viernes, noviembre 27, 2020
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    “Acá no podés repartir cartas si no te sabés el sobrenombre…”

    El “Tikotá” y el “Chispita”, el “Cajón Desclavado” y el “Sapo Cancionero”; el “Vino Chuelto” y el “Ñiño Decente”, el “Kecho y Dulche” y el “Yuruca”. Hete aquí algunos de los ballesterenses de los cuales todos, o casi todos, ignoran el nombre. Incluso la dirección postal y el apellido.

    Por eso es que a un cartero “extranjero” le puede resultar tan difícil entregarle una carta a José Francisco Fernández (calle Anselmo Vázquez sin número) como pedirle un autógrafo a Lionel Messi. Sencillamente porque en Ballesteros, José Francisco Fernández no existe. Pero si alguien pregunta “dónde vive el ´Pepino´ Fernández, todos le indicarán, e incluso lo acompañarán hasta la puerta de su casa.

    No. Nadie puede ser cartero ni policía ni intendente en Ballesteros sin conocer el sobrenombre de cada uno de sus habitantes. Porque allí radica su ADN más profundo, “la identidad social” que lo configura como en ningún otro pueblo del planeta.

    Y de eso puede dar fe Marina Machado, villanovense de nacimiento y, desde hace 9 años, ballesterense por adopción y única empleada postal del pueblo.

    NYC name here, “nacido y criado aquí”

    “Llegué al pueblo en noviembre de 2009, cuando me trasladaron de la central de Villa María. Por ese entonces yo no conocía Ballesteros. Así que un domingo le dije a mi marido “¿vamos a dar una vuelta para ver mi nuevo lugar de trabajo”.

    -¿Y cómo lo encontraste?

    -Me pareció un pueblo muy tranquilo y mucho más chico de lo que es en realidad. ¡Yo me creía que Ballesteros se terminaba en la vía! (risas). Después descubrí que del otro lado es todo un mundo. Acaso más complejo que el de este lado…

    -¿Y empezaste a repartir sola?

    -No. Los primeros diez días me acompañó un cartero, pero después se fue y tuve que arregármelas. Los primeros meses daba vueltas como loca y no encontraba nada. Había un montón de correspondencia que decía el nombre de la persona pero la dirección era “sin número”. Y cuando preguntaba, muy pocos conocían los nombres de la gente o de las calles.

    -¿Y cómo lo solucionaste?

    -Fácil. Me tuve que aprender el apodo de cada uno (risas). Ese es el nombre que realmente vale. Acá no podés repartir cartas si no sabés el sobrenombre de cada uno… (risas)

    -¿Te acordás cuál fue la carta más difícil de todas?

    -Sí. Fue una vez tuve que llevar una tarjeta de crédito atrás de la vía. ¡Estuve tres horas para entregarla! No había forma de encontrar a esa persona porque nadie la conocía. Primero renegué con la calle porque todos me decían “atrás de la vía las calles no tienen nombre; es todo “zona Sur”. Yo creía que “Ballesteros Sud” era atrás de la vía (risas). Hasta que una mujer me preguntó cuál era el segundo nombre de la persona que buscaba. Y cuando se lo dije, me dijo “es mi hijo, pero nosotros no le decimos así”. Y me dijo el sobrenombre. Imagináte… ¡Ni la madre conocía al hijo por su nombre!

    -¿Es más difícil repartir en el pueblo que en la ciudad?

    -¡Mucho más difícil! En Villa María está todo señalizado con calle y número, pero acá no; acá hay que recorrer todo. Ahora estoy acostumbrada. En los últimos tiempos, por suerte, se menciona más el nombre de las calles.

    -¿Por qué?

    -Tiene que ver conque ha venido mucha gente de afuera. Y esa gente no te dice “vivo al lado de tal y tal”. Se aprenden la calle y el número y te lo dicen. Después, la gente que viene a mandar una carta documento o el descargo de una multa, me piden que les haga el sobre. Y entonces les pregunto el nombre y la dirección y me los aprendo. A los más chicos, recién les conozco el nombre cuando vienen a mandar cartas para el “Plan Primer Paso”…

    Un pueblo con inmigrantes recientes

    -Decías que ha venido mucha gente nueva a Ballesteros ¿De dónde?

    -De todos lados. Del Chaco, de Formosa, de Entre Ríos, de Santa Fe, de Buenos Aires… Muchos se vuelven pero también muchos se quedan y traen a la familia. Por lo que me cuentan acá, eso es inédito. Parece que durante años no hubo ningún tipo de inmigración en el pueblo…

    -También hay una pequeña comunidad boliviana ¿Vienen al correo?

