Empresarios fallidos y la crisis global

Empresarios fallidos y la crisis global

El venerable y excelente semanario The New Yorker dedica sus “Anales de negocio” del 18 de enero a disipar algunos mitos y recordar algunas verdades sobre las cualidades necesarias para un empresario exitoso y por qué no, la naturaleza del capitalismo en el siglo 21.

El más ponzoñoso de esos mitos parece ser que los empresarios exitosos son aquellos que todo lo arriesgan, o sea que son aquellos cuyo éxito se debe a un destello súbito de genialidad, o a una decisión única tomada contracorriente, que es sorprendente, inesperada, criticada y, bueno, exitosa, por encima de todos los demás que a la hora de esa resolución aparecen como ciegos, idiotas, pretenciosos o todo eso junto.

Correctamente parece señalar el autor Malcolm Gladwell que ese mito parece haber sido creado, y meticulosa e insistentemente repetido y magnificado a fin de encauzar a los aspirantes a exitoso empresario hacia la ruina, enfatizando así el carácter de rapiña del capitalismo de siempre y de manera aplastante, del resquebrajado sistema actual.

Aunque no parezca que son los mismos, lo son, explica Gladwell quien inicia el ensayo con una prolongada explicación de la carrera de Ted Turner, conocido por su creación mediática CNN. Y utiliza el libro de los franceses – siempre más agudos y críticos – Michel Villette y Catherine Vuillermot  “De depredadores a iconos” que detalla lo que, realmente, tienen los empresarios que tuvieron “suceso” en común.

Como por ejemplo, dice, invertir, pero con el dinero de otros. O elegir un momento de enorme acumulación de capitales (como el que imperó hasta hace dos años, en el que ocupan un espacio estructural, “un nicho que les otorga una perspectiva particualr que los catapulta a la prominencia”, dice Gladwell.

Y para el gran salto, agregan, el nuevo ícono – o ídolo, si lo popularizan – se hace de socios que no son como él, que desconocen lo que él ya sabe y que piensan de manera inversa a la suya, para hacerles así creer que lo que es para él bueno es lo malo y viceversa.

Lo único que un hombre de negocios exitoso no es, agregan, es alguien que asume riesgos. Y llueven los ejemplos: Giovanni Agnelli, el de Fiat; George Eastman, el de Kodak; Ingvar Kamprad, el de IKEA; Marcel Dassault, el de los aviones militares franceses…

A través de los ejemplos de Turner – detallado en su biografía por Christian Williams –  y de John Paulson, un magnate de la bolsa que se hizo en esta década con más de 10.000 millones de dólares, siguiendo su propia biografía por Gregory Zuckerman, el autor en el New Yorker desemboca finalmente en lo que es el asunto central de esta nota: lo que caracteriza a los empresarios fallidos, la enorme mayoría, un grupo que nos incluye casi a todos aquellos que hemos iniciado una o múltiples veces en nuestras vidas “negocios”, sólo para verlos desaparecer en el humo de la desazón, junto con nuestros ahorros de toda la vida y después de haber trabajado como esclavos durante un período obviamente demasiado largo.

Tomado de “Las ilusiones de los empresarios” de Scott Shane, la primera característica presentada de los fracasados es, precisamente, que toman muchos riesgos.

“Los fracasos violan las normas establecidas de la formación de nuevos negocios”, sigue Gladwell. “Mientras que el éxito de un nuevo negocio está íntimamente relacionado con el tamaño de la capitalización inicial, los empresarios fracasados tienden a estar  salvajemente subcapitalizados”.

“La información”, sigue el autor, “muestra claramente que la incorporación” – o sea, el establecimiento del negocio como corporación, una de varias formas posibles – es la mejor opción. Pero los fallidos se organizan como únicos propietarios, o empresa particular según el país.

Un plan de negocios es indispensable. Los que fracasan raramente lo elaboran.

“Adquirir un negocio ya establecido en el ramo es lo mejor”, pero los caídos prefieren comenzar de cero.

“El 90% de las compañías de más rápido crecimiento en el país” se concentran en vender a otras compañías, pero aquellos no, aquellos insisten en vender directamente a los consumidores.

En lugar de procurar conseguir a aquellos consumidores que la competencia ignoró, tratan de competir por los mismos clientes.

Y así sucesivamente: desdeñan el marketing; desconocen la importancia de los controles financieros; tratan de ganar a la competencia bajando precios, estrategias que son en el mejor caso, desesperados gambitos por parte de quienes no tienen alternativa.

Volviendo al ejemplo de Paulson y otros financistas y reyes de Wall Street mencionados en el artículo, se han vuelto inmensamente ricos en los últimos años – fortunas equivalentes a los presupuestos de decenas de países juntos –  lucrando hábilmente de la recesión o depresión en todo el mundo, en donde trillones de dólares o cualquier otra suma sideral desaparecieron en el humo de la noche a la mañana.

Lo que da una respuesta, bastante clara, y para el New Yorker digna de admiración, de adónde desaparecieron esos trillones.

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