TIJUANA BLUES: Pancho y El Panchillo, por Marga Britto

 

Pancho perdió a su papá cuando era muy pequeñito. Su padre era un funcionario de alto nivel en la Penitenciaría de la Mesa (La Peni) y durante un motín a finales de los 70’s, Panchito se quedó sin Papá.

La madre de Pancho, muy guapa y parlanchina, era de esas mujeres a las que la elegancia de plano no se les da, pero saben muy bien cómo amenizar una reunión y conquistar al más duro de los corazones. Proveniente de una familia de conocidos comerciantes locales, “luchona” de nacimiento; se las arregló muy bien como madre soltera para darle a Pancho y a las dos hermanas de éste, todo lo que necesitaran y más: casa, vestido, comida y educación,  siempre en las mejores escuelas privadas de la ciudad.

Recuerdo mucho el rostro de Pancho porque además de ser un niño adorable, sus facciones eran muy similares a las del personaje de mi caricatura favorita: Speed Racer, ya saben: cejón, ojón, nariz y labios finos, chiquito, nunca creció mucho, pero como dice el refrán: “de lo bueno poco” y vaya que era buen niño, buen hermano, buen hijo y muy buen amigo.

De pequeños nos frecuentábamos mucho, nuestras madres eran amigas desde la infancia, y muchas veces fui testigo de cómo a muy corta edad Pancho tomaba responsabilidades en su casa y en el negocio de la madre, como si fuera mucho mayor.

En la secundaria nos perdimos un poco la pista, seguramente algún disgusto se daría entre nuestras progenitoras, ya que no encuentro otra explicación para el cese repentino de excursiones, idas al parque, juegos de voleibol en la cochera de su casa, o basquetbol en el jardín de la nuestra, y sobre todo la interrupción de nuestra travesura favorita: registrar los compartimentos secretos del armario de la madre, donde siempre encontrábamos lo mismo: fotos antiguas y otras no tan antiguas donde aparecía la familia completa, con el padre de Pancho siempre sonriendo. Pero más allá de las fotos con el vivo recuerdo del padre, a Pancho lo que más le interesaba de la transgresión al armario materno eran dos plumas fuente, a las que contemplaba con mística dedicación. Esas plumas fue lo único que pudieron recuperar del escritorio del padre, después del motín.

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Volvimos a frecuentarnos cuando Pancho estaba a punto de graduarse de la Prepa, y aunque no con la misma frecuencia que cuando niños, nos vimos lo suficiente para darme una idea del giro que había dado su vida.

En el Instituto México, Pancho era popular, pero aun más popular lo era quien por un tiempo presumió como su mejor amigo: El Panchillo. Compartían el mismo nombre y su sed para los negocios, pero no el legado familiar, pues el Panchillo pertenecía a una casta de ‘pesos pesados’, que le abrieron muchas puertas a Pancho, gracias a su amistad con el retoño, al menos durante un tiempo.

Una buena época Pancho y el Panchillo fueron inseparables, haciendo un negocio tras otro: que una casa de cambio, que unos locales acá, que un terrenito mas allá, etc. etc. , y ni hablar de las fiestas y los viajes y los coches.

La madre de Pancho hablaba con mucho orgullo de la amistad de su hijo con el Panchillo, y no tenía ningún reparo en “presumir” los apellidos y procedencia ilícita de la riqueza de la familia de éste. Parecía no preocuparle de dónde venía todo ese dinero, ni las posibles repercusiones de los “negocios” en los que estaba involucrado el padre del retoñito. Encima, elogiaba al nene del narco, porque a pesar de “ser hijo de quien es”, era “bien sencillo” y “quería mucho” a su hijo, pues “no lo dejaba ni a sol ni a sombra”.

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Un par de años después de la fiesta de graduación de la prepa de Pancho y el Panchillo, las cosas empezaron a cambiar. Para empezar, otra vez se distanciaron nuestras madres, pero ahora la mía compartió sus razones con nosotros: no son buenas compañías con las que anda Pancho, no me gusta nada “en lo que anda”.

Ese “en lo que anda” nunca me quedó muy claro, tenía mucho Kurt Cobain en la cabeza para ponerme a pensar en la amenaza del narco en Tijuana. Lo que si alcanzaba a ver era que Pancho no era el mismo de antes, y las pocas veces que coincidimos, su chispa se había apagado, se le veía intranquilo, apenas llegaba a un lugar ya se quería ir no se adonde.

La ultima vez que vi al pancho estaba en una cabina telefónica afuera de un Oxxo, me vio pero no me saludó. Se le veía ansioso, descompuesto y le brillaban la frente y las mejillas como después de haber sudado por algún esfuerzo, probablemente de caminar con prisa o correr. No me saludó y yo por un raro instinto de supervivencia hice lo mismo.

Para entonces mi madre ya tenía mucho tiempo de haberle “retirado” su amistad a la madre de Pancho, así que no teníamos mucha idea de qué había pasado entre la graduación y el día de la cabina.

Seguramente nada bueno, porque a los pocos días el cadáver de Pancho fue encontrado a la mitad de la carretera que lleva al Spring Break, con los sellos distintivos del salvajismo del narco.

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Contrario a la opinión de la madre de Pancho, El Panchillo no era sencillo ni mucho menos. Era un arrogante retrógrado, sin ningún respeto ni educación, pero cuando hay dinero eso se le perdona a cualquiera, ¿verdad? Y si no, ¿explíquenme cómo es que el narco logró penetrar el tejido social en nuestro país, México? ¿Solito? No, lo siento, entró precisamente porque a más de la cuenta les importa un bledo de dónde y cómo llega el dinero.

Llámenme Insumisa pero: Sres. Padres de Familia, cuando se les meta en la cabeza la estúpida idea de llevar a sus hijos a la Piñata del “hijo del narco” de su escuela, acuérdense de esta historia.

© Marga Britto 2010

Perfil del autor

Aprendiz de Madre, Malabarista del tiempo, Exiliada por Opcion, Cuestionadora de todo, Objetora de muy Poco, Activista de Closet, Escritora sin oficio.
Marga nació y creció en la ciudad de Tijuana, México. Actualmente radica en la ciudad de Pasadena, CA. junto a su esposo e hija de 18 meses. Es Licenciada en Comunicación egresada de la Universidad Iberoamericana, y comparte su tiempo entre vivir su maternidad a tope y escribir una columna semanal en su blog www.madresinsumisas.com.

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