    -No, no vienen porque acá no tenemos servicio de Western Union. Y ellos suelen ir al correo para mandar plata a su país. A eso lo vi en Villa María.

    -¿Cómo te arreglás con el reparto en la zona rural andando en bicicleta?

    -La correspondencia queda acá y la retiran ellos. Una vez por semana vienen de las estancias vecinas; “La Atalaya”, Bionet, “Santa Rita”…

    -¿Y Ballesteros Sud?

    -Con Ballesteros Sud pasa lo mismo. Vengo temprano, clasifico la correspondencia y pasa el hombre de la Unidad Postal que se la lleva. Después al mediodía, me trae el bolso y los documentos de entrega.

    -¿Qué pasa en el pueblo cuando Marina tiene vacaciones?

    -¡Ese es todo un tema! Generalmente me cubren de otro lugar, pero ese empleado no reparte. Yo les digo a todos que no voy a estar durante diez días, para que vengan a buscar la correspondencia los que reciben siempre; que son la cooperativa, la Municipalidad, alunas empresas y las fábricas de cadenas. Pero el teléfono no para de sonar cuando me voy. Yo igual contesto. Es mi modo de seguir estando en el pueblo, al que siempre extraño…

    Tienes un e-mail

    -Hoy el correo ha dejado de ser “de cartas” ¿Cómo sobrevive?

    -Repartimos mucho para Mercado Libre, que ha vuelto al Correo Argentino hace dos años. Los chicos compran todo por ahí. Hasta las zapatillas. Todas las semanas reparto diez o doce paquetes pero la semana pasada entregué 57. Desde hace unos años, el correo se ha convertido en servicio de paquetería y en logística de empresas que facturan, como Claro, Direct TV o el Banco Nación.

    -¿Y nadie mandó cartas jamás?

    -Cuando llegué, había una sola señora que se escribía cartas con una familia amiga de Oncativo, pero después falleció. Hay algunos que se escriben  a sí mismos para mandarse postales cuando se van…

    -¿Vendés filatelia?

    -Mucho más de lo que te puedas imaginar. Acá en el pueblo no hay muchos coleccionistas, pero cuando aparecen sellos nuevos, los vienen a comprar. El Gastón Zinna es mi cliente número uno… (risas) Pero también viene gente de afuera. Dicen que en los pueblos consiguen cosas que en la ciudad están agotadas o que, sencillamente, no llegan por el uso de la franqueadora. Ya ves que el pueblo tiene sus ventajas…

    -¿Siempre quisiste trabajar en el correo?

    -Si, toda la vida. De hecho yo vengo de una familia de empleados. Mi abuelo fue “guarda hilos” de telégrafo en Villa María y se llamaba Antonio Machado, como el poeta. Después entró mi papá, que se jubiló hace tres años. Yo podría haber entrado antes pero por ese entonces el correo estaba privatizado y tuve que esperar. Se restatizó recién en 2003, en el gobierno de Néstor Kirchner. Yo ingresé en 2009 y a los pocos meses ya estaba trabajando acá.

    Media naranja y media vida

    -¿Y qué me podés decir de Ballesteros?

    -Que le estoy más que agradecida a la gente del pueblo porque del momento que me vine, todos me abrieron las puertas de sus casas. Y no sólo en el reparto sino en el corazón.

    -¿Cómo es esto?

    -El primer día de trabajo me vino a ver la “Tota” de la despensa, y también doña Beba Tissera. Las dos se presentaron, me dijeron que eran mis vecinas y que estaban a disposición para lo que yo necesitara. Y siempre pude contar con ellas. Lamentablemente fallecieron las dos. Ahora, la que es incondicional conmigo, es la Estela Maris, la hija de la “Tota”. Acá nunca tuve problemas con nadie porque hay gente muy buena. A veces, en Villa Nueva, me dicen “¿viste lo que pasó allá en tu pueblo? (risas). Y tienen razón.

    -Entonces, ¿este es tu pueblo?

    -Ahora sí. Yo me vendría a vivir acá mañana mismo pero tengo dos hijos adolescentes y no quieren saber nada con dejar la escuela y los amigos de Villa Nueva. Yo sería muy feliz acá. Y de hecho lo soy durante las doce horas diarias que dura mi trabajo. Durante ese medio día que es también la mitad de mi vida entera…

    Ivan Wielikosielec
    Ivan Wielikosielec
    Escritor y periodista argentino (Córdoba, 1971). Ha publicado libros de relatos y poesía (“Los ojos de Sharon Tate”, “Príncipe Vlad”, “Crónicas del Sudeste”) y desde hace diez años reside en Villa María, Córdoba, donde colabora para diversos medios gráficos e instituciones culturales.

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