Ensayo de crónica de la brutalidad

Ensayo de crónica de la brutalidad

Ya vendrán los números. Mientras tanto, es una impresión anecdótica, y dolorosa.  A medida que se profundiza la crisis económica, el tejido social -la red de convenciones morales, costumbristas, o producto del temor a lo prohibido y desconocido- se debilita, y por sus ranuras y grietas se cuela el comportamiento más brutal imaginable.

Un hombre se pelea con su mujer, sale de su casa y vuelve porque lo echaron, con una pistola. Mata a sus dos propios hijos y luego hiere de gravedad a la esposa.

Un chico de ocho años usa el arma que su padre le enseñó a usar, dicen, para matarlo junto con otra persona que desdichadamente estaba allí.

Una pareja que se separa se trata de hacer todo el daño posible, incluyendo despojar de las propiedades, ahorros, empleos, red de amistades y familiares a quien hasta hace poco supuestamente amaban, idealizaban, idolatraban, con la misma estupidez con que ahora odian.

Por otra parte, cinco mil famias de personas con empleo pero de bajos ingresos se volcaron el fin de semana en Whittier para recibir una canasta de comida gratis. Hasta ahora el número de estos beneficiarios era de menos de dos mil.

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En la pobreza de las instituciones gubernamentales, que se supone sirven para proteger a la población que los eligió y de que dependen, se carcome el compromiso de suplir las necesidades y populariza la donación, la filantropía, que es ante todo un beneficio impositivo para quien lo da y por lo tanto, es pagado, no por el filántropo, sino por el fisco, o sea, los que sí pagan impuestos.

Así, sucesivamente, iré agregando aquí, con más precisión y detalles, los alcances de la brutalidad social.

Escuela cerrada

Así el lunes 24 alguien dijo que alguien vio que alguien andaba con un arma en la escuela secudnaria Manual Arts. Se trata de una institución sufrida, ubicada en el Sur Centro de Los Angeles casi tocando con Down Town, que con dos mil estudiantes trata de superar un legado de pandillaje, truhanismo y simple mediocridad y carencia de recursos. No le va mal.

Pero por lo que es la escuela, o por lo que fue, las autoridades decidieron encerrar a todos los estudiantes en sus aulas hasta nuevo aviso. Una medida de seguridad, dijeron, para protegerlos, dijeron, hasta que se sepa qué pasó con el pistolero. Si es que hubo un pistolero.

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Eso comenzó a la 1 de la tarde. Y duró siete horas, en las cuales en algunas aulas se enteraban de lo que estaba sucediendo, porque funcionaban los altoparlantes. En otras, los chicos quedaron sumidos en la ignorancia. Parece de risa, pero para una cuarentena de adolescentes amontonados y ansiosos, no lo fue. Por ejemplo, no podían salir al baño y debían hacer sus necesidades en vasos, tachos y bolsas, y a la vista de sus compañeras y compañeros. Mientras tanto la policía recorría Manual Arts; del hombre del revolver ni sombra. Ah, tampoco tenían nada para comer ni beber.

Nuevamente, se dirá que fue un pequeño sufrimiento en aras de su supervivencia. Pero durante todo ese interín, los funcionarios de la escuela, transeuntes y gente con poder salieron del lugar, se subieron a sus autos y se fueron. El lockdown funcionó, pero solamente para los alumnos y la mayoría de los maestros. Quizás el razonamiento fue que si había un pistolero, era cosa de los chicos, porque al fin y al cabo debía haber sido uno de ellos.

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En fin. ¿Estupidez, insensibilidad e irrespeto, discriminación o todo junto?

Gabriel Lerner
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Editor en jefe del diario La Opinión en Los Angeles. Fundador y co-editor de HispanicLA. Nació en Buenos Aires, Argentina, vivió en Israel y reside en Los Ángeles, California desde 1989. Es periodista, bloguero, poeta, novelista y cuentista. Fue director editorial de Huffington Post Voces entre 2011 y 2014 y anteriormente editor de noticias, también para La Opinión.

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