miércoles, octubre 28, 2020
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    Los Davicco: inventores de la metalurgia, el automovilismo y el fútbol grande de Ballesteros

    Con 89 años y radicado en Rosario, Argentina, Narciso Davicco es el último sobreviviente de una familia que marcó para siempre el progreso en el pueblo. Don “Nacho” recordó a su papá Miguel, quien fuera fabricante de galpones en los ´40, creador del club Talleres en el ´45 y piloto de las Mil Millas de Ford T en los ´50.

    Don “Nacho” no ve bien. Dice que es por haber soldado durante años en el taller de su padre. Tampoco escucha demasiado y hay que repetirle en voz alta algunas preguntas o algún comentario. Pero poco importa su vista o su oído, porque cuando relata acontecimientos del pasado es un narrador extraordinario. Y su voz pausada, como si viniera desde muy lejos en el tiempo, tiene la fabulosa virtud de hacerse película sensible en la pantalla de la imaginación. Y esa película es en alta fidelidad y sonido “dolby”. Como si su verbo se volviera el mejor “Blu ray” del mundo. Sobre todo cuando rememora su Ballesteros natal.

    Pero ahora estamos en el 2017 y en el Gran Rosario a casi un siglo de distancia y 300 kilómetros de aquellos días; haciendo la sobremesa con su hijo Julio y su nuera Mariela. Y cuando llegan los postres (cheescake que este periodista prueba por primera vez en la vida)) le pregunto a boca de jarro por los inicios de la “Dinastía Davicco”; aquella que marcó la industria del pueblo a fuego y para siempre. 

    Y la historia que me cuenta es breve o al menos así lo parece por tratarse de un siglo.

    Los comienzos

    “Mi papá, Miguel Davicco, nació en Leones en el año 1901. Pero ¿por qué nació en Leones? –se pregunta don “Nacho”- Traté de encontrarle una explicación y creo que es esta. Mis abuelos eran de Turín, o sea piamonteses. Y llegaron al país con una hija chiquita a fines del siglo diecinueve. Enseguida se vinieron a Rosario y, supongo yo, se compraron una chata con caballos y empezaron a trabajar por los campos donde había paisanos. Primero en Venado Tuerto donde nació el primer hijo argentino, después en Arias donde nació otra nena, y al final en Leones donde nació mi papá. O sea que cada vez se venían más para el lado de Ballesteros. En Leones, mi abuelo tenía mucha relación con los Rosso, otra familia piamontesa. Al punto que don Rosso era casi su consejero italiano. Los dos apenas si sabían el castellano y don Rosso le dice que se vaya a Morrison porque hay mucho trabajo en el ferrocarril y se necesitan obreros metalúrgicos. Y mi abuelo, que había trabajado en la Fiat, le hace caso. O sea que el destino inicial de mi abuelo era Morrison, no Ballesteros. Una vez allá, empezó a trabajar arreglando autos y lo tomó a mi papá de ayudante, que era chiquito. Pero aprendió rapidísimo. Mi abuelo le contaba cómo funcionaba la Fiat y mi papá, sin haber ido nunca a Italia, se manejaba como si siempre hubiera trabajado allá. Así que cuando cumplió los 18 años, un señor Aghemo le vio pinta de metalúrgico y se lo llevó a trabajar con él. Como por ese entonces Ballesteros no tenía luz porque no se había terminado el Dique de Río Tercero, Aghemo le dijo: “vamos a poner una usina en el pueblo del lado”. Así que armaron la sociedad Aghemo-Daía-Davicco. Eso fue en el año 29. Y daban luz desde que la tardecita hasta las doce de la noche. Pero la usina apenas si duró un año”.

