sábado, mayo 8, 2021

En busca del Chicano perdido: el migrante que pertenece al ombligo cercenado de la luna

Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio…

Y la pobreza del lugar, y el polvo
en que testaron las huellas de mi padre,
sitios de piedra decidida y limpia,
despojados de sombra, siempre iguales…

Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarla de pronto con el alba.

Eliseo Diego

 

El chicano aparece en la geografía política de los Estados Unidos como un cuerpo político que reclama voz y derechos a partir de los años 60’s. (F. Lomelí, Macías y otros) aunque su presencia se remonte, según otros, a principios del siglo XX cuando se empezó a utilizar el término. Desde su origen semántico, pasando por su geopolítica y biopolítica, la/el chican@ ha construido su identidad de forma atropellada, camaleónica, difusa, en conexión profunda con su condición nepántlica. En el presente ensayo me propongo escudriñar algunos rasgos distintivos del chican@ con el fin de re-construir el rostro y el cuerpo de un ser político, intelectual, académico, obrero, migrante cotidiano, que, en su rizomática y metamórfica presencia, se hace, tan escurridizo como imprescindible, a mediados de la segunda década del siglo XXI, para comprender la orografía del cuerpo de la raza, la geografía del gesto mexica en California.

Empezaré por matizar el título de la presente indagación, ya que pudiera ser ofensivo para algunos comprometidos militantes. La alusión “perdido” se refiere fundamentalmente al origen nominativo del término ‘chicano’. La disparidad de opiniones entre los expertos sobre el origen y el significado del término ‘chicano’ sitúa como “perdido”, confuso, debatido, cuestionable, su origen y significado. Su rastro está perdido en las huellas ancestrales de Aztlán, cuyo propio significado es debatido entre eruditos del náhuatl que lo llaman «lugar de las garzas» que, según explica el experto Maximiliano Mena Pérez, esta traducción poco acertada se deriva de la palabra “áztatl” que significa garzas y la desinencia locativa “tlan” que de acuerdo a los mecanismos de aglutinación del náhuatl, que bien señala Mena, derivarían la palabra “aztatlan” y no Aztlán, y a sus habitantes se les denominaría con el gentilicio aztlatecas. Sin embargo, como menciona Mena, a los migrantes venidos de Aztlán se le llamaba aztecas y no aztlatecas. Mena ofrece entonces otra ruta evolutiva del significado de la palabra Aztlán que me resulta más convincente. La palabra que rastrea Mena es Atlan, que significa “sitio en donde hay mucha agua”. Es el resultado aglutinador de la palabra “atl” que significa agua y de “tlan” locativo que implica donde hay una gran abundancia. Como toda lengua que evoluciona, (probado es de la famosa “jod” del latín clásico al vulgar de la que goza nuestro español moderno, por citar un ejemplo significativo de las transformaciones fonéticas del lenguaje por economía y efectividad en el uso y eufonía. Lecciones aprendidas con pasión y desvelo bajo la mentoría de Domnita Dumitrescu) la “z” de Aztlán se filtró por eufonía, para armonizar la aglutinación de estas dos palabras que cuentan con una misma vocal fuerte “a” y la unión de dos consonantes prevalentes en el náhuatl: “t” y “l”. Entonces elijo esta ruta posible de interpretación histórico-linguística. Los habitantes de Atlán/Aztlán, de ese lugar donde hay mucha agua, según algunos relatos indígenas, una isla dentro de un lago, de Aztlán, eran los aztlecas/aztecas, que por un imperativo de sobrevivencia (que queda sumido en el enigma de los pasos perdidos de su historia -puede ser una terrible inundación, o debido al desgaste ecológico o la falta de una sociedad sustentable, quizá algún día lo sabremos) emigraron hacia el sur, en el día «4 Cuauhtli» (cuatro águila) del año «1 Tecpatl» (cuchillo) o 1064-1065, (Tena 55) y recalendarizado como el 4 de Enero de 1065, según se narra en “Los Anales de Tlatelolco”, en busca de un sitio habitable, guiados por la palabra de su dios Hutchilopoztli, su colibrí del sur, su dios de la guerra. Éste también era llamado Mexi o Mexicali. De acuerdo a la etimología náhuatl, “meztli” significa luna, “xitli” ombligo aglutinadas significan “el dios que es el ombligo de la luna”. De tal modo que aquellos migrantes aztecas que se instalaron guiados por la palabra de Mexi o Mexicali, se reprodujeron en el nuevo valle central que llamaron México, que significa el lugar del (sufijo “co”) ombligo de la luna. Los migrantes aztecas denominaban a sus descendientes nacidos en este nuevo asentamiento: mexicas, los nacidos en el ombligo de la luna, los que pertenecen al ombligo de la luna.

