El eterno optimismo del mexicano

La alegría del mexicano. La multicitada alegría natural del mexicano que ante la tragedia hace un chiste, que en la adversidad se ríe del mundo, que en la desgracia cuenta sus pocas posesiones y las convierte en una bendición. El optimismo del mexicano, que a pesar de malos gobiernos, de altas traiciones, de pobreza inmunda, de injusticia y chingas que duran una vida, cuando se le pregunta afirma ser feliz. La buena sangre del mexicano que se indigna, que se llena de rabia, pero que vuelve a salir a la calle para seguir luchando porque está seguro de que mañana será un día mejor.

El 16 de diciembre asesinaron a Marisela Escobedo en la ciudad de Chihuahua, al norte de México. Marisela se encontraba en la calle, parada frente al edificio de gobierno del estado que lleva el mismo nombre, colocando una manta de protesta. De pronto, un hombre bajó de un auto, se acercó a la mujer y le disparó en la cabeza a quemarropa. Marisela quedó tirada en el lugar mientras el hombre se subía a un auto y se marchaba de ahí.

La muerte de Marisela es la irónica y dolorosa conclusión de una historia que empezó en 2008, con el asesinato de su hija Rubí, de 16 años, en Ciudad Juárez, la tristemente célebre Juárez de los feminicidios. Entonces esta mujer empezó una cruzada para dar con los restos de su hija, para encontrar al culpable y para lograr castigo para él. Las dos primeras cosas las consiguió: Marisela halló los restos calcinados de su hija e identificó a Sergio Rafael Barraza como el autor material del asesinato. Una vez presentado ante la justicia, Barraza reconoció ser el autor del crimen e incluso dio detalles del sitio en donde descuartizó y quemó los restos de la chica. Sin embargo un grupo de jueces decidió que la declaración del hombre no era evidencia suficiente y lo dejaron salir. Cuando tras la apelación se le dictó formal prisión, Barraza ya se encontraba prófugo.

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Murió años después en un enfrentamiento con los militares. 

Marisela inició una cruzada para encontrar al tipo, al tiempo que organizó una serie de protestas en contra de las autoridades de Chihuahua que, como a tantas madres de mujeres asesinadas, la dejaron sola. Pocos días antes de su muerte, esta mujer denunció en una entrevista haber recibido amenazas por parte de personas vinculadas con Barraza. Lo dijo a los medios, la gente lo sabía y el gobierno de Chihuahua también debió saberlo. Sin embargo nadie hizo nada para protegerla mientras se encontraba de “plantón” frente a las custodiadas oficinas del gobernador del estado más violento de México.

Un hombre bajó de un auto y le disparó. Marisela cayó al suelo, fue llevada al hospital y murió. Y no la habían sepultado aún, cuando un grupo de hombres secuestró a su cuñado, Manuel Monge, y quemó la carpintería propiedad de la pareja de Marisela.

Un día después, la familia Escobedo lloraba a la chica muerta dos años antes, a la madre que buscaba justicia, al cuñado que nada debía en el asunto, pero sobre todo, lloraba por la impotencia de tener que defender lo justo incluso con la vida y siempre llevar las de perder.

Después del incendio de la Guardería ABC en Sonora, esta es la historia que más me ha indignado en los años recientes del México calderonista. Me hierve la sangre de pensar en un gobierno indiferente al dolor de las madres que pierden a sus hijos; un gobierno indolente ante su responsabilidad de proteger a sus gobernados; un gobierno arrogante que no reconoce sus errores, que busca culpar a otros.

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Tras el caso Escobedo, pensaba yo, lo mínimo que tendría que pasar por dignidad es que el gobernador presentara su renuncia; ese gobernador que no pudo proporcionar vigilancia a una mujer que a las puertas de su oficina pedía justicia con la vida mientras su vida pendía de un hilo; un gobernador que pasado este asesinato, no tuvo la mínima decencia de proteger al resto de la familia.

Sin embargo no pasa nada. En México, tras ocurrir las cosas más espantosas, no pasa nada. En los últimos meses hemos visto morir quemados a 49 bebés, y no hay una sola persona en prisión por ese delito, y no hay una sola autoridad retirada de su cargo. Hace unas semanas, trabajando en la redacción de mi periódico, me llegó la foto del cuerpo ensangrentado de Luis Carlos Santiago, el joven estudiante de periodismo de 21 años, asesinado en su auto por un comando en la propia Ciudad Juárez. Y hace unos días, todos pudimos ver en un video de una cámara de –ironías– seguridad, el cuerpo inerte de Marisela yaciendo en el piso mientras la gente seguía su paso.

Esa noche me fui a la cama convencida de que México ya tocó fondo. Después de esto, no se puede caer más. No entiendo, no sé que hay en la sociedad mexicana que hace que permitamos que pasen las cosas y que todo se quede igual. La sociedad mexicana está anestesiada, pensé. ¿Qué tenemos, qué hay en nosotros que nos hace indignarnos hasta la médula, pero que nos permite seguir tolerando lo que en muchas otras sociedades ni remotamente sería perdonado?

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La respuesta me llegó a través de una amiga en una cita del escritor José Saramago.

«Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.»

Y, agregaría yo, siempre tienen la esperanza de que mañana será un día mejor.

Ahora estoy convencida: en México somos los eternos optimistas.

***

Perfil del autor

Eileen Truax nació en la hermosa Ciudad de México. Es periodista y bloguera, pero sobre todo chilanga hasta el tuétano. Aprendió a leer a los tres años y después a escribir; lleva toda la vida atrapada en ello. Durante quince años ha sido reportera de temas políticos y sociales en los dos lados del Río Bravo. Metiche sin remedio, viviendo en México fue a ver qué había del otro lado de la barda y decidió quedarse un rato en Los Ángeles. En esta ciudad trabaja para el diario La Opinión y mantiene con vida a su pequeña productora de documentales, Malaespina Producciones. Eileen es autora del blog “Migrantes”, en el diario mexicano El Universal y es amante de la música, el cine y los tacos al pastor. Por cierto, aún no encuentra en Los Ángeles unos como le gustan; se aceptan recomendaciones.

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