    -¿Y por qué duró tan poco?
    -¡Porque nadie pagaba! ¡Y encima ellos no la cortaban la luz a nadie! (risas) No tuvieron más plata para comprar combustible y cerraron. En esa esquina, muchos años después funcionó Epec y estaban los tornillos de la usina…

    -¿Y su papá se quedó en el pueblo?
    -Sí, porque ya se había puesto de novio con mi mamá que venía de Alto Alegre. Así que se la tuvo que rebuscar con otra cosa. Y lo primero que hizo fue ponerse un taller mecánico, que era lo que sabía hacer. Pero de a poco se empieza a meter con las trilladoras y las máquinas a vapor, que había por ese entonces en los campos…

    -¿Y los galpones?
    -Los galpones llegaron después. Y mirá cómo fue. Resulta que por ese tiempo, mi padre me había encargado llevarle la comida a él y a la gente del campo. Y empezamos a ver que necesitábamos fabricar bulones para arreglar las trilladoras. Yo tenía un amigo en Guatimozín, don “Pancho” Bainotti, a quien le había trillado varias veces el campo. Y lo fui a ver para que me aconsejara. Él era un hombre muy práctico y me dijo “olvídense de las trilladoras y hagan galpones. Yo tengo tres máquinas de soldadura al tope y se las presto”.

    -¿Por qué les aconsejó eso?
    -Porque en esos tiempos no entraba materia prima al país debido a la Segunda Guerra Mundial. Si vos querías hacer un galpón o un techo de losa ¿a dónde conseguías los fierros? ¡No había por ningún lado! Acindar recién empezaba, pero estando en Ballesteros, era imposible hacer semejante viaje para traer material. Y entonces Bainotti nos dio la idea: “Cómprense diez mil kilos de clavos barrera y los van soldando con la máquina que yo les presto…” Soldadura a punto y sin electrodos… Una idea fabulosa… Los clavos barrera eran como estacas de 40 centímetros de alto y diez milímetros de espesor que se clavaban en chapones a la tierra para proteger la cosecha de la langosta.

    -¿Cómo?
    -En esos tiempos la langosta no se fumigaba todavía; el veneno se descubrió justamente en la guerra. Así que se ponía un chapón en el piso clavado con esos fierros como estacas, la langosta chocaba contra la barrera y después se la quemaba. Cuando pasó la plaga, los colonos le habían devuelto los clavos barreras al Estado, porque eran a consignación. Y el Estado te los vendía a través del Ministerio de Defensa Agrícola. Así que empezamos a comprar a los depósitos de Río Cuarto, San Francisco, Villa Nueva… En la fábrica de mi padre soldamos 400 mil kilos para hacer estructuras y armamos galpones por todo el país. Por eso te digo que no veo bien…

    -Y armaron un pequeño imperio en Ballesteros…
    -No sé si un imperio pero tuvimos muchísimo trabajo y empleamos un montón de gente. Pero mi padre no tenía espíritu empresarial y supongo que ninguno de sus tres hijos varones. Creo que siempre fuimos gente servicial, trabajadores que siempre pensamos más en resolverle problemas a la gente que a enriquecernos. Imagináte que mi papá jamás se compró un campo y hasta el último día trabajó con nosotros…

    -Llegaron a tener un galpón inmenso que ahora está abandonado…
    -Sí, el galpón de la discordia le llamo yo. Por esos tiempos parecía que yo estaba de más, así que decidí venirme a Capitán Bermúdez. Fue en el ´70. Julio tenía un añito. Y mirá lo que son las casualidades. Yo había venido acá con mi papá en el año ´35, cuando este lugar todavía se llamaba Juan Ortiz en honor al hombre que cedió las tierras. Recién se instalaba la celulosa. Después se cambió el nombre a Capitán Bermúdez. Cuando llegamos, pusimos el taller. En ese tiempo mis dos hijas mujeres soldaban conmigo, así que volvimos a ser una empresa familiar pero en otro lado…

    -¿Y cómo fueron los comienzos? 
    -Duros, pero después tuvimos épocas mejores. Hace unos 20 años yo estaba por dejar todo, pero por suerte continuó Julio. Él se armó una empresa mediana y hacemos galpones para la ciudad y el campo. Julio, además, armó unas canchas de fútbol cinco atrás de la fábrica… Ya las vas a ver…