Otros autores señalan que México se refiere no a un ombligo, sino a una isla en medio de un lago, el lago de la luna o lago de Texcoco, cuya geografía dio pie a la metafórica nominación. Fue ahí en dónde la profecía mexica tuvo lugar y los aztecas vieron al águila devorando a la serpiente por el año 1325. Es ahí donde encontraron el rastro de las huellas de su profecía, de su guía, donde se asentaron, se reencontraron, se reprodujeron, se renombraron, se reinventaron.

Cabe señalar, que cuando el náhuatl se fonetizó a la española, el sonido más cercano de la “sh” o “ch” náhuatl se representó con una “x” en español. Pero como se pronunciaba México, en realidad era Mechico o Meshico y su gentilicio era mechica o Meshica. De ahí que el gentilicio náhuatl mechica o meshica al españolizarse adquiriera el sufijo “-ano, -ana” (que entra en la formación de palabras con el significado de origen o pertenencia como lo son: aldeano, ciudadano; y de gentilicios, como en el caso que nos concierne: mechicano/meshicano o mechicana/mexicana) por lo que mexicano (mechicano/a o meshicao/a) tiene una doble pertenencia, la náhuatl “ica” y la española “ano/a” es decir que para el mech/shica del siglo XV debió haber sido redundantemente cómico u ofensivo que le dijeran como un tartamudeo, el que pertenece el que pertenece al ombligo de la luna, el que deviene deviene del ombligo de la luna o el que pertenece pertenece al lago de la luna.

Hasta aquí, estas indagaciones pudieran parecer extremadamente lingüísticas, pero que a mi parecer son de relevancia sustancial en la medida que pretenden una ruta de rastreo y fijan algunos de los significados que parecían perdidos, y quizás, más verosímiles, sobre el cómo y porqué se nombró a México y sus nuevos habitantes. Remarcamos el significado poético, metafórico del sitio, ya sea que nos inclinemos por la traducción del lago de la luna o la del ombligo de la luna. Yo me quedo con la traducción que designa a México como “el ombligo de la luna” porque me parece una metáfora insuperable para designar el sitio de la nostalgia, de la magia, el misterio que la metáfora arroja sobre esta tierra y sus habitantes. El sitio se torna entonces tanto más poderoso como dramático, el viaje interpretativo es por tanto fijador de destino y revelador de porvenires. El rastro perdido se redefine en la medida que esta posible ruta se re-camina y nos permite rastrear en retrospectiva, las huellas de ese enigma hasta la tierra de Aztlán, ese lugar donde abunda el agua. No debe sorprender que los aztecas emigraron de un lugar donde el agua desborda, (Aztlán) para asentarse en el ombligo donde nace el agua, Mech/sh/ico, el ombligo de la luna. Ese encuentro se dio, como ya mencionamos, según cálculos de los expertos, alrededor del año 1325.

