El Salvador: Nayib Bukele, malas intenciones

De lo que se trata es de acallar a la prensa independiente, neutralizar o encerrar a las voces disidentes, desbaratar las organizaciones de la sociedad civil, liquidar los remanentes de pluripartidismo

DOS AÑOS SOBRAN y bastan para aquilatar a Nayib Bukele como presidente, y llegar a la conclusión de que los últimos 24 meses fueron un desperdicio de tiempo.

Nada bueno que celebrar. Nada bueno que esperar.

Abundantes abusos de poder sin transformación social: una nueva banda se pone a la cola para la piñata que viene. Para una parte de la izquierda, el bukelismo es la «revolución». Otros saben que nada más es un negocio.

El capital por su parte se mira frente a una encrucijada: algunos estarán asustados: han perdido para siempre el control del Estado. Los pragmáticos le apostarán a capear la ola y explorarán frescas oportunidades de negocios. La única certeza es que, de aquí en adelante, viene un camino escabroso para El Salvador. Eventualmente, hasta los más ciegos se sacudirán.

Si disolver la Corte de lo Constitucional de la Suprema Corte de Justicia y remover al fiscal general fueron las primeras etapas de un blitzkrieg en marcha, la amenaza de una venidera quinta fase evoca una especie de «solución final».

¿Para qué tanto misterio?

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De lo que se trata es de acallar a la prensa independiente, neutralizar o encerrar a las voces disidentes, desbaratar las organizaciones de la sociedad civil, liquidar los remanentes de pluripartidismo. Afortunadamente, echan a volar semillas de un nuevo movimiento. Dando la cara a los malos vientos que soplan pueden aprender a arraigarse hondo.

Desde junio de 2019 asistimos a una descarnada desnaturalización del Estado y la función administrativa.

La heráldica y los logos son trasteados: la simbología debe responder a la nueva estética del poder. No se reconocen atribuciones, funciones, roles institucionales. Generales, diputados, secretarios o ministros trabajan para el mismo patrón. Se desdibujan las identidades. Un militar saldrá a repartir bolsas de alimentos o se pondrá a la cabeza de un fila de vacunación (un rol que debiera recaer en un profesional o administrador sanitario). Un policía será un militar. La lealtad es el pizarrón en blanco en que el líder puede escribir lo que le venga en gana.

Si el presidente salvadoreño inició su mandato con cien puntos, el tiempo se los irá descontando. Habrá que ver muchas obras de beneficio popular a cambio del poder absoluto que «N» reclama. De lo contrario, cuando el capital político se agote, no le cuadrarán las cuentas.

Bukele se dedicó desde su arranque a cultivar adversarios, algunos poderosos e implacables que ya empiezan a pasarle factura. Si el total de los que critican o disienten o dudan resbalan automáticamente en la categoría de enemigos, llegará el tiempo en que serán incontables.

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Róger Lindo es escritor y periodista.

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