    Ballesteros en tiempos de Perón

    Casi todos los recuerdos que me contará don “Nacho” a partir de ahora, van del ´45 al ´55, década marcada a fuego por el peronismo. Sin embargo, sus memorias están absolutamente despolitizadas. Porque a imagen y semejanza de su padre, Narciso Davicco es un hombre apasionado por el trabajo sobre todas las cosas. Y los autos, el deporte y las máquinas. Y lo primero que me referirá es, precisamente, el aterrizaje forzoso de tres aviones a chorro en Ballesteros. Algo tan impresionante como el avistamiento de tres “naves alienígenas” sobre la torre de la iglesia.

    “Fue en el año ´49. De eso me acuerdo porque estaba por entrar en el servicio. De pronto se escuchó un ruido bárbaro y todos salimos a ver qué pasaba. Y vimos por primera vez en la vida tres aviones a chorro, porque en esa época todos eran a hélice. Pasaron rasantes sobre el pueblo y alguien gritó “¡Allá bajó uno! ¡Allá bajó otro!” Y todos corrimos al pavimento (Ruta 9) ¡Imagináte que esas máquinas tocan tierra a 300 kilómetros por hora! Decí que no había nadie cuando aterrizaron… Pero se ve que enseguida apareció un auto y uno de los aviones se tiró a un lote de trigo que ya estaba para cosechar. Corrió 300 metros y el campo se quedó como si hubieran pasado un arado. Mi papá en ese momento era comisionado municipal. Así que lo fueron a buscar. Y como tenía un tractor lo trajo para ver si podía sacar el avión… Ni lo movió! ¡Qué lo iba a mover si pesaba 6 toneladas! Así que con unos amigos juntó 2 tractores, lo sacaron de culata y lo llevaron a un potrero de centeno, que era un piso más firme. Así que llegó el camión de combustible de Córdoba pero el avión tampoco levantaba con el centeno. Era un sábado y se hacía de noche así que al otro día cortaron la ruta y antes de levantar vuelo el piloto le dijo a mi papá: “Bueno, después me pasa la factura del remolque”. Pero mi papá le dijo “¡Qué le voy a cobrar, amigo! Háganos una pasadita, nomás” Así que el tipo subió al avión, se fue carreteando para el lado de Morrison y pasó por el pueblo a 5 metros de los cables. ¡Venía a 900 kilómetros por hora! Nos quedamos mirando eso y a los pocos segundos ya lo habíamos perdido de vista en el horizonte. Todavía me quedó el vuelo de ese avión en la retina…”

    -¿Y por qué habían aterrizado en Ballesteros?
    -¡Porque los pilotos eran muy jóvenes y no conocían la zona! Venían de Punta Indio, en Buenos Aires, y tenían por destino Las Higueras, una base militar pegada a Río Cuarto. Pero tomaron a Villa María por Río Cuarto y Las Higueras no estaban… ¡Y se les terminó el combustible! Otro de los aviones que aterrizó en la ruta, por esquivar un auto se tiró a la banquina y al chocar con un poste se quedó sin un ala. Al otro día se llevaron el que estaba en el trigo y al del ala rota lo dejaron en el hotel “Don Pepe”. Estuvo 15 días parado hasta que lo vinieron a reparar… Vino un montón de gente a sacarle fotos…

    El otro recuerdo que guarda don “Nacho” es el de la construcción de los silos por la Junta Nacional de Granos. “Por ese tiempo yo compraba la revista Mecánica Popular y me la leía entera. Y cuando clavaron las estacas de 18 metros para hacer los cimientos, fui todos los días. Era increíble que esa obra ilustrara lo que yo iba leyendo. Lo levantaron en dos meses y era un placer ver trabajar a esos hombres y esas máquinas”.