Ahora bien, ya fijadas estas identidades, sus posibles significados y puntualizada su relación con la historia de este pueblo migrante, nos desplazamos unos seiscientos años, de lo que va desde el siglo XIV, en la fundación de Mech/sh/ico-Tenochtitlán hasta el siglo XX, para entonces atender algunas de las interpretaciones sobre el término “chicano”. Ysidro Ramón Macías, en uno de los primeros ensayos de finales de los 60’s que exploraban de qué y cómo estaba constituida la esencia de lo chicano, en su “The Evolution of the Mind”, sostiene respecto al origen del término chicano que “Although no one has categorically determined how the term was born, it is generally accepted that it came from northern Mexico. It is from northern Mexico that burritos originated… One theory that this author presents as to the origin of the term Chicano is that the Citizens of Chihuahua, a city and state of northern Mexico, took the “chi’ from that name [Chihuahua] and added “cano” from Mexicano, arriving at Chicano” (Foster, et al 41).

Resulta no sólo divertido leer, a casi medio siglo de distancia, la teoría de Macías, que sostiene que el origen de la identidad chicana deviene de la distinción que los norteños mexicanos migrantes querían hacer de la mayoría de los mexicanos del sur, en una suerte de regionalismo recalcitrante que buscaba arrancarle lo mexica a los mexicanos y ponerle la “CH” de Chihuahua. Creo que, después del detallado rastreo del origen tanto semántico, fonético y lingüístico de Mech/sh/ico  y mech/sh/icano, resulta más verosímil creer que chicano deriva de este gentilicio tal como presentamos su origen etimológico náhuatl a partir más que de una dolosa aglutinación de lo norteño con los dobles sufijos de pertenencia, el náhuatl y el español, “icano”; de una simplificación por perdida de su primer componente “me-” quedando mechicano/meshicano.

Es claro que por ese gesto casi instintivo de nombrar las cosas, o renombralas con esa esencia silenciosa y muy despacio, como nos lo dice Eliseo Diego, el ser humano se identifica primordialmente por ese vínculo tan evidente que es el que tiene con la tierra que le da vida y lo sustenta, un sentido identitario fundamental deviene de la geografía de nuestro cuerpo colectivo y desnudo en la naturaleza, en esa específica naturaleza en la que nacemos. Sin embargo, cuando migramos, algo de nuestra raíz se corta de tajo, se extravía, se pierde, y luego, se reconstruye, y es rizomática nuestra subsistencia tanto como nuestra manera de renombrarnos, de reidentificarnos. En un gesto doble de abandono y resurgimiento, de olvido y recuerdo, nuestros nombres se destruyen y reconstruyen a partir del origen, así, Mechi/shi/cano pierde la parte “me” de “meztli”, que significa luna. Se queda el migrante que retorna a su origen sin la nostalgia de la luna, sin su misterio, sin su ciclo de sangre, sin su sentido del paso del tiempo, sin su noche, sin su tiempo de descanso, sin el tiempo de soñar, de acurrucarse protegido y despreocupado en el regazo del silencio, sin ruido, en calma, en la paz del recogimiento, se queda sin lo que es quedarse. Se queda el migrante abierto a la noche oscura, desprotegido, de plano, sin su luna. El nuevo nombre conserva sólo dos de sus tres partes, una náhuatl y otra española/latina. Inicia con Chi/shi de la palabra “xitli” ombligo y el sufijo latin “ano/ana” que indica gentilicio, es decir, “proveniente de”, y del sufijo náhuatl “perteneciente a”, quedan dos sufijos reiterativos de pertenencia, el náhuatl y el español. De acuerdo entonces al rastreo propuesto anteriormente, Ch/sh/icana/o significa aquella/aquel que proviene, que pertenece doblemente al ombligo, la que nace/el que nace y nace (reiterativo) del ombligo. Es poético entonces saber que los que se fueron de Atlan/Aztlán, las tierras donde abunda el agua, guiados por el dios Mexicali, el ombligo de la luna, hasta las nuevas tierras, México, el ombligo del agua, son los que ahora regresan de nuevo, a completar un periplo hasta el origen, a las tierras del agua, pero cercenados, pertenecen reiterativamente sólo al ombligo, al haber dejado su nuevo hogar, pierden su luna, su descanso y son sólo desgarradura reiterada del origen, por parte náhuatl y por la española. Así se reencuentran con la Aztán abandonada, pero en la memoria aún.

