, es que esto no ocurre por primera vez en el mundo. Sino que parece ser una forma de ser de nuestra especie.

La Belle Époque y la tragedia

Cuando yo era niño, mi abuelo me contaba que en su adolescencia en Alemania, meses antes de que estallara la Primera Guerra Mundial, se vivía una situación de esplendor.
Los restaurantes de Berlín, Viena, Budapest, París, Londres, Moscú, San Petersburgo, Estambul y la Costa Azul, se encontraban llenos de turistas. El Expreso de Oriente, era el orgullo de Europa y su lujoso servicio, muestra de la opulencia de la civilización y el progreso.

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La sofisticación y los menús de los restaurantes competían en cada capital, y trabajaban en dos y tres turnos de comensales. Eran los tiempos de la Belle Époque, donde todo parecía posible. El progreso ilimitado, la ciencia invencible y los nuevos inventos, como la luz eléctrica, el teléfono, el automóvil o el avión, un camino hacia los cielos.

Nadie esperaba que cuatro años después todo estuviera en ruinas, y que las hambrunas y la miseria,asolarían al continente.

Nunca atendemos las señales

Sin embargo había habido una advertencia, poco antes de las 2:20 del 15 de abril de 1912, el insumergible y orgulloso RMS Titanic, se partió en dos y se hundió con más de 1,500 personas todavía a bordo. El barco había sido diseñado para ser lo último en lujo y comodidad, y contaba con gimnasio, piscina cubierta, biblioteca, restaurantes de lujo y opulentos camarotes para los viajeros de primera clase.

El menú de esa última cena a bordo del transatlántico, fue a mi humilde entender, obra del cocinero más importante de la historia.
Y sus platos han sido recreados, muchas veces desde la entrada de ostras, hasta los eclairs de chocolate y vainilla.
Auguste Escoffier, el padre de la cocina moderna, desde el Hotel Carlton de Londres, desarrolló hitos increíbles: inventó la brigada de cocina como concepto, transformó todas las viejas recetas de los grandes chefs franceses, y las modernizó.

Inventó innumerables recetas, pero muy pocos conocen la historia que voy a contarles, y que lo une con el fundador del Vietnam moderno.

Cuando Ho Chi Minh era joven, Escoffier estaba en el pináculo de su carrera. Y como la historia es mucho más sorprendente que la ficción, Ho Chi Minh y Escoffier se cruzaron en el Hotel Carlton, en Londres, cuando el francés contrató al vietnamita para su cocina.

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Al poco tiempo Ho fue ascendido al puesto de ayudante de patissier, donde aprendió el arte de los postres franceses de la mano del mismo Escoffier, puesto en el cual se destacó muchísimo particularmente en la elaboración del pâte brisé.

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La misma sociedad de la que había surgido un genio como Escoffier, había sido conducida a la peor de las guerras, por “líderes” como el Kaiser Guillermo II, el Zar Nicolás II o el Big Four.

De los años locos a la gran depresión y la guerra

Tras la guerra, cayó sobre el mundo la pandemia de la gripe de 1918. Y terminó de destruir lo que quedaba en pie. Pero ni bien pasaron unos años, otra vez a destapar champagne.

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Y llegaron los años locos. París era una fiesta y el mundo celebraba cómo si nada hubiera pasado, mientras tanto se gestaban las condiciones para una nueva tragedia.

Mientras los más rancios y acaudalados miembros de la sociedad porteña, tiraban manteca al techo en el Moulin Rouge, un oscuro cabo nacido en Bohemia, preparaba su asalto al poder en Alemania.

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El Hotel Carlton, testigo de estos acontecimientos, fue destruído por el bombardeo nazi sobre Londres en 1940.

Así mientras los restaurantes y hoteles europeos, otra vez rebosaban de clientes, norte y sur americanos, ya que la Gran Depresión provocada por la caída de Wall Street, hizo que la aristocracia americana cruzara el océano, en las calles de Estados Unidos la gente no tenía para comer.

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Hombres desempleados esperan por un plato de sopa en un comedor público abierto por Al Capone en 1931.

