California: crece la pobreza en el campo

California: crece la pobreza en el campo

El calor del verano en el Valle Central de California es intenso, sofocante.

Pero gracias a esta temperatura, la producción agrícola es abundante. Otras abundancias que hacen esta región la más rica de Estados Unidos en materia de productos agrícolas: la de químicos (fertilizantes, pesticidas, etc), agua (cada vez más escasa) y mano de obra.

Hay muchos trabajadores. Y cobran poco.

Los bajos ingresos de los campesinos han creado una subclase social que también padece males tales como limitado acceso a la salud, servicios y educación.

A esto hay que sumarle la actual crisis económica.

“Trabajamos de 6 a.m. a 1:30 p.m., dicen que por el calor”, afirma María

Torres, de 32 años y madre de tres hijos. “No nos dan muchas horas”, se queja.

Torres llegó hace 10 años de Michoacán, México, y desde entonces trabaja en los campos del Valle y a veces en viveros de la zona. “Desde diciembre no he vuelto al vivero”, dice. Este trabajo ofrece al menos la posibilidad de estar en un solo lugar y por momentos a la sombra.

Debido a la abundancia de trabajadores y al temor de perder el trabajo, los abusos por parte de los capataces aumentó, asegura Torres.

“Hay demasiada gente y poco trabajo”, agrega Domitila Lemus, residente de Plainview —una población de 800 personas del condado de Tulare— madre de siete hijos y reconocida activista.

“Dejé de comprar cosas que puedo eliminar y dejamos de salir a comer afuera”, detalla Torres. Para colmo, el pago de la renta pasó de $400 a $600 mensuales. Sus padres vinieron a visitarla de México y así pueden también cuidar a sus hijos en tiempos de vacaciones. Por el momento, recibe de su ex esposo el pago de alimentación infantil por los niños. Por eso piensa en irse. “Estoy pensando en irme a Texas, creo que tienen trabajos”. Pero regresar a su tierra natal no entra en sus planes.

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“No hay nada ahí”.

También destaca que muchas personas en su comunidad están desempleadas y hasta perdieron sus casas.

Lemus dejó de recibir su pensión por incapacidad laboral pues, dice, tendría que realizar nuevos estudios médicos. “pero cuestan al menos tres mil dólares”.

Sin embargo, piensa que lo más importante es seguir adelante. Ella se movilizó durante años para asegurar a su comunidad agüa potable y control del uso de pesticidas y químicos agrícolas.

“A mí también me gustaría arreglar mi casa, pero ahora lo más importante es asegurar la comida”, dice Lemus mientras ofrece un vaso de agua de avena.

“Antes la gente compartía comida, ahora ya no porque hay mucha necesidad…”

“No sabemos cuántas horas trabajaremos cada día”, dice Rosario Jiménez, nacida en Tamazula, Jalisco, hace 37 años. “Ese mismo día nos lo dicen”.

Cuanto mucho, afirma Jiménez, trabaja cuatro meses por año, casi exclusivamente en la vid. Su marido, Javier, también es jornalero agrícola.

“El dice que mejor nos regresamos a México, porque al menos ahí podemos vender comida”, dice Jiménez. “Pero aquí, con tantos controles, es más difícil”.

Pero ella no quiere regresar, “porque mis seis niños nacieron aquí”.

Jiménez, quien llegó a Estados Unidos hace 15 años, piensa dedicarse a las ventas, por ejemplo, de productos Avon o similares. Mintras tanto, ahorra su poco dinero más que nunca.

“Nos prestamos entre amigas, así vamos estirando”, dice. “Comemos más frijoles y sopas… Y nada de restaurantes”.

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El caso de Leticia Torres es similar.

Hasta diciembre, trabajaba varias horas al día en un vivero. Pero debido a las escasas ventas, despidieron a 32 empleados, casi todo el personal.

“Hago de todo en el campo, hasta trabajo con la pala”, dice Torres, de aspecto delgado, casi frágil. “A veces tengo dos trabajos en el día, no puedo dejar de trabajar porque tengo dos hijos que alimentar”.

