En gustos se rompen géneros. Trump contra la sabiduría popular
En una democracia consolidada, los fondos federales no se pueden distribuir exclusivamente en función de los gustos particulares de personas concretas porque acabaríamos todos clonados a la imagen y semejanza de la autoridad de turno
Los seres humanos tienen género biológico. El de Trump es solo uno. El “género Trump” se caracteriza por promover puertas para cerrar el campo y pantalones jeans para mejorar la genética nacional. El anuncio de pantalones de Sidney Sweeney de American Eagle en que se aprovecha la homofonía en inglés de “genes” y “jeans” nos marca la pauta del modelo biológico ideal para el país: “Que suene lo que no es”. Con el “género ideal” de la nación vemos un intento de hacer otro tanto de lo mismo. Atestigüémoslo.
El arte de prohibir
La directora de la National Portrait Gallery de Washington Kim Sajet recibió su nota de despido. Se le dijo que fue “por recomendación y petición de mucha gente”. Se consideró que su ideología, ser defensora de políticas de inclusión y diversidad, no iba acorde con el cargo que ostentaba.
Una de las razones por las que Trump salió elegido en las últimas elecciones fue por su rechazo a veleidades de género. Lo que para unos (o unas) es un logro social sin precedentes, para otros es mal gusto que debe ocultarse en el inframundo: y sin dinero público, entiéndase federal. Resulta que fondos federales para repartir los hay disponibles para casi todo, lo que conlleva que las restricciones también: para casi todo.
Esto se aplica al reconocimiento de personas no binarias (que no aceptan la dualidad dominante hombre-mujer), al veto a homologar mujeres trans como mujeres, o al uso de “X” en los apartados de género, si los hubiere. La exclusión de las personas trans de las fuerzas armadas es otro límite infranqueable para el presidente. En este contexto, la Institución “Smithsonian” siente el resollar del aliento del presidente en el pescuezo, y por no enfadarle, que supondría perder $800 millones en subvenciones, le pidió a la pintora Amy Sherald que retirara de su exposición, pendiente de realizarse en la National Portrait Gallery, una de sus pinturas: “Amy Sherald: American Sublime”.
Coincidía que el lienzo proscrito era aquel en que aparecía una Estatua de la Libertad transgénero: “Trans Forming Liberty”. La artista se negó y ha cancelado la exposición.
¿Se rompen los géneros o se rompe la democracia?
Amy Sherald, famosa por su retrato de Michelle Obama, hubiera sido la primera artista afroamericana en protagonizar en solitario una exposición en la susodicha galería. La perjudicada ha hecho pública la misiva que envió a Lonnie Bunch III, secretario del Smithsonian: “He entendido claramente que las condiciones actuales no permiten exponer la integridad de la obra”.
¿Se vislumbra con lo dicho que en el futuro habrá que huir de todo lo que pueda herir la sensibilidad del Presidente si se quiere acceder a contratos federales? ¿Se estudiará en el colegio el “gusto” preferido del presidente correspondiente?
En una democracia consolidada, los fondos federales no se pueden distribuir exclusivamente en función de los gustos particulares de personas concretas porque acabaríamos todos clonados a la imagen y semejanza de la autoridad de turno. Esto va mucho más allá de copiar la superficialidad del vello teñido de un tupé o el color mandarina de un maquillaje. Nos jugamos que quede dañada la altamente delicada e independiente corteza neuronal del ciudadano libre. Sí, en gustos se rompen géneros, para suerte de todos, incluido el Presidente.



