Poder absoluto: la derecha se mira en el espejo de la izquierda autoritaria
La historia política del siglo XX se ha narrado, muchas veces, como una pugna ideológica entre dos polos opuestos, el capitalismo liberal de Occidente y el comunismo estatal del Este. Uno prometía libertad individual, democracia representativa y economía de mercado. El otro, justicia social, igualdad material y una comunidad sin clases. Sin embargo, a lo largo del tiempo, los extremos de ambas ideologías comenzaron a adoptar prácticas similares, especialmente en lo referido al control del poder.
Como si de una ironía geográfica se tratara, caminando lo suficiente hacia el Oeste uno acaba llegando al Este, es decir, muchas políticas de derecha terminan pareciéndose, en sus formas y métodos, a las dictaduras de izquierda que decían combatir.

El fenómeno no es nuevo, ya George Orwell, tras luchar en la Guerra Civil Española y presenciar las purgas estalinistas, advertía que los regímenes totalitarios, sin importar su signo ideológico, compartían una misma lógica de dominación. En «1984«, la figura omnipresente del Gran Hermano, el culto a la obediencia, la reescritura del pasado y la vigilancia constante no estaban reservados a un tipo de dictadura particular, sino que representaban un modelo de poder absoluto.
Ese modelo se expande peligrosamente, desde una utopía marxista o desde una cruzada nacionalista, compartiendo el mismo resultado: supresión de disenso, verticalidad absoluta, y una ciudadanía infantilizada y temerosa.
La paradoja autoritaria
Uno de los mecanismos más sutiles y peligrosos, en el juego político es que los extremos tienden a parecerse. En su célebre teoría del “arco político”, el filósofo francés Jean-Pierre Faye sostuvo que los polos más alejados del espectro ideológico no son lineales, sino que se curvan, y en ese arco curvo los extremos terminan por tocarse. De esa manera, aunque presentaban diferencias doctrinarias, fascismo y comunismo coincidían en su estructura, partido único, propaganda masiva, represión, control de la prensa, culto a la figura del líder, persecución del “enemigo interno” y sistematización del miedo.
Cuando un régimen de derecha recurre a censurar medios de comunicación, hostigar a opositores políticos, acusar de traidores a quienes piensan distinto, o erigir al líder como figura mesiánica que concentra todo el poder, no hace sino reproducir los mecanismos del totalitarismo que en otras épocas adjudicaba exclusivamente al comunismo. El «enemigo de la libertad» cambia de rostro, ya no se llama “burgués” o “imperialista”, sino “periodista corrupto”, “traidor a la patria” o “marxista cultural”, pero el procedimiento de exclusión, miedo y silencio es el mismo.
Neoliberalismo autoritario
Un caso paradigmático es el del liberalismo autoritario, en su formulación más pura, el neoliberalismo, defendido por Friedrich Hayek o Milton Friedman, promueve la reducción del Estado, la libre empresa y el mercado como regulador social. Sin embargo, cuando estos ideales se implementan sin límites democráticos ni controles institucionales, suelen ir acompañados de formas autoritarias de gobierno.
Hoy, en países como Estados Unidos, Argentina y otros, líderes que se autodenominan paladines de la “libertad” o de la “libertad de expresión”, atacan sistemáticamente a periodistas, desmantelan organismos autónomos y concentran el poder como figuras presidenciales con inclinaciones mesiánicas. Mientras que en el discurso se combate al «comunismo», en la práctica se imitan sus métodos más autoritarios.
La propaganda, la uniformidad discursiva, el aplastamiento del pluralismo y la exaltación del líder no son invenciones del socialismo. Son herramientas de todo régimen que pretende unificar el pensamiento y eliminar el conflicto inherente a la democracia.
El Líder eterno y el estado-padre

Otra semejanza inquietante es el culto a la personalidad, tanto Stalin como Hitler, Mao como Mussolini, Chávez como Trump, Perón como Bolsonaro, Kirchner como Milei, cada uno en su estilo, se presentaron como encarnaciones del pueblo, intérpretes únicos del destino nacional, dueños de la verdad.
Todos en nombre del pueblo persiguen al pueblo. El líder deja de ser funcionario y se convierte en mito viviente. Sus palabras son doctrina, sus decisiones infalibles, su biografía parte de la épica nacional, cuando el pensamiento crítico desaparece, no hay ideas, hay obediencia, surge lo que en el socialismo es “el partido guía”, en la derecha autoritaria se convierte en “la voluntad del presidente”.
La verticalidad absoluta en la toma de decisiones, la eliminación de contrapesos y la dependencia del aparato estatal respecto de una sola figura no reproduce el modelo, lo consolida. De ahí que la ideología deje de importar tanto como la forma en que se ejerce el poder. Las dictaduras, mal llamadas de izquierda o de derecha, funcionan como máquinas de obediencia, y en ese sentido se parecen más entre sí que a sus respectivas democracias.
El enemigo interior, un espejo común

Toda dictadura necesita un enemigo, en las de izquierda, se trataba del capitalista, el burgués, el “contrarrevolucionario”; en las de derecha, el comunista, el subversivo, el agitador cultural, ya que ambas ideologías crean un “otro interior”, una figura a eliminar simbólicamente, y a veces físicamente, para purificar la patria, la persecución ideológica, el señalamiento público, la censura, el exilio, son estrategias comunes que revelan una estructura paranoide del poder, donde la pluralidad se vive como amenaza y la diferencia como traición.
Los extremos se abrazan
La frase “Caminando al Oeste llegarás al Este” sintetiza una verdad incómoda, cuando el poder se absolutiza, el discurso se uniformiza, y el miedo se institucionaliza, ya no importa si el color de la bandera es rojo o azul, lo autoritario se reconoce por sus formas, no por su ideología declarada, a veces, quienes dicen defender la libertad acaban instaurando regímenes tan opresivos como aquellos que combatían, la historia no camina en línea recta, gira, se dobla, y a menudo los extremos se tocan.
En un tiempo donde resurgen los discursos maniqueos, las simplificaciones ideológicas y las apelaciones al líder fuerte, conviene recordar que la libertad no se defiende solo en el discurso, sino en la práctica, en la existencia de instituciones autónomas, en la pluralidad de voces, en el respeto al disenso y en la capacidad de decirle no al poder, venga de donde venga.
Porque si no, mientras marchamos hacia el Oeste, sin darnos cuenta, ya estaremos entrando por la puerta del Este.




Este es un artículo intelectualmente mediocre en el que se mezclan líderes y procesos políticos en una enredadera que ni el mismo autor debe saber de qué habla. Que repase la historia y utilice categorías analíticas apropiadas. No merece ni siquiera ser debatido.