El compromiso: vanidad y tontos útiles

El pecado original de una buena parte de los intelectuales —si no de la mayor parte de ellos— es el compromiso con alguna filiación política, incluso a veces un compromiso a ciegas, digamos: ese partidismo en el que se sumergen como fanáticos escritores, cineastas, pintores, científicos y premios Nobel, etc., sin caer en cuenta —y en muchos casos sin querer caer en cuenta— de que la ley más natural que existe para que la vida funcione en el más justo sentido es el no-compromiso partidista.

Si vamos a la historia, vemos a escritores, artistas y científicos que han bajado a la posición de “tontos útiles”, como dice el autor cubano Manuel Pereira*.

Goethe —al modo de “tonto útil”— fue en la historia el primero de ellos, según este escritor, cuando se “convirtió en el candoroso propagandista” de Napoleón, cuestión esta que pudo haber provocado el impulso para que al insigne escritor alemán le sedujera el poder y la seducción le propiciara la creación de Fausto, su inmortal personaje y una de las grandes obras alemanas. Pero de otra manera y peor, otros fueron “tontos útiles” de Lenin y Stalin, de Mussolini, Hitler y de Fidel Castro, así como de famosos mecenas medievales, de emperadores y muchos sátrapas históricos. En definitiva, el “tonto útil” era y es aún el que se compromete en vender su alma por vanidad o por ingenuidad, pero siempre para vivir bien, y no por soñar y escribir bien.

“Vanidad”, porque la mayoría de los dictadores (y hasta las tendencias políticas de izquierda o derecha) casi siempre han necesitado de los escritores, artistas y científicos para ser apoyados en su apariencia de benefactores del pueblo (los dictadores, claro, y también los partidos políticos), con el propósito de tener un halo de lujo, de ilustración, digamos, para sus grandes “reivindicaciones” y hasta para las increíbles utopías de sus revoluciones o de sus proyectos de campañas electorales impulsadas por sus intelectuales.

Esta clase de “creador” ha dado muestras de querer convencer de su única verdad de un mundo “bello y exacto”, aun cuando se sepa de antemano de que es un proyecto inalcanzable, por utópico, por supuesto (las utopías clásicas han sido una de las trampas del poder).

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De modo que con esta excusa —o legítima creencia, quién sabe— el intelectual le compra la vanidad al dictador (¿o el dictador se la vende?, ¿se la impone?). Pero siempre esta “vanidad” (a veces ingenua) sirve y termina, indefectiblemente, para justificar las tiranías y los medios que se empleen para llevarlas a cabo. Craso error del intelectual, porque entonces su vanidad sigue justificando las injusticias, que se hacen vox pópuli. Este “sueño” en el que el crítico, el ensayista, el narrador, el poeta, el científico o el artista entra en trato con el dictador —como sucede en la obra Fausto, por la sed del conocimiento o por querer poseer las alas doradas de la perfección social— termina haciéndose la “pesadilla” para el colaboracionista en que se convierte este tipo de creador, en la medida en que el sueño de la vanidad le fue “acomodaticio y confortable”, y de repente se le convierte a nivel de conciencia en el horror de un caos hasta que esa, su conciencia (la del intelectual), no le permite seguir haciéndole el juego a su mecenas. No obstante, si ha pasado mucho tiempo, el “creador” puede reconocer que ya se ha embarrado tanto que no hay salida… ¿O sí?… ¿Cómo escapar entonces de la Isla del Diablo?…

“Vivir bien” es, por su parte, una condición connatural dentro del sueño de la vanidad. El escritor, el artista, el científico que toma partido por una causa política y pone su obra en función de esas únicas ideas, se somete a ellas; vive bien pero sacrifica su creación, su alma y, de hecho, más tarde o más temprano deja de ser creador. Así de simple.

Por tanto, los intelectuales tienen derecho a equivocarse, y hasta “hacer el juego durante un tiempo” para así poder “escapar de la Isla del Diablo” (Pereira), o lo que es lo mismo: salirse de la vanidad, o como ya dije: de la legítima creencia errónea que alimentaron. Por supuesto que el juego o el engaño a los decretos del dictador (del partido, del movimiento, etc.) no hará a este intelectual igual de digno que el creador que desde un principio se abstuvo de defender y creer en la obtusa política o en aquellas ideas que arrastran a los “tontos útiles” en su “ingenuidad”, y las combatió.

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Pero siempre la rectificación del “tonto útil” le salva. Si logra escapar a tiempo de la Isla del Diablo, la creación se hace transparente y propicia la reivindicación (y hasta probablemente si entonces pone todo su talento en contra de la obtusa vida que pasó bajo la férula de un sátrapa o de ideas fundamentalistas, es seguro que alcanzaría un reconocimiento justo por parte de las personas libres y, principalmente, por parte de su propia conciencia). Y si no, tiene que buscar la libertad creativa desde adentro mismo de la Isla del Diablo, desde donde la eficacia del sacrificio le otorga mayor transparencia y convencimiento de sus ideas, por el riesgo de perecer (de padecer cárcel, tortura y hasta la muerte). No le queda otra. Los cubanos tenemos muchos ejemplos de ello.

El compromiso del intelectual: el escritor, el artista, el científico, el creador en general) es con la vida, contra lo injusto de los que hacen la existencia injusta; pero ese compromiso (el único válido) tiene su primera fase en la obra. Es el compromiso con la libertad total. El creador tiene que dejar así que su obra fluya con la naturalidad del corazón y de sus más recónditos pensamientos (Blaise Pascal), y que la obra, fantástica o realista, o científica, esté fundida a su conciencia, a las verdades naturales que subyacen, laten y proyectan su propia luz.

* Léase a Manuel Pereira: “Fausto y Mefistófeles”, en la revista “Día Siete”, de El Universal, México, y reproducido en Cubaencuentro, Madrid, 5 de sept. de 2008; ver online: http://www.cubaencuentro.com/es/cultura/articulos/fausto-y-mefistofeles-116992)</span

Perfil del autor

Manuel Gayol Mecías
Escritor y periodista cubano. Editor de la revista literaria online Palabra Abierta (http://palabrabierta.com). Graduado de licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad de La Habana en 1979. Fue investigador literario del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas (1979-1989). Posteriormente trabajó como especialista literario de la Casa de la Cultura de Plaza, en La Habana, y además fue miembro del Consejo de redacción de la revista Vivarium, auspiciado por el Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana.
Ha publicado trabajos críticos, cuentos y poemas en diversas publicaciones periódicas de su país y del extranjero, y también ha obtenido varios premios literarios, entre ellos, el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992.
En el año 2004 ganó el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano, de Nueva York, por El otro sueño de Sísifo.
Trabajó como editor en la revista Contacto, en 1994 y 1995. Desde 1996 y hasta 2008 fue editor de estilo (Copy Editor), editor de cambios (Shift Editor) y coeditor en el periódico La Opinión, de Los Ángeles, California.
Actualmente, reside en la ciudad de Corona, California.

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OBRAS PUBLICADAS: Retablo de la fábula (Poesía, Editorial Letras Cubanas, 1989); Valoración Múltiple sobre Andrés Bello (Compilación, Editorial Casa de las Américas, 1989); El jaguar es un sueño de ámbar (Cuentos, Editorial del Centro Provincial del Libro de La Habana, 1990); Retorno de la duda (Poesía, Ediciones Vivarium, Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana, 1995).

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