    Y ya que hablamos de máquinas le pregunto por su padre, que fue un reconocido piloto de automovilismo.
    “Mi padre corría en la categoría Ford-T con un acompañante. A veces era mi hermano y otras veces un copiloto de Buenos Aires. Y en las Mil Millas Ford del año ´50 salió quinto en un tramo que arrancaba en Bell Ville. Yo también corrí 31 carreras pero en la categoría de Ford-T semipreparado para uno solo. Gané en La Carlota y salí segundo en Etruria y San Francisco. Corrí en varios pueblos de la provincia y también en el Parque Sarmiento de Córdoba. Creo que el automovilismo es el único deporte en que me destaqué un poco… Una vez en Ballesteros habían hecho un ring de boxeo atrás de la iglesia y nos pusieron unos guantes con mi hermano. Me puso una piña que me dejó sentado y me escapé… (risas) Al fútbol era defensor pero del montón, así que también abandoné…

    -Sin embargo no abandonó del todo porque estuvo en la fundación de Talleres, en aquel abril del ´45…
    -¡Claro! El club nació por un penal mal cobrado en un campeonato de Baby de ese año. El equipo de los “talleres” se llamaba La Tuerca, y jugábamos contra Estudiantes, que era el equipo de Tiro y Gimnasia. Ese día no se llegó a las trompadas de casualidad y se dividió el pueblo en dos. Y mi padre les dijo a los de Estudiantes “¡Les voy a armar un club, carajo!”. Y esa noche se juntaron en mi casa como 50 personas para firmar la renuncia a Tiro y Gmnasia. Esa noche nació Talleres de Balesteros, porque el nombre “La Tuerca” no combinaba mucho (risas)…

    -Y dicen que al otro día ya hubo una sede…
    -No sé si al otro día pero mi papá le alquiló enseguida un salón a don Luis Carignano, que tenía una heladería en la esquina de San Martín y República Argentina. Ese fue nuestra primera sede. Mi papá fue el secretario, yo el primer prosecretario y Osvaldo Bollo el primer secretario. Don Juan Kiehl fue el primer presidente. Y mi papá lo invitó al doctor Lafourcade, que había sido intendente y diputado provincial, porque sabía discursear. Así que Lafourcade dictó las primeras actas. Nos hacía ir a la noche con el Osvaldo Bollo para dictarnos. Y como era muy exigente, modificaba a cada rato las frases. Así que estábamos hasta las 3 de la mañana copiando y borrando y pasando en limpio… Hace poco vi que esas actas aún estaban en el club…

    -¿Cuál fue el origen de los colores?
    -¡Hubo una discusión bárbara! Resulta aquel campeonato de Baby lo habíamos jugado con unas camisetas de Newells que yo traje de Rosario. ¡Y no las querían seguir usando! Así que se resolvieron unas camisetas del color de la bandera, a tres franjas verticales como el escudo del club. Yo compré el primer juego de camisetas a TextAid, de Rosario.

    -¿Y la cancha?
    -¡Ese sí que era un drama! Resulta que el doctor Samamé era el intendente y manejaba el Estadio Municipal. Pero a la vez, el padre Company lo manejaba al doctor Samamé (risas). Así que quedó en que le prestaba la cancha un domingo a Tiro y otro domingo a nosotros. Pero una vez que estábamos comiendo en casa, sonó el teléfono. Era Samamé que le decía a mi papá: “No te voy a poder prestar la cancha el domingo que viene”. ¡ nosotrosY teníamos un partido programado con La Playosa! Eso fue un lunes. Así que teníamos 6 días para solucionarlo.

    -¿Y qué hicieron?
    -Mi papá agarró su camioncito y empezó a recorrer el pueblo hasta que encontró una manzana vacía. Era un terreno baldío a cuatro cuadras del Busto de San Martín, para el lado de Morrison. Así que consiguió una “champion” y empezó a emparejarlo. Después en el taller uno hizo los arcos, otro la red, los banderines, los bancos… Al final la dejamos la cancha lista, aunque sin nada pasto… ¡Era un tierral bárbaro! El tema era cómo cobrar las entradas porque no había pared ni alambrado.