Torres, nacida hace 34 años en Michoacán, llegó a Estados Unidos hace 25 y desde entonces vive en el Valle. Se casó a los 16 años y ahora, divorciada, debe enfrentar la dura realidad de la crisis económica que no ha dejado ningún sector social sin afectar.

“Quiero terminar la escuela, creo que así podría conseguir un empleo mejor.

Por ejemplo, en alguna tienda”, dice convencida.

Como otros trabajadores del campo, Torres dice que los mayordomos abusan de la situación. “Hay muchos trabajadores, hasta vienen de Los Angeles a buscar trabajo”, asegura. Y agrega que les imponen una cuota de cuatro cajas de uva por hora —cada caja pesa 26 libras (13 kilos). “No tienes tiempo ni de ir al baño”.

Como Jiménez, Torres destaca que enfrenta la crisis con la ayuda de amigas y familiares. “Nos prestamos dinero, hasta compartimos comida”. Lo bueno, dice, es que la renta no aumenta desde hace unos dos años.

Aún así, no piensa regresar a México. “A qué?”

Macedonio Acevedo vive en Farmersville, otra pequeña comunidad agrícola del condado de Tulare y su testimonio coincide con los anteriores. “Ahora tienes suerte si te dan 4 ó 5 horas al día… Dicen que que ya no venden tanto sus productos y por eso contratan menos, pero quién sabe”. Y agrega que otros rumores indican que el problema del agua ya está afectando a otros sectores del Valle.

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Acevedo se refiere a la reducción de hasta el 60% del agua que reciben agricultores del oeste del condado de Fresno (al norte del condado de Tulare) debido a un fallo judicial para proteger el smert, un pequeño pez prácticamente desaparecido. Esta situación golpea duramente a poblaciones como Mendota, Firebaugh y otras, donde el desempleo supera el 40%.

Estas son cifras oficiales. La realidad es mucho peor ya que los datos provienen del Departamento de Desarrollo de Empleos (EDD, por sus siglas en inglés), que para calcular, toma en cuenta los pedidos de seguro de desempleo. Pero los indocumentados no pueden usar este servicio, por lo que no figuran entre los “desempleados” (o subempleados).

“En los años 70 trabajábamos por contrato, ahora ni eso hay”, dijo Reinaldo Acosta, de 55 años, campesino michoacano residente de Stockton. Y explica que el trabajo es a destajo. “Nos pagan seis dólares la caja de cherries y hacemos 18 a 22 por día”. El problema radica en que cada vez trabajan menos horas o días por semana. “Antes llegábamos a 30 cajas al día”.

En la cosecha del tomate, en gran parte mecanizada, no pagan mejor, afirma Acosta. “Por bote nos dan 55 centavos (cada bote contiene 25 libras)”. O sea, dos centavos por libra. “En la tienda valen $1,69 o más…”

Reflexivo, Acosta concluye: “Somos mano de obra barata, muy barata”.

Eduardo Stanley
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Nacido en Rosario, Argentina. Después de graduar de la Escuela de Bellas Artes (área de cinematografía), de la Universidad Nacional de La Plata, realizó un curso de postgrado en la Universidad de Bucarest, Rumania, sobre teoría de la comunicación. Durante tres años impartió clases de Lógica y Semiótica en la Universidad Autónoma de Sinaloa (Culiacán, Sinaloa), México. A mediados de los 80 se trasladó a Estados Unidos. Durante más de 30 años realizó trabajos de periodismo y documentación en el Valle Central de California, desempeñándose en diferentes medios de comunicación —principalmente en español. Actualmente es colaborador de publicaciones nacionales e internacionales y autor de dos ensayos: “Latino immigrant Civic and Political Participation in Fresno and Madera, California” y “Proyecto Campesino - 60 Years of History and Commitment for Equality and Justice in the San Joaquin Valley, California”.