viernes, noviembre 27, 2020
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    Mi amigo parte el pan un viernes de invierno

    Mi amigo parte el pan un viernes de invierno y acaso parezca un símbolo o un presagio pero es lo que realmente está haciendo.

    Mi amigo nos ha invitado a comer pizzas caseras con mi mujer un viernes a la noche. Nos ha invitado porque hacía tres semanas que no nos veíamos y quería compartir la cena con su familia y la mía, con su compañera y la mía. Y quería que habláramos de fútbol y literatura (las dos cosas que más le interesan en el mundo), pero también porque quería brindar a la salud de la obra de teatro en la que actúa y a la salud del librito de cuentos que saqué.

    Y así es que, mientras mete las pizzas en el horno y con la sobra de la masa, mi amigo ha hecho dos pelotas nuevas. Y las ha ido redondeando entre sus manos como cuando hacíamos pelotas de trapo leudadas en lentas siestas de la infancia.

    Mi amigo es escritor y poeta; actor y profesor. Pero mientras amasa casi que no habla. Se ha quedado mudo y concentrado en su bola, que parece que muy pronto lanzará a la boca del horno como en el béisbol. Y mientras yo tomo cerveza no paro de hablar. Le digo, retomando una vieja charla, que “Al Este del Edén” de Steinbeck es una de las mejores novelas que leí en mi vida; que este año le tengo una fe ciega a San Lorenzo; que me encantó el diseño que me hizo su mujer, Carolina, para mis cuentos.

    “¿Y tu libro? ¿Qué me decís de tu libro?”, me pregunta súbitamente y con ojos perdidos. Entonces soy yo el que se vuelve mudo. Pero al rato le digo “mejor no hablar de lo que uno escribe”. Y por toda respuesta, él hace dos tajos en los panes como escritura. Dos tajos tan parecidos a signos cuneiformes en la arcilla fresca de Ur. Mi amigo parte el pan un viernes de invierno

    Pero no es por nada en especial que mi amigo no habla. Sino que cuando amasa, su “yo” pareciera evaporarse en un silencioso “nosotros”. Y adivino que así, con las manos enguantadas de engrudo, acaba de alcanzar algo parecido al estado de gracia.

    Entonces le digo algo que de pronto me viene a la cabeza y que acaso contesta su pregunta: “Borges decía que la mayor suerte de un escritor es volverse anónimo”. Pero él, como despertando de un sueño, levanta la cabeza de la masa, me mira y me sonríe. Y tras sacar las pizzas y meter los panes nos llama a la mesa. Y como en una ceremonia de precisión corta los discos redondos en perfectos cuadrados, exceptuando los bordes; son porciones muy parecidas al espaciado de la escritura sumeria. Y la especial de roquefort y la de palmitos con salsa golf parecen textos separados en páginas a puro golpe de cuchillo.

    Y entonces, como tras un breve estado de hipnosis, a mi amigo le vuelve el habla. Y propone un brindis por la amistad, por su obra de teatro y por mi último libro. Y yo no puedo dejar de pensar, al brindar, que estamos volviendo en el tiempo. Que la cerveza fue la primera bebida de la humanidad y que los sumerios tenían un ideograma especial para dibujarla; un recipiente semejante a un vaso cruzado de rayas como ondas que significaban la espuma.

    Ellos, los primeros agricultores de la cebada, fueron también los primeros fabricantes de cerveza del mundo. Ellos, los inventores de la escritura, fueron los primeros poetas y Gilgamesh el primer héroe épico; el primer Súperman del que se tengan noticias.

    Pero a esto no se lo digo para no parecer lo que realmente soy; un pesado cuando hablo de los sumerios y del arte asirio. Y entonces las que empiezan a hablar son las chicas. Primero Caro y luego Fabiana: trabajo, psicoanálisis, política. Con mi amigo cambiamos tranquilas ideas de fútbol y de libros. Luego, sin saber por qué, ponemos en el tele videos de Gilda y Leonard Cohen.

    Al final de la noche y cuando ya nos vamos, él saca los panes cocidos del horno. Dos bollos dorados y crujientes color centeno. Cáscaras de fuego que se deshojan de calor como las hojas de un árbol crepitante.

    “Para ustedes” nos dice mientras abre el suyo y lo prueba y lo reparte. Y ahí es cuando pienso (y acaso escribo mentalmente) “mi amigo parte el pan un viernes de invierno y acaso parezca un símbolo o un presagio. Pero es lo que realmente hace”.

    Y lo que está “realmente haciendo” (me doy cuenta ahora) es repetir la comunión; es decir reeditar la ceremonia más importante de la especie.
    Y lo que está haciendo ahora (vuelvo a decirme) es convertir un amigo en hermano; la alquimia más humana de la cual los hombres tengan memoria.

    Por todo eso, por lo dicho y por lo no dicho, por esos panes sacados del horno de tu corazón con sus tajos profundos como escritura, gracias Jorgito querido.

    Porque yo necesito palabras para sentir que te ofrezco algo (una conversación, una idea) mientras que vos con tu profundo silencio, nos estabas dando aquel viernes santo una familia y una casa.

    Ivan Wielikosielec
    Ivan Wielikosielec
    Escritor y periodista argentino (Córdoba, 1971). Ha publicado libros de relatos y poesía (“Los ojos de Sharon Tate”, “Príncipe Vlad”, “Crónicas del Sudeste”) y desde hace diez años reside en Villa María, Córdoba, donde colabora para diversos medios gráficos e instituciones culturales.

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