Las culpas de la pandemia

En Arizona no existe un plan para el regreso a clases que satisfaga las necesidades de los niños, los maestros, las instituciones, el gobierno ni la pandemia. En todos los escenarios se sacrifica a alguien.

Clases vacías. Foto: Needpix

ARIZONA – Cómo cuesta lidiar con la culpa. La pandemia la empeora, mucho. Uno se siente mal por lo que hace y por lo que no, por lo que quiere y lo que ha abandonado… hasta por lo ajeno. ¿Cómo podemos saber si estamos haciéndolo bien, sí, esto de sobrevivir?

Falta poco para el regreso a clases y la ansiedad se me trepa por mi herniada y adolorida columna vertebral. Hemos decidido que nuestros hijos comenzarán el año escolar en clases virtuales y no sabemos qué pasará después. No sé si es lo correcto. No me quiero torturar más. ¿Soy la única que duda de todo? No lo creo.

Unos días pienso que mandarlos a la escuela mientras se reportan miles de casos diarios sería como enviarlos al matadero. Hay otros que no.

En Arizona no existe un plan para el regreso a clases que satisfaga las necesidades de los niños, los maestros, las instituciones, el gobierno ni la pandemia. En todos los escenarios se sacrifica a alguien. La pregunta que cada familia debe responder es a quién: ¿ellos o nosotros? ¿La salud o la necesidad? ¿La prevención o la educación? ¿El maestro o la tableta? ¿Un año perdido o una vida salvada?…

¡¿Por qué todo tiene que ser tan extremo?!

El gobernador Doug Ducey no da su brazo a torcer. El presidente Trump tampoco. Apresuraron la apertura del Estado y la premura tiene las morgues atiborradas. Pero no desaceleran el paso.

Las escuelas están entre la espada y la pared: Si no ofrecen clases en persona, perderán gran parte de los fondos gubernamentales; si lo hacen, bueno, qué les cuento, si ustedes también han visto cómo están los números de ingresos en los hospitales.

Los doctores locales se unieron para pedir una tregua: Tres meses para que se calme la propagación del virus. Tan solo el primer cuarto del año académico en línea y después, ya veremos. Intentan comprar tiempo para que salga una vacuna, se hagan más pruebas o quizá que se vacíen las camas de las unidades de terapia intensiva locales.

Los maestros también están angustiados. No quieren volver al salón de clases hasta que exista un protocolo que los proteja a ellos y a sus alumnos. Saben que mantener un aula libre de virus es casi tan utópico como pensar que a sus niños no les pasará. Recuerdan el caso de los tres profesores de Arizona que ofrecían clases de verano en línea juntos que se enfermaron; uno de ellos, murió. Si eso pasa en un ambiente controlado, con solo tres personas en un salón de clases, ¿qué podría pasar en un grupo lleno de pequeños de preescolar hambrientos de aventuras y con necesidad de explorar el mundo? No se le puede pedir a un niño que deje de serlo. La pandemia ya les ha quitado mucho.

Pero todo puede cambiar tan pronto como hoy o mañana. Todo es tan complicado y contrastante. Además no solo es la pandemia, son las elecciones. La política se cuela en todo, nos permea, nos oxida, nos vuelve letales.

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