Los migrantes, sin embargo, a su regreso, no encuentran ya su agua o su tierra, son ombligo quebrado, búsqueda, seres Nepantla, seres extraviados en medio de dos aguas enlodadas por el abandono, de las que no alcanzan a beber, extraviados de dos mundos. Etimología, origen más exacto, destino más prefijado por la marca de sus propios nombres, no puede haber, es tan sorprende como revelador. Entonces, las chicanas y chicanos, los habitantes del ombligo, están etimológicamente cifrados a buscar su origen. Qué paradoja, que ironía, que retrato más doloroso, más huérfano, el tener que vivir en medio de dos aguas, habitantes del ombligo, del espacio donde el ser se desprende de la madre y queda uno cercenado, qué otra parte del cuerpo es más simbólica de la pérdida de la madre, del desprendimiento, de la ausencia de la subsistencia garantizada si no el ombligo. Es lo que se corta, lo que se arrebata a la tierna criatura para obligarla, para forzar al ser a respirar por sí mismo, se le destina a no recibir la sangre del ombligo de la luna, la sangre de la vida, el sustento garantizado sin esfuerzo. El ombligo es la marca que obliga al trabajo, al esfuerzo de luchar por la bocanada de aire, a batallar por la vida, esa es la esencia que marca a la mujer chicana, al hombre chicano, la pérdida de la madre, de la tierra, el peregrinar por la orfandad del origen, de las lenguas, lleva enterrado en el misterio de su nombre las dos pertenencias, los dos orígenes, el náhuatl y el español, los dos mundos abandonados, dos recuerdos que se borran tras la huellas en el mismo desconocimiento del significado del nombre que lo identifica. La/el chicana/o no sabe nombrarse a sí mism@, no se sabe a sí mism@, su desconocimiento es paradigmático, la ausencia de significado, la dualidad de su origen es predestinante.

Los intelectuales chicanos no se ponen de acuerdo sobre el origen del término, sobre su significado etimológico y, por consecuencia, menos aún acuerdan sobre la condición de ser chican@. En las aulas de los programas de Estudios Chicanos en California, l@s chican@s que se autonombran a sí mismos chican@s, cuando les preguntas qué es ser chican@ dicen: “es ser raza, es ser de México pero no serlo del todo, es ser de Estados Unidos pero no ser de acá tampoco, es hablar español pero no hablarlo, es hablar inglés pero no hablarlo, es comer comida mexicana pero a la gringa, es comer comida gringa pero a la mexicana, es que te guste tonatzin y la danza azteca, la cultura mexicana pero de lejos, es que te guste la cultura gringa, pero de lejos, es ser todo de los dos lados pero no serlo”. Ser chicano en el siglo XXI es ser exactamente el negro y hondo pozo del ombligo cercenado, es ser huérfano de dos culturas, y dueño de una nueva, la cultura chicana, es llevar el nudo del recuerdo amarrado para sobrevivir, es también la libertad de poder redefinir el rumbo por pie propio y la mirada nueva en un horizonte nuevo, pero del que ya habías partido desde la memoria. Ser chicano hoy, es redefinirse y buscar cómo echar raíces de un modo nuevo que ya conocías. Es indiscutiblemente ser y no ser simultáneamente todo lo que se fue de mech/sh/icano y lo que se dejó de ser en México y lo que no se sabe que se es y se quiere ser en estas tierras que alguna vez fueron Aztlán desbordadas de agua y de verdor y ahora están sufriendo una terrible sequía que todos sabemos ya ha durado demasiado.

Obras citadas

Tena, Rafael. Anales de Tlatelolco. INAH-CONACULTA, 2004

Foster, David William. Literatura Chicana 1965-1995.

Poeta, escritora mexicana. Profesora universitaria de California State University. Egresada de la Universidad de California de Los Ángeles donde cursó las Licenciaturas de Ciencias Políticas, Estudios Latinoamericanos y Literatura Hispanoamericana. Recibió su maestría de California State University, Los Ángeles y actualmente cursa el doctorado en la Universidad de California de Santa Bárbara. Ha impartido talleres literarios, dado conferencias y participado en la vida cultural,

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