La propina y la crisis económica

En la actual situación económica, en que la gente busca dónde recortar gastos, entre los primeros en reducirse están las propinas, hasta ahora una de las vacas sagradas de Estados Unidos, infaltable en restaurantes, la peluquería, taxi si se toma, en recorridos turísticos y estacionamiento valet.

Quienes antes dejaban –por obligación y presión social o porque realmente apreciaban el servicio que se les había prestado- una generosa recompensa monetaria, la achican; los que contaban antes las monedas, las guardan. Pero igual ahora que antes: algunos la dejan en el lugar más visible; otros la solapan a través de un poco disimulado apretón de manos. Depende.

Nayeli, de 20 años de edad y originaria de Michoacan, trabaja desde hace poco más de un años en un restaurante Spire. Cuando comenzó, los sábados y domingos eran los mejores días; cada mesera vendía regularmente 700 dólares, una suma que ahora se alcanza solamente en días extraordinarios. La nueva norma es poco más de 200 dólares. Las propinas, que llegaban a menudo a un promedio de 100 dólares diarios, bajaron a menos de 50. Quienes dejaban cinco dólares dejan tres. De cuatro meseras, ahora trabajan dos.

Un restaurante en West Covina, con cascada y amplia sala, ofrece comida brasileña a buen precio. Cuando pido la cuenta veo que debajo de la cifra dice: sugerencia de propina, 15%, 8 dólares.

Es uno de los métodos a los que restauranteros y meseros apelan para contrarrestar la percepción de que las propinas están bajando, tanto en porcentaje como en cantidad, debido a la crisis económica.

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«Hay personas que hasta se disculpan de que no pueden dejar propina, o lo que antes dejaban. Otros simplemente se van sin dejar nada. Nunca había pasado eso», dice una mesera, ya mayor, en un restaurante popular sobre la Pacific Coast Highway en Torrance, abierto las 24 horas.

El fenómeno no se limita a restaurantes.

«Antes me dejaban hasta cinco dólares por carro. Ahora, si me dan algo, es un dólar y a veces dos», dice Ramiro Padilla de Sinaloa, México, un lavacoches que trabaja hace doce años en The Bubble Machine en Riverside. La cantidad de automóviles que entran al local para que otros los laven bajó a la mitad en menos de tres meses.

Quienes dan la propina la sienten como una recompensa a cambio de buen servicio, más allá del precio. En gran parte de lo que se llamaba “Occidente”, su uso se ha generalizado tanto que se la considera prácticamente obligatoria, por lo que eso del «buen servicio» ya no incide.

Pero no en todas partes. La propina es mal vista en Japón, casi como un insulto en el que el cliente se compadece de las malas condiciones –reales o imaginarias- del empleado. Lo mismo en Corea del Sur o en la India. En Nueva Zelanda lo consideran pago doble por un mismo servicio. En Alemania o Suiza se considera que los meseros ganan suficiente como para esperar unos pesos de cada cliente.

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Por otra parte, en muchos países de América Latina los patrones se apropian de la propina y la consideran como parte de su propio ingreso. En el sur de Israel me pidieron propina por atender un baño público. En México, DF, por «ayudarme» a estacionar. Finalmente, en muchos sitios y empleos la propina es el salario.

Aquí, quienes la reciben también la consideran un acto de apreciación del trabajo realizado por parte de un cliente. “Aunque no veas a esa persona nunca más en tu vida, cuando entre un nuevo cliente le recibirás con una sonrisa porque la gente aprecia lo que haces”, me cuenta una mujer sobre sus días de mesera… y aspirante a actriz.

Pero en la enorme mayoría de los restaurantes, peluquerías u hoteles, la propina es una parte importantísima del ingreso. Las autoridades impositivas gravan un excedente de al menos 8% del ingreso de quien trabaja en labores premiadas por propinas, pero su porcentaje en el ingreso es al menos el doble.

Cuando la propina merma, el dinero simplemente no alcanza.

¿Por qué?

Porque en realidad es –en Estados Unidos más que en cualquier otro país desarrollado- un sustituto del buen salario. Porque es una manera encubierta de subir los precios y arrojar el costo del personal de manera directa al cliente. Porque al ser tan prevalente se convierte en parte de los costos. Porque es un remanente de la época de servidumbre donde servía para acentuar las diferencias sociales, como acto de gracia y buena voluntad hacia la servidumbre. Porque es una manera más en que los gobiernos –el nacional, el estatal, el local- se lavan las manos de su compromiso de preocuparse por los habitantes que en teoría los eligen y la sustituyen por un acto medio de caridad, medio de bonhomía, medio obligatorio.

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Perfil del autor

Fundador y co-editor de HispanicLA. Editor en jefe del diario La Opinión en Los Ángeles hasta enero de 2021.
Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y editor de noticias, también para La Opinión. Anteriormente, corresponsal de radio. Tiene tres hijos adultos que son, dice, "la luz de mi vida".

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