martes, julio 14, 2020
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    Brutalidad policial: ambiente de cambio en el aire

    Diariamente nos bombardean las más terribles noticias. 

    El gobierno de Trump sigue su siniestro avance hacia el autoritarismo y la ilegalidad. Después de desafiar la ciencia reabriendo las economías, en 35 estados la pandemia nos vuelve a azotar. La crisis económica amenaza la estructura social, al futuro, a la joven generación mientras millones de estadounidenses se pauperizan. El hambre avanza.

    Pero en medio de todo ello, parecería que las protestas por el asesinato de George Floyd y la brutalidad policial contra afroamericanos comienzan a dar frutos.

    No cantemos victoria. Quizás hasta sea prematuro señalarlo. Pero la clara impresión es que los eventos recientes han puesto de manifiesto que la sociedad civil rechaza el papel antidemocrático de los policías. Y que el lema “Black Lives Matter” ya no es anatema. 

    Una imagen inaudita: que el senador Mitt Romney, excandidato presidencial republicano, participe en las marchas. O que sindicatos, alcaldes, concejos municipales, juntas escolares, organizaciones civiles decidan desprenderse de policías corruptas y violentas.

    Y uno se pregunta. ¿No salta a la vista que la sociedad no quiere a estos policías? ¿No resulta clarísimo que la misión de estas unidades de choque es su propia supervivencia como tales?

    Lo siguiente es lo que sucede en menos de dos semanas. Los cuatro agentes implicados en la muerte de Floyd son encarcelados y acusados. La autorización para las prácticas de violencia policial más nefastas está siendo limitada.

    Otros policías violentos, despedidos, enjuiciados. Estatuas que honran a la Confederación y al general Lee en el sur del país, removidas. Demócratas y republicanos se unen en el Congreso para limitar la transferencia de armas sofisticadas del ejército a la policía. 

    Hay más.

    Al jefe de policía de Louisville, Kentucky, lo despidieron después de que sus agentes mataran a balazos al dueño de un restaurante. No llevaban las reglamentarias cámaras adosadas a sus uniformes.

    La legislatura estatal de Nueva York está avanzando una serie de medidas para poder controlar el abuso policial. Las reformas incluyen dar fin a una ley llamada 50-A, que previene que el público – es decir, los medios – puedan acceder a los archivos de disciplina de los agentes, incluyendo aquellos policías que mataron a civiles.

    Una nueva encuesta indica que el 64% apoya a los manifestantes, y que el 47% rechaza las prácticas policiales. 

    Finalmente, congresistas demócratas en Washington acaban de presentar una pieza legislativa que, de ser aprobada, dará fin a las protecciones legales a policías acusados y limitará la violencia policial excesiva, facilitando la identificación, el seguimiento y el enjuiciamiento de la mala conducta de la policía. 

    Ahora es una cuestión de debate, influencias, presiones y política. Las organizaciones que representan a los agentes se oponen agresivamente, al igual que muchos de sus jefes y la mayoría del partido Republicano. Y los “sindicatos” policiales han logrado quitarles el control de la disciplina de los agentes a sus jefes. 

    El presidente Trump se juega su futuro político apoyando las ideas represivas más salvajes, extremistas y peligrosas. La Casa Blanca es “protegida” por unidades militarizadas sin identificación. Y las elecciones presidenciales, a solo cinco meses, hacen casi imposible el diálogo en el Capitolio. 

    Pero hay avances en la opinión pública. El asesinato por un uniformado, en pleno día, ante todo el público, de un afroamericano esposado sacudió el espíritu del país y lo sacó a las calles. 

    Bienvenidos los cambios incipientes. Llevó décadas, pero finalmente el público comprende que la situación es intolerable. La comunidad afroamericana no va a seguir aceptándola. Y nosotros, con casi todo el resto del país, la apoyamos.  

     

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    Gabriel Lernerhttps://hispanicla.com
    Editor en jefe del diario La Opinión en Los Angeles. Fundador y co-editor de HispanicLA. Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California desde 1989. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y anteriormente editor de noticias, también para La Opinión.

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