Y otra vez el mundo ignoró las señales. El desastre del Hindenburg ocurrió el 6 de mayo de 1937, cuando el dirigible de pasajeros alemán LZ 129, se incendió y se destruyó durante un intento de aterrizaje en la Estación Aero Naval Lakehurst en Mánchester Township, New Jersey, Estados Unidos.

Una metáfora de lo que le esperaba al mundo. En menos de dos años comenzaría otra vez un incendio que no solo devoraría toda Europa, sino que terminaría con Hiroshima y Nagasaki.

¿Y por casa como andamos?

Por casa, aquí en la Argentina, andamos igual que el mundo. La gente pasa por los restaurantes, un jueves o un viernes por la noche y viéndolos repletos piensa: estos se deben estar llevando la guita con pala.

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Escuchan por televisión que en estas vacaciones de invierno, las reservas hoteleras están entre un 90 % y un 95 % cubiertas en las principales plazas turísticas del país, y recuerdan el latiguillo repetido tantas veces del boom del turismo.

No se engañen, queridos lectores, antes de que empezara el COVID el sector hotelero, gastronómico y turístico, era uno de los sectores PYMES, que se encontraba en mejores condiciones para generar divisas, trabajo y progreso.

La pandemia, la cuarentena, y casi dos años sin turismo internacional, lo tiene al borde del knock out y contra las cuerdas. De no ser por algunas decisiones correctas en materia de turismo interno como el pre-viaje, en lugar de haber cerrado los restaurantes y hoteles que lo hicieron, hubieran cerrado el doble.

Los vuelos internacionales recién están retornando ahora. Y con muchas menos aerolíneas y destinos. Aún con las reservas existentes, no hemos recuperado los niveles pre-pandemia.

No piensen que nadie está enriqueciéndose, porque todavía ni siquiera se han recuperado las pérdidas. Y ni hablar de los puestos de trabajo.

Porque si hay un sector al que castigan las grandes catástrofes o pandemias, antes que a ningún otro, es al sector turístico.

Jugando a los naipes debajo de la mesa

Una vez le pregunté a mi abuelo, cómo habían pasado sus hermanos y hermanas la Segunda Guerra Mundial. Hacía más de cincuenta años que el contacto entre ellos era por cartas.

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Me contó que al principio cuando empezaron a caer las bombas y sonaban las sirenas, corrían a los refugios. Pero cuando las bombas se hicieron más frecuentes, era más peligroso salir.

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Entonces cuando sonaban las sirenas, en lugar de ir a los refugios, se juntaban debajo de la mesa a jugar a los naipes para entretenerse, y olvidarse del horror que podía caerles desde el cielo.

Así que estimados lectores, no se confundan acá, en Europa, o en cualquier lugar del mundo. Muchas veces cuando los restaurantes y los hoteles están repletos de clientes, no es que las cosas estén bien.

Es porque la gente, busca evadirse de la realidad, jugando a los naipes debajo de la mesa.

A 28 años del horror y la impunidad

En 18 de julio, hace veintiocho años a las 9.53 horas de la mañana, yo estaba sentado en la mesa de Mengano, un bar tradicional de Rosario. Estaba repleto de gente, y hacía tanto frío como el que hace estos días. En esa época una de las dueñas era mi amiga. Y desayunábamos juntos, absolutamente tranquilos y despreocupados.

De pronto el televisor explotó de horror. Y junto con el televisor todos los que estábamos en el bar. Un coche bomba acababa de explotar en la Amia, en el corazón del Barrio del Once, en Buenos Aires.

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Se llevó la vida de 85 de nuestros compatriotas y dejó heridos y lisiados a más de 300. Aún hoy ese crimen sigue impune.

Victor Heredia compuso una canción para recordarlos. Cincuenta familias de artistas se reunieron para interpretarla junto a él, y así trasmitir de generación en generación, el legado de la memoria.

 

Los invito a verlo, a escucharlos y a difundirlo.

Perfil del autor

Emilio R. Moya es Cocinero, Historiador Culinario y Periodista
Gastronómico. Ha sido docente de Filosofía y Estética, Miembro de la
Asociación Argentina de Investigaciones Éticas. Es periodista
free-lance y Editor de Chefs 4 Estaciones de Argentina.

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