    -¿Y cobraron?
    -Pusimos las boleterías una cuadra antes en cada esquina. Pero algunos pasaban y no se lo podíamos impedir porque era gente del barrio. Igual recaudamos algo, y eso sirvió para los gastos. Al final le ganamos a la Playosa y el domingo siguiente le devolvimos la visita. Me acuerdo que tenían una cancha linda y que nos dieron dos piezas en un hotel para que se cambiaran los jugadores. Y en el espejo del ropero habían escrito con tiza líquida: “¡Bienvenidos, camaradas del deporte!” Nunca habíamos visto una cosa así. Al final del partido nos dieron un té con leche para los dos equipos. Un espectáculo…

    -¿Se acuerda de los jugadores de aquel equipo?
    – El “Cacho” Oviedo al arco, el “Cito” Martellono que era mi concuñado con el “Municaco” Rodríguez de defensores, también el Regino Díaz… Me acuerdo de uno de los primeros campeonatos que ganamos con esos jugadores. Fue un relámpago en La Laguna. Íbamos en una casilla con motor que había fabricado mi papá, una especie de chasis parecido a un colectivo. Tuvimos la suerte que vinieron dos ferroviarios que habían jugado para Newells, uno se llamaba Munaretti… Qué pedazo de jugadores… Eran partidos de 15 minutos porque eran muchos equipos. Participaba Santa Eufemia, Ausonia y varios cuadros de la zona. Y lo ganamos de punta a punta. De ahí en adelante, siempre estábamos a la pesca de algún cambista que fuera bueno para el fútbol… (risas)

    -¿Extraña Ballesteros, “Nacho”?
    -No… Ya casi no me quedan amigos allá… Bueno, el único que me queda es el “Chochi” Anastasía y también el Julio Kiehl, que es mi primo hermano. Pero hace más de media vida que estoy acá en Bermúdez. Y estoy con mi hijo, con mi nuera, con mis nietos… Me gustaría estar más cerca de mi hija Cecilia que vive en los Estados Unidos, pero voy a visitarla de vez en cuando y ella viene también… No se puede tener todo ¿no?

    Minutos después de la entrevista, nos vamos con la familia Davicco en una chata doble cabina a las canchas de fútbol cinco, tras la fábrica. En pocos minutos una chica vendrá a leerle a “Nacho” durante dos horas libros, diarios, revistas. “¿Mecánica Popular?” le pregunto. “¡Sí! ¿Cómo sabés?” me contesta riendo el último Davicco de aquellos tiempos.

    Entonces le saco una foto al frente de las canchas con su hijo Julio. Y detrás de ellos aparece el cartel con ese apellido venido de Turín a fines del siglo diecinueve pero que fuera marca registrada de Ballesteros en el veinte. La foto los toma sonriendo y en los anteojos de sol de don “Nacho” veo, o acaso creo ver espejados, tres aviones a chorro; esas máquinas aladas que se pierden en el cielo inmenso de su memoria.

    Esta entrevista fue originalmente publicada por Iván Wielikosielec en FB.

    [sc_fs_faq sc_id=”fs_faq9avxj569r” html=”true” headline=”h2″ img=”” question=”¿Por qué se lo recuerda a Miguel Davicco en Ballesteros, Argentina?” img_alt=”” css_class=”” ]Miguel Davicco fue fabricante de galpones en los ´40, creador del Club Talleres en el ´45 y piloto de las Mil Millas de Ford T en los ´50.[/sc_fs_faq]

    Ivan Wielikosielec
    Ivan Wielikosielec
    Escritor y periodista argentino (Córdoba, 1971). Ha publicado libros de relatos y poesía (“Los ojos de Sharon Tate”, “Príncipe Vlad”, “Crónicas del Sudeste”) y desde hace diez años reside en Villa María, Córdoba, donde colabora para diversos medios gráficos e instituciones culturales.

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