Carta al hijo que cumple años

Nada más blando que el cielo para escribirte. Esa constancia de mano. Esa tarde de mayo donde se dibujó tu vida. La silenciosa miniatura de tus manos. La torpeza de mis dedos queriendo llegar a vos.
Desde entonces las noches cambiaron su rumbo. Los relojes giraron al milagro de tu luz. El misterio quedó develado.
La belleza expandió sus sentidos.
En esa ventana de cuarto que esperaba tu llegada, una pajarita había anidado dos huevos turquesa de esperanza. El color de tu esperanza, quizás un signo del cielo.
La luz de ese viernes, imprecisa y tenue, marcó tu llegada al mundo. Ese ritmo de caer y subir hasta romperse. El miedo tiró la llave. Vi la muerte llegar hacia la vida. Un círculo de luz. Un latigazo.

Tu corazón tiene una voz fuerte. Las construcciones mentales no te llegan.
No sabes de la mentira, ni del odio. Estado puro que cuida la mezquindad de la vida.
Desde el desorden cortazeano, veo la punta erguida de mi lengua, lamer el piso sobre el azúcar derramada.
Corro hacia abajo, escaleras arriba. Escupo el diente roto y me seco la sangre que chorrea de la palabra hueca.
Es cuando vuelve tu calor de leche. Esa noche de túnel. Tus ojos hundiéndose al fondo del alma. Una precisión de mirada. Respirar no es ya necesario.

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El amor, ese lazo enredado en los hombres por miedo a desdoblarse en el misterio de la vida.
En vos vino sol, flecha y centro. Pintado está en un árbol de Slovenia. Es un mapa en el mapa de los lugares perdidos.
Alguien dijo “el límite son los hijos”. Hasta ahí se llega y desde ahí se ama.
Todo lo demás es la hojarasca, el ruido. La grasa que se tira después de cocinar.
Sal en la montaña. Gracia plena de caminar el infinito.
Misterio de desaparecer para escuchar